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Tello mira al patricio veneciano y a sus guardias torvamente.
No puede arriesgarse a que hieran al muchacho delgado y enfebrecido que lleva cargado sobre el hombro izquierdo, pero tampoco ha cometido esta locura para dejarse prender sin más.
Así que comienza a dejar en el suelo al chico y se dispone a embestir a los guardias y jugárselo todo a una suicida carta.
Y gana. En serio, y sin haber jugado, pues Alvar, apareciendo cuando nadie lo esperaba, cae sobre el hombre en ropa de cama y le coloca en la garganta el filo de su espada.
—¡Deteneos y soltad las armas! —ordena y, aunque tiene quince años, su rostro es fiero, y su espada, afilada.
—¡Haced lo que os manda! —dice Ángel Ferro sumándose a la petición con ese entusiasmo que uno siente cuando lo amenazan con rebanarle el cuello de oreja a oreja.
Los cinco guardias, que desean seguir teniendo patrón y cobrando un sueldo, dejan con obediencia en el suelo ballestas, picas y espadas.
Tello, por su parte, no puede dejar de mirar a Alvar con asombro, y su sobrino, sin dejar de apoyar el filo de su espada en la garganta del patricio veneciano, enrojece hasta las orejas.
—Lo siento... —balbucea, intimidado por la reprimenda que, sin duda, le propinará su tío por haberlo desobedecido. Pero Tello, con el príncipe de nuevo cargado sobre el hombro, sonríe de oreja a oreja cuando pasa junto a su sobrino.
—Enhorabuena, muchacho. Un buen caballero, Alvar, siempre sabe desobedecer a tiempo —le espeta con sorna y orgullosa alegría.
Entonces se van, pero no por donde entraron, sino por la puerta principal.
Empujando delante de ellos al asustado Ángel Ferro y cargando con el débil Felipe de Courtenay, mientras los sirvientes y guardias de Ferro los siguen, sin atreverse a dar la alarma en la ciudad por miedo a que aquellos dos locos extranjeros degüellen a su señor.
—¡Hombres de Castilla! —grita entonces Tello alertando a los diez hombres que dejó aguardando entre la niebla.
—¿Mi señor caballero? —contesta uno de ellos surgiendo de ella como un fantasma envuelto en hierro y cuero.
—Que uno de vosotros corra al puerto a dar la señal convenida a la urca. ¿Tenéis noticia de la otra tarea que dispuse?
—Sí, mi señor caballero. La segunda tarea está presta a ser también llevada a cabo.
—¡Pues corre a dar la orden de que también se ejecute! —Y el hombre, sin perder un instante, se aleja presto—. A los demás y desde este momento, una sola cosa ordeno: ¡Corred hacia la urca y embarcad en ella con la misma ligereza que pondríais si os pisara los pies el diablo!
Con esa alentadora orden, Tello echa a correr, seguido de Alvar, que, medio empujando, medio arrastrando a Ángel Ferro, lo sigue como una sombra perseguida por perros.
Unos «canes» que temen degüellen a su señor no dan la alarma ni se atreven a intentar liberar a su patrón, sino que se limitan a seguirlo de cerca.
Que los sigan. La noche los oculta y, si no bastara, la niebla ha decidido ser su amiga y, al fin, llegan al puerto y embarcan.
María de Brienne aguarda en cubierta y, cuando ve subir a Tello llevando en brazos a un muchacho con el rostro delgado cubierto de fiebre, siente que el corazón le da un vuelco.
Durante un emocionante instante, Tello y María de Brienne cambian una mirada que parece medir futuros que nunca tendrán lugar. Luego, añaden una sonrisa que los libera de las pesadas cadenas de lo que tuvo que ser y no será.
—¡Felipe! —grita al fin ella sintiéndose renacer.
Aunque María no puede dejar de ser emperatriz para ser mujer, esa noche deja de serlo para ser solo madre. Una madre que lleva diez años sin ver, sin abrazar, a su hijo y que ahora lo recupera, enfermo, pero libre, de manos de un caballero que parece salido de un cantar de gesta.
Así zarpan. Sin pedir permiso, izando bien alto el pendón de Castilla, porque sirven a un rey que pagó el rescate de un pariente y que no hubiera consentido lo que su caballero ha impedido: que unos banqueros lo humillen sometiéndolo a un elegante robo.
Una hora más tarde, amanece. La niebla que cubre Venecia se alza y el sol arranca destellos argénteos de una pequeña montaña de plata depositada ante San Marcos.
Castilla paga lo que acuerda entregar, pero no se doblega ante nadie.
El dux Raniero Zeno es conducido de inmediato a la plaza de San Marcos. Rodeado de alarmados senadores y patricios. A sus ojos llega el rutilante brillo, y a su corazón, la rabia fría de haber sido burlado.
Durante un largo instante, en su garganta se agolpan órdenes que no se decide a dar.
Órdenes de ir tras la urca castellana y de que le traigan de vuelta a la emperatriz, al príncipe y a ese caballero castellano que asaltó el palacio de los Ferro.
Le gustaría tener a ese caballero entre sus manos y ordenar que lo colgaran bien alto, a ser posible de la columna del León de San Marcos...
Venecia lleva tres años en guerra con Génova y, en Oriente, el imperio de los griegos de Nicea amenaza también sus intereses, así que no le quedan fuerzas para buscarse más enemigos. Y Castilla, ciertamente, con su rey empeñado en ser emperador, sería un formidable enemigo.
—¡Recoged la plata y llevadla al tesoro! —ordena, y aunque hay rabia en su voz, también hay mucha de esa pragmática resignación que todo buen banquero posee y cultiva.