Muerte en Toledo 15 #3
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Antaño, cuando solo era el representante de la Serenísima en Constantinopla y el esposo de María de Brienne, Balduino II, aún podía soñar con que era un gran poder.

Tuvo que humillarse más de una vez para salvaguardar los intereses venecianos, pero ahora él es el todopoderoso dux de Venecia, y ella, una emperatriz que se está quedando sin imperio y lleva años peregrinando por las cortes de la cristiandad mendigando plata para rescatar a su hijo.

Así que se puede permitir ser orgulloso, casi grosero, y, de paso, como buen mercader veneciano, aprovecharse al máximo de la situación de debilidad de María de Brienne y de su esposo, exigiendo más intereses para redondear así tan magnífico negocio.

—Se os ve tan hermosa como siempre, mi señora emperatriz —saluda Raniero Zeno con una reverencia que parece desmentir su desdeñosa sonrisa—. Aunque veo que lleváis menos joyas que la última vez que mis ojos tuvieron la dicha de contemplaros. ¿Habéis tenido acaso que empeñarlas?

María de Brienne encaja el golpe sin inmutarse, pero, tras ella, Tello se tensa como un resorte a punto de saltar.

—No son las gemas las que hacen a una emperatriz, ni las pieles de armiño y las sedas lo que definen a un dux, mi señor Raniero Zeno.

El dux sigue sonriendo, pero la elegante pulla que María de Brienne le ha lanzado como respuesta no le ha gustado. Sobre todo porque los senadores que lo acompañan, advirtiendo el ingenioso y disimulado insulto, celebran la habilidad de la emperatriz.

—¿Traéis la plata para rescatar a vuestro hijo? —pregunta el dux, desabrido y sin ganas ya de florituras e intercambios de corteses insultos.

—Así es. Cincuenta quintales castellanos de plata pura que equivalen al precio fijado por la libertad de mi hijo.

La mención de semejante cantidad levanta entre los presentes murmullos de asombro, pues vale un ducado o un pequeño reino.

—Veo que vuestro primo, el rey Alfonso, es tan generoso como cuentan —dice ahora Raniero, pero, aunque está hablando a María, sus ojos están posados en Tello y en la escolta de soldados castellanos que rodean a la emperatriz—.

Es mucha la plata que traéis, mi señora emperatriz, y, sin embargo, no es suficiente.

María se esperaba aquello, pero, aun así, siente en el estómago un nudo y en las venas fluirle la sangre con impotencia y rabia.

—Fue lo acordado —protesta de forma severa—. ¿Es que Venecia no tiene palabra?

—Diez años ha estado vuestro hijo entre nosotros. Lo hemos tratado bien. Pero su estancia, por mor de vuestro retraso en pagar, ha sido larga y todo préstamo tiene mayores intereses cuando se demora en exceso.

—No fue eso lo pactado —insiste María, aunque siente que sus fuerzas desfallecen.

—Cinco quintales más, mi señora emperatriz.

Cinco quintales de plata serán los intereses que deberéis sumar a lo que traéis —sentencia el dux afilando su sonrisa—.

O, si lo preferís, entregad las joyas que todavía conserváis.

Podéis pensarlo. He dispuesto que os alojen en uno de nuestros palacios.

Mañana os recibiremos de nuevo y cerraremos el trato.

Siempre y cuando, claro, queráis recuperar a vuestro hijo.

—¿Dónde está? ¿Por qué no lo habéis traído con vos? Quiero verlo.

Raniero niega con la cabeza sin dejar de sonreír, y entre los senadores que lo rodean se oyen risitas despiadadas.

—El muchacho está enfermo. Ya sabéis cuán poco saludables son las aguas y los aires de nuestra laguna.

Venecia es lugar propicio para fiebres y son muchos los que por ellas mueren.

En verdad, lo recomendable para cualquier extranjero es abandonar pronto estos insanos lugares.

Pero vuestro hijo, claro está, no puede irse hasta que recibamos hasta la última moneda.

No me miréis tan sorprendida. Es lo que ocurre cuando unos padres entregan a su hijo como prenda de un préstamo: el niño no puede volver a ellos hasta que se salde la deuda.

Con tan afiladas y crueles palabras, el dux vuelve a hacerle a María una reverencia y, girándose hacia su cercano palacio, la deja allí, rota, tratando de contener las lágrimas.

Isabel y Sancha, y con ellas las damas de la emperatriz, la rodean de inmediato, consolándola, pero Tello tiene clavada la mirada en la envarada espalda del dux, y su mano, la de la espada, muestra los nudillos blancos de tanto apretar la empuñadura del arma.

María de Brienne está ante el fuego que vibra en la gran chimenea de la sala principal del palacio donde la han alojado junto con su comitiva y escolta. Las lágrimas perlan sus mejillas y la luz danzante de la candela, cruel, parece jugar con ellas.

—Lo pactado fue el pago de esa cantidad de plata sin atender al tiempo que tardásemos en reunirla —explica a los que la rodean—.

Mi esposo, el emperador, necesitaba el dinero para alistar tropas y atender a la defensa.

Los griegos de Nicea parecían a punto de recuperar Constantinopla y Venecia se negaba a colaborar en su defensa si no pagábamos el concurso de sus galeras.

