15 #4
—¿Y por qué no puedo ir contigo?
—Porque tu madre me mataría. —Y sin esperar respuesta, Tello salta y se aferra a la soga de cáñamo y trepa por ella, suspendido sobre el canal y acercándose más y más a la coronación del tejado del gran edificio.
Alvar lo ve alejarse, aferrándose a la inclinada cuerda.
Pasa una mano delante de la otra con pasmosa facilidad y rapidez, haciendo parecer fácil que un hombre grande y cargado con cincuenta libras castellanas de armas suba por las dieciocho inclinadas varas de soga que separan la orilla exterior del canal de la cumbre del tejado del palacio 8 .
Entonces llega arriba. Una sombra envuelta en niebla y oscuridad que desaparece de inmediato de la vista de Alvar. Pero no de su cabeza. Es un muchacho impulsivo y todas esas cosas, así que salta y se aferra a la cuerda para trepar por ella como acaba de hacer su tío.
Tello está dentro, se ha descolgado por el lado contrario del tejado y aprovecha la bajante de bronce que conduce las aguas hasta el espacio abierto en torno al cual gira el interior del palacio.
Agazapado como un gran gato, observa las puertas y ventanas que dan al patio, tratando de decidir cuál elegirá para jugarse la vida. De eso está seguro: que entrar de noche y armado en el palacio de una de las familias nobles más poderosas de Venecia será tentar a la muerte.
No obstante, eso viene haciendo desde los catorce años, y veinte años de costumbre, aunque sea una tan arriesgada, no permiten a nadie cambiar de hábitos.
Así que elige la puerta más grande. La encuentra cerrada, y reflexiona un instante sobre cuál método seguir.
Entre ser prudente y buscar otro acceso, o mandarlo todo al diablo y echarla abajo y entrar como un oso furioso se inclina por ser prudente.
Especialmente porque no tiene ni idea de dónde estará el hijo de la emperatriz y tampoco tiene claro qué plan seguir aparte de entrar a buscar al niño.
Es cierto que ha sido demasiado impulsivo y que debería haber trazado un plan detallado antes de meterse en la boca del lobo...
«Pero, —se dice con una torva e irónica sonrisa—, entonces no sería Tello Bermúdez».
En ese instante echa la puerta abajo. En el interior, encuentra a un sorprendido criado iluminado por una lámpara que lo mira con cara de espanto.
Tello lo agarra por el cuello de la túnica para alzarlo en alto y, sin soltarlo, le estampa la espalda contra la pared y le acerca la cara echando fuego por los ojos para hacerle la gran pregunta:
—¿Dónde está Felipe de Courtenay, príncipe de Constantinopla?
Se lo dice. Con pelos y señales. Cuando a uno lo alzan como un alfeñique y lo estampan contra un muro, se le suelta la lengua con elogiable presteza.
Satisfecho con la respuesta, deja caer al suelo al sirviente, quien, pese a que puede ver cómo Tello se aleja para atravesar la galería, sigue sin poder hablar de la sorpresa y el miedo que lo han calado hasta los huesos.
Tello enfila una amplia escalera de mármol por la que sube a grandes saltos y en cuya coronación aparece una mujer que, al verlo, se pone a chillar.
Pasa junto a ella sin dedicarle ni una palabra, ni una mirada, nada, y corre por un ancho pasillo decorado con frescos y tapices, al fondo del cual aparece un hombre en ropa de dormir.
Es posible que sea un noble, y puede que sea Juan o quizás Ángel Ferro, pero, sea uno o sea otro, salta por los aires cuando Tello lo arrolla como un toro.
Desde que derribó la puerta y estampó al criado contra la pared, han pasado solo unos instantes, pero han bastado para que Tello esté ahora ante la puerta de roble tras la cual le han dicho que está el príncipe.
El problema es que ante esa puerta hay un guardia que tercia su pica apuntando con la moharra al pecho del intruso.
El intruso está más que acostumbrado a que lo amenacen con ensartarlo con una lanza y, sin dejar de correr, desenvaina la espada.
En un movimiento fluido y ascendente, golpea la punta del arma que blande el guardia, quien, antes de recuperar el control, pierde el sentido al encajar en el estómago un tremendo puñetazo que lo dobla en dos, seguido de un trallazo en la cabeza propinado por el pomo de la espada de Tello.
Guardia que se derrumba y puerta que se abre.
En ella, tendido en una cama con dosel, un joven pálido, rubio y delgado que lo mira con ojos espantados y empañados por la fiebre.
—¿Felipe de Courtenay?
El muchacho no contesta. Tello tampoco va a aguardar a que lo haga. Se acerca de dos zancadas, lo toma entre sus brazos, se lo carga al hombro y se da la vuelta para salir.
Se le antoja demasiado fácil... El guardia al que ha derribado sigue en el suelo, y, allá enfrente, al final del pasillo, el noble asombrado y vestido de ropa de cama sigue pasmado, mirándolo y temblando de puro miedo.
Sin embargo, justo cuando Tello se dispone a volver a pasar junto al patricio veneciano con cara de perpetuo susto, aparecen cinco guardias armados con lanzas y con ballestas prestas para ser disparadas.
—¡Suelta al príncipe y déjate prender u ordenaré que te cosan a saetazos!
—le grita el noble en ropa de cama al verse resguardado por cinco de sus guardias.
Con la compañía de sus hombres parece recuperar el aplomo y, con él, la rabia de saberse un cobarde—.
¡Soy Ángel Ferro, senador de la Serenísima República y custodio del príncipe imperial!
—grita de nuevo, tratando de imponer respeto, aunque el camisón de dormir que luce no se presta mucho a ello.