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—¿Significativo? Bueno, yo diría que es mucho más que eso —replica el vivaz Juan de Aspa con un semblante tan iluminado de picardía que anticipa, sin duda, que lo mejor está por venir—.
Pero prosigamos y regresemos con la lechuza posada en la montaña.
Como os he dicho, no hay duda de que esa miniatura simboliza la acrópolis de Atenas.
Allí había un lugar particularmente sagrado, el templo del Erecteion, y en él, según nos recuerda también el bueno de Pausanias, se custodiaba el pozo de Poseidón.
El punto exacto donde el dios del mar había arrojado su tridente, dejando su marca en la roca y haciendo brotar un manantial de agua salada.
Pausanias, además, dice que, si te asomabas a ese pozo, podías oír el batir de las olas aunque este quedase a dos leguas de distancia.
¿Qué tenemos ahora, maestres? ¡La tercera pieza del enigma!
¡El «mar», al que Hermes/Aristóteles arroja el libro que recoge la sabiduría del celestial Zeus para prevenirse del diluvio!
—¡Será cabrón! —exclama al-Ricutí, que empieza a vislumbrar como todo encaja.
—Bueno, mi madre también opinaba eso de mí —admite, alegre, el viejo Juan de Aspa.
—¡No, maestre Juan de Aspa, me refería a Aristóteles! —se excusa al-Ricutí, avergonzado por el cómico equívoco.
—Bueno, también coincidimos en eso, maestre al-Ricutí: el Estagirita era un perfecto cabrón. No me extraña que su discípulo más célebre, el rey Alejandro Magno, conquistara el mundo. ¡Menudo maestro tuvo!
—Podría ser... Podría ser que tuvieseis razón, maestro Juan de Aspa —afirma, dubitativo , Yehuda—. Podría ser. ¿Y si todo es fruto de una reunión de casualidades? —concluye con el escepticismo necesario a todo sabio prudente.
—¿Casualidades? ¡Todo encaja! Y si no os basta lo que os he revelado, añadiré el testimonio de las estrellas: ¿qué marca señala el pozo de Poseidón en el Erecteion?
—La del tridente de Poseidón... —contesta Yehuda, comenzando a sentir cómo se derrumba su sano escepticismo.
—¿Y qué señal hemos convenido que nos señalará el lugar donde se esconde el tesoro?
—La señal de la constelación del Delfín... o, como decían los griegos de Eubea, nuestra Negroponte, del Tridente de Poseidón —responde Yehuda, viendo, en efecto, que todo encaja.
—¡Ahí lo tenéis! ¡Una misma señal indica el lugar donde debemos buscar el segundo libro y el sitio del tesoro!
¡No puede ser fruto de la casualidad! Aristóteles no creía en ella: en la casualidad.
Por eso sepultó su tesoro bajo el mar y señaló el lugar con las estrellas del Delfín o del Tridente, ambos consagrados a Poseidón, dios del mar, ¡y por eso escondió el libro que previene de los peligros que lo custodian arrojándolo a otro «mar»: el contenido en el pozo de Poseidón!
¡El lugar donde pueden escucharse las olas y que quedó marcado para siempre con su señal, la del tridente!
¡No puede ser casualidad! ¡Todo encaja: la lechuza posada en una montaña que solo puede ser la acrópolis, el símbolo del rayo que remite a Zeus, cuya sabiduría celestial se menciona también en las palabras del acertijo, las referencias al diluvio, a Hermes y al «mar» contenido en el corazón sagrado de la ciudad de Atenea, y que surgió cuando Poseidón, dios de los mares, hirió la roca de la acrópolis con su tridente!
¿Casualidades decís? ¡Todo encaja, y por eso, amigos míos, una vez más, hemos derrotado al cabrón de Aristóteles!
—¡Lo tenemos! —gritan Yehuda y al-Ricutí abrazándose entre risas.
Lo tienen. Ahora saben que, una vez llegados a Atenas, con discreción, deberán entrar en las ruinas del templo del Zeus Olímpico y buscar allí, en la grieta del diluvio, las claves que, a continuación, les permitirán subir a la acrópolis.
Una vez en ella, podrán entrar en el Erecteion para localizar el pozo de agua salada de Poseidón y sondearlo para hallar en él la condenada segunda parte del maldito Secretum Secretorum : el último libro escrito por Aristóteles.
Parece fácil, aunque quizá no sea tan fácil. No obstante, están felices porque creen que su ingenio ha derrotado al del «cabrón de Aristóteles», como dice el vivaz, alegre e irreverente Juan de Aspa.
Dos días más pasaron en Siracusa y, al tercero, con buen viento, zarparon de nuevo y, contorneando el sur de Italia, llegaron a Otranto.
Tras hacer breve escala en ella, se adentraron en el Adriático y pasaron por Bari, Brindisi y Ancona y, al fin, tras esquivar la desembocadura del Po y alcanzar el fondo del golfo, penetraron en la laguna de Venecia.