Así que, en verdad, los venecianos nos entregaban con una mano el dinero y con la otra, a cambio de su ayuda, lo volvían a ingresar en su bolsa.

Tello asiente. La fama de los venecianos es por todos conocida. Una fama de hombres implacables y sin más señor que el dinero.

—Estoy segura, mi señora emperatriz, de que el dux os mintió con respecto a la salud de vuestro hijo. Sin duda, el muchacho estará sano y salvo —la consuela Isabel tomándola de la mano.

María de Brienne agradece aquello, pero no puede evitar mirar a Alvar, que tiene la misma edad que su hijo, y derrocha fuerza y salud mientras hace requiebros con los ojos a la damisela Margarita.

—Me lo arrancaron hace diez años... —deja escapar, y en su voz hay un infinito dolor que toda madre siente por un hijo cuando lo pierde—. Nunca se lo he perdonado a mi esposo y nunca me lo he perdonado.

—No podíais hacer otra cosa. Os debíais a vuestro imperio —la justifica Tello, apiadado de tanto dolor.

Ella levanta los ojos y le sonríe entre lágrimas. Una sonrisa amarga, dura con ella misma.

—Siempre se puede hacer otra cosa, buen caballero, siempre.

Los emperadores y los reyes también son hombres, y los hombres, no lo olvidéis nunca, son libres para elegir.

Algunos eligen ser fieles a su ambición y otros, a su honor y a su sangre.

Mi esposo es de los primeros, y vos, de los segundos —concluye, y lanza una larga mirada a Tello, apresada por esa nostalgia tan especial y tan profunda que uno siente cuando piensa por un instante en lo que tenía que haber sido y, sin embargo, no puede ser.

Tello percibe eso y, turbado, baja la mirada. A su lado, Sancha se gira para mirar el fuego y buscar en las llamas la seguridad que necesita.

—¿Sabéis dónde tienen a vuestro hijo?

La pregunta de Tello coge a María de Brienne por sorpresa y tarda en responder. Isabel, que conoce bien a su hermano, se tensa. Sabe que ya ha tomado una decisión y no se apartará de ella.

—Mi hijo, Felipe, quedó en custodia de dos senadores, dos grandes mercaderes patricios de esta ciudad, los hermanos Juan y Ángel Ferro 5 . ¿Por qué me preguntáis?

—Porque he cruzado el mar para cumplir con la voluntad de mi rey: entregar la plata del rescate de vuestro hijo, y por Cristo y todos sus santos que ningún maldito banquero, por muy dux que sea, me lo va a impedir.

Eso es todo. Eso y la noche en una ciudad extraña en la que las calles son de agua y los palacios de los ricos mercaderes, de los senadores y patricios que gobiernan Venecia nunca duermen. Porque el dinero nunca descansa y sus afanes se labran mejor bajo las sombras.

Entre ellas camina Tello. Sombras y niebla en Venecia, y un hombre de ojos de león y corazón tozudo, que cree en lo que dice ser, un caballero de Castilla. Y un caballero no queda impasible ante el drama de una madre a la que no le devuelven a su hijo.

Para él la caballería ha de tener un ápice de locura, y va acompañado por un aspirante a sumarse a su locura, su sobrino, el joven Alvar, que no las tiene todas consigo, pero que seguiría a su tío a tirarle de la barba al diablo si se lo pidiera.

Tello también se lo ha «pedido» a diez de sus mesnaderos: cuatro hombres de armas y seis ballesteros que tratan de hacer el menor ruido posible avanzando por Venecia, mientras que se supone que el resto de sus compañeros, con la misma discreción y secreto con la que ellos se mueven, vuelven a la urca en pequeños grupos para burlar la vigilancia del jefe del puerto.

—Quedaos aquí y no hagáis uso de las ballestas ni de las espadas sin que yo os lo ordene primero —les urge a sus mesnaderos mientras se dirige con Alvar hasta la orilla de un canal al otro lado del cual se alzan los recios muros de un palacio, el de la familia patricia de los Ferro.

—Dame el arpeo —pide a Alvar, y el muchacho se descuelga del hombro el gancho de hierro sujeto a una larga y gruesa soga de cáñamo que se suele usar para abordar un barco enemigo.

Tello aprendió a usar el arpeo durante las batallas navales libradas por el control del Guadalquivir y la reconquista de Sevilla.

Se le daba bien, y ahora, haciéndolo girar a su costado mientras mira fijamente el punto de la cornisa del palacio donde pretende anclarlo, mide su fuerza y la distancia.

Entonces arroja el arpeo, un garfio de hierro que vuela entre la niebla y la noche y que se alza como un metálico cuervo hasta clavar sus garras en la piedra de uno de los canes 6 que coronan el tejado del palacio.

—¡Lo conseguiste, tío!

—¡Baja la voz! —reprende a Alvar, pero lo hace con una sonrisa satisfecha, mientras amarra el extremo del arpeo a la palina 7 del canal.

Luego, en silencio, alerta, se queda muy quieto esperando a ver si alguien en el palacio de los Ferro ha escuchado el incisivo golpe del garfio clavándose en la cornisa. Nada sugiere que así sea.

—Ahora viene la parte más divertida —anuncia—: tú te quedas aquí, vigilando la soga, y yo subo a buscar al hijo de la emperatriz.