Muerte en Toledo 15
64%

15

Tras escapar de la ensenada del promontorio rojo, ante ellos fueron desfilando, como joyas cosidas a un manto azul, las blancas ciudades africanas de Bugía, Annaba y Bizerta.

Luego, haciéndose pasar por comerciantes genoveses, entraron en el resguardado puerto de Túnez para proveerse de agua y víveres y, de allí, tras salir a mar abierto por el cabo Bonn, cruzaron hasta Sicilia y anclaron en Siracusa.

—¡La patria de Arquímedes! —señala Juan de Aspa con su habitual entusiasmo en cuanto pone un pie en la célebre ciudad.

Escoltados por cuatro hombres armados, los tres sabios han decidido aprovechar el tiempo visitando la patria de tantos filósofos y sabios de los antiguos tiempos y, de paso, tal como aconsejaba Aristóteles, meditar y filosofar paseando.

En resumen, reflexionar sobre el principal asunto que los ocupa: resolver el último enigma que contiene el Secretum Secretorum , por qué está incompleto y qué guarda su segunda y perdida parte.

—Nos vendría bien la ayuda del espíritu de Arquímedes.

Los días pasan y no logramos hallar en cuál línea del libro escondió Aristóteles las pistas que llevan al segundo códice —se lamenta Yehuda mientras caminan en dirección a la imponente y singular catedral de Siracusa: la Natividad de Santa María.

—¡Es increíble! —exclama al-Ricutí cuando, al doblar una esquina, quedan ante la fachada del enorme edificio, que no solo es colosal, sino también único en el mundo.

Lo es porque se trata de una catedral cristiana insertada, por así decir, en el antiguo templo dórico de Atenea.

Y es que el enorme templo pagano, con sus imponentes columnas y su planta griega, es perfectamente reconocible, pero envolviéndolo y, en su interior, en parte devorándolo, en parte sumándose a él, se ha alzado una gran iglesia cristiana.

Y tantos siglos después, uno no puede saber dónde empieza el templo dedicado a la diosa Atenea y dónde el erigido para la Virgen María.

Extasiados, los tres sabios pasean ahora entre las gigantescas columnas griegas mientras analizan, por enésima vez, los misterios que han de resolver.

Yehuda, con su larga barba blanca y su nariz aguileña, es la viva imagen del sabio anciano y se ocupa de ir exponiendo todo lo que ya saben sobre el libro de Aristóteles; mientras que Juan de Aspa, vivaz, inquieto, señala los puntos débiles de las conclusiones a las que han llegado, y al-Ricutí, moreno, con expresión un tanto soñadora, propone una hipótesis tras otra, mientras deambulan por el magno edificio dedicado a Atenea y a la Madre de Cristo.

—De una cosa podemos estar seguros —concluye Yehuda cuando completan el columnado perímetro interior de la catedral—: el libro que tenemos en nuestro poder está incompleto, y eso no es fruto de la casualidad, sino una treta más para ponernos a prueba, por así decir, del malicioso Aristóteles.

Sus compañeros asienten y, entonces, los tres retoman su peripatético paseo hasta salir fuera de la gran iglesia-templo. Ya fuera, se detienen allí para mirar hacia el oeste y contemplar la enorme mole, en parte excavada en la roca viva, del antiguo teatro griego de la ciudad.

—Hemos resuelto el principal enigma: dónde tenemos que buscar el tesoro. ¿Qué creéis que ocultará entonces el segundo códice? —pregunta al-Ricutí sin apartar la vista del increíble edificio y llevándola luego hacia los restos del colosal altar de Hierón II.

—En efecto, sabemos dónde comenzar a buscar, y no es poca cosa: en la antigua isla de Eubea, a la que hoy llamamos Negroponte y, en concreto, en el canal del Euripo.

Pero eso será solo la mitad del problema —expone Juan de Aspa, a la par que sigue dándole vueltas a lo que está a punto de atrapar con el pensamiento.

—¿A qué os referís, maestre?

—Mi querido al-Ricutí, llevo media vida leyendo, traduciendo y estudiando a Aristóteles, y puedo aseguraros una cosa sobre él: era un perfecto cabrón —le suelta el viejo monje acompañando el exabrupto con un guiño divertido—.

Dicho de otro modo, si se tomó la molestia de dividir el Secretum Secretorum en dos libros y ocultarlos por separado, es porque hallar el lugar será solo la mitad del infierno que nos tiene preparado.

La conclusión es clara para mí: la otra parte del códice, la que debemos encontrar en Atenas, debe de contener las claves para sortear las trampas y dificultades que nos esperan en el canal del Euripo.

Eso tiene sentido. Durante un largo momento, los tres sabios se quedan quietos y en silencio. La tarde declina y los antiguos mármoles griegos revelan su mágica albura. Entonces, tocado por esa misma luz, el rostro de Juan de Aspa se ilumina.