Ante ellos se ven ya las islas de Lido, San Jorge el Mayor, San Miguel, San Lázaro, Murano, Burano y Torcello, esta última con su impresionante catedral, así como otras muchas que no saben nombrar y, al cabo, surgiendo del mar, se atisban las cúpulas y el campanario de San Marcos.
—Mi hijo... —susurra María de Brienne, emperatriz de Constantinopla, al hallarse, al fin, en la antesala de la liberación del niño que le arrebataron cuando su pequeño solo tenía cinco años y que ahora, diez años más tarde, será un muchacho.
Isabel y Sancha, amigas de María tras tantas semanas de viaje juntas, la compadecen.
Empatizan con su dolor porque saben que su joven príncipe no fue más que un niño empeñado en una ciudad de banqueros y comerciantes implacables y gobernada por el más despiadado de todos ellos: el dux Reniero Zeno 3 .
—No desfallezcáis ahora, mi señora emperatriz —la anima Sancha—.Traéis la plata, y vuestro hijo será libre y partirá con vos de regreso a casa.
María no responde. Conoce el mundo y, sobre todo, conoce a los venecianos, y sabe que no será tan fácil.
—Esta ciudad es siempre la antesala de las más negras traiciones —les confiesa sin quitar los ojos de la soberbia estampa de la urbe que gobierna sobre un imperio de olas y codicia—.
Conozco a su dux desde que era niña y nunca he podido decir nada bueno de él.
Ahora que la suerte de mi hijo depende de su negra voluntad, tengo miedo.
Pero ha hecho este largo viaje para eso: afrontar el miedo y lograr recuperar a su hijo. Así que se traga las lágrimas y mira al cielo en busca de una oración, y lo que encuentra es el pendón de Castilla que Tello, prudente, ha mandado izar.
Venecia lleva tres años en guerra con Génova, y su urca, aunque la fletó el rey Alfonso, está mandada por un genovés, y también son muchos los tripulantes que proceden de Génova.
Al bajar la mirada, María de Brienne se encuentra con los ojos leonados del caballero del rey de Castilla.
Ambos han vivido mucho y, por eso, saben que vivir es, a menudo, mezcla de desafío y decepción, y que esa ciudad hermosa en la que se disponen a anclar estará llena de peligros.
Porque parece desbordar de riquezas y poder, y esas dos cosas siempre atraen a hombres sin más dios ni honor que el que para ellos crea la negra ambición.
—Todo irá bien, mi señora emperatriz —le dice Tello.
De verdad lo cree. Él sí tiene Dios y honor, y por ellos ha jurado que esta mujer hermosa, esta madre, zarpará de Venecia con su hijo. Él nunca jura en vano.
Ya pueden ver el bosque de mástiles de los numerosos barcos anclados en el puerto, y las cúpulas, torres y campanarios de San Marcos, de San Antonio y de otras muchas iglesias y palacios que se disputan la escasa tierra de la Civitas Rivoalti, la isla central de Venecia.
Todas ellas emergen de las aguas como un sortilegio.
Amarran la urca junto a las naves orientales que proceden de San Juan de Acre, Constantinopla, Alejandría de Egipto, Trípoli, Tesalónica... Y tras anunciar su llegada al jefe del puerto, bajan a tierra y se encaminan a San Marcos.
La gran iglesia, con sus cinco cúpulas, les parece de otro mundo: su fachada con antiguas columnas romanas y sus arcos recubiertos de mármoles y de mosaicos que cuentan las hazañas de la Serenísima República o que narran los principales episodios de los evangelios con fulgores de oro, lapislázuli y verdes brillantes.
Esa misma sensación les transmiten los cuatro caballos de bronce que, situados en la logia superior de la fachada, sirven como feroz y deslumbrante trofeo y recordatorio de que esta ciudad, Venecia, es implacable con cuantos se les opongan.
La cuadriga de magníficos caballos fue traída desde la conquistada Constantinopla de 1204 a la que venecianos y cruzados sometieron al más despiadado saqueo jamás sufrido por una ciudad cristiana.
Allí aguardan, ante el esplendor de San Marcos y a la sombra de las dos impresionantes columnas de granito traída la una desde Siria y la otra desde Egipto, coronadas por el león alado de san Marcos y por san Teodoro dando muerte al dragón 4 .
Sin embargo, el dragón no solo está en lo alto de la columna, sino que camina hacia ellos, envuelto en sedas y armiño, desde el palacio ducal.
Su nombre es Raniero Zeno. A Tello le basta verlo para saber que tendrán problemas.
Raniero Zeno conoce a María de Brienne desde que la emperatriz era una niña y él, el representante de la Serenísima República de Venecia en Constantinopla.
Es un hombre inteligente y astuto, y ambas cosas no son en modo alguno la misma: implacable, siempre que sea necesario, y siempre lo es; despiadado, si alguien se opone a sus designios, y traicionero, si las circunstancias se lo imponen.
Y, mira tú por dónde, esas, las «circunstancias», siempre le exigen tal «tributo».