—Considerad ambos este pasaje del libro que no para de rondarme la cabeza: «Aristóteles dice a Alejandro: Oh, tú, rey, eres el digno heredero de la celestial sabiduría de Zeus encontrada en el libro que fue arrojado al mar por Hermes el tres veces grande cuando tuvo noticia de lo que ocurriría cuando todo quedara sumergido por el diluvio» 1 . ¿Qué pensáis sobre esto?

Al-Ricutí y Yehuda reflexionan largamente.

Saben, puesto que son ya muchas las semanas que llevan estudiando el viejo códice, que Aristóteles ocultó en él, entre la materia que abordaba, la sabiduría secreta necesaria para dominar y gobernar a los hombres, crípticas frases y miniaturas que, en realidad, no tenían nada que ver con lo que envió a Alejandro Magno, sino con el ocultamiento y la salvaguarda de su tesoro.

Todo eso está claro. Pero identificar esas frases es tarea compleja y requiere de una actitud crítica, casi escéptica, para no dejarse engañar viendo en cada línea un mensaje secreto.

—Podría ser, podría ser... —murmura Yehuda, mientras, ensimismado, se atusa la larga barba blanca y repite para sí, una y otra vez la frase: «Aristóteles dice a Alejandro: Oh, tú, rey, eres el digno heredero de la celestial sabiduría de Zeus encontrada en el libro que fue arrojado al mar por Hermes el tres veces grande cuando tuvo noticia de lo que ocurriría cuando todo quedara sumergido por el diluvio».

—¿El libro arrojado al mar? ¿El diluvio? —se interroga a su vez al-Ricutí, tratando de poner luz en la oscuridad de tales palabras.

—Este pasaje no encaja con lo que le antecede ni con lo que le sigue —resalta Juan de Aspa como dándoles una pista—.

Más aún, «el libro arrojado al mar» es, sin duda, una doble alusión, por una parte al libro, como explicita, pero también a lo que oculta y protege: el tesoro que, como ya sabemos, se halla bajo las aguas del mar, en el canal del Euripo.

En cuanto al diluvio, para los antiguos griegos, como para nosotros, era la máxima expresión de la catástrofe.

¿Y qué mayor catástrofe sufrió Aristóteles sino la de verse obligado a huir de Atenas y tener luego que sacrificar su propia vida para escapar de manos de los verdugos atenienses y privarlos así del triunfo de arrebatarle su tesoro?

En fin, considerad que el libro estaba dedicado a la sabiduría secreta, es decir, a la que rige Hermes, y que en este pasaje, en esta línea, Aristóteles, claramente, se está identificando con él: es él, Hermes/Aristóteles, quien arroja el libro, esto es, el tesoro, al mar para prevenirse del diluvio de odio que contra él precipitaron los atenienses.

—Podría ser, maestre Juan de Aspa —le concede ahora al-Ricutí—, pero todo está cogido con pinzas, por así decir.

—¿De verdad? ¡Cómo explicar entonces los tres dibujos que acompañan esta críptica línea? —le replica el viejo monje.

—Bueno, la línea se inicia, como otras veces, con una lechuza —admite al-Ricutí—, pero eso solo señala hacia donde ya sabemos que tenemos que ir en primer lugar, hacia Atenas.

—Sí, pero recordad, maestre al-Ricutí, que, en este caso, y al contrario que en la línea que identificaba el lugar del tesoro, la lechuza ya no aparece sola, sino posada sobre una montaña, y esta, a su vez, se halla sobre un rayo.

—Eso no ayuda mucho —interviene Yehuda.

—¡Por supuesto que ayuda! Al menos si ponemos en relación esa lechuza posada sobre un monte a cuyos pies fulgura un rayo con las palabras de la línea y con el dibujo con que estas últimas terminan. ¿No lo entendéis?

Por lo visto, no. Así que Juan de Aspa se lo termina de aclarar.

—Como os he dicho ya, la lechuza está posada sobre una montaña.

Si la lechuza es el símbolo de Atenea, esa montaña solo puede ser la acrópolis de Atenas.

Ahora bien, la lechuza posada sobre la montaña tiene a sus pies un rayo fulgurante.

¿Qué puede representar? Os diré. En Atenas, desde tiempos remotos, había un lugar consagrado a Zeus, dios supremo, señor de los cielos y lanzador de rayos.

Ese templo está al pie de la acrópolis y fue el más grande de la tierra.

¿Su nombre? El templo de Zeus Olímpico. En su interior y conforme a lo que nos relata Pausanias en el libro primero de su Descripción de Grecia 2 , se hallaba la grieta abierta en la roca viva por la que las aguas de los mares diluviales se precipitaron a los abismos insondables de la tierra, para dejar la superficie de esta última libre de la inundación del diluvio y permitir a Deucalión y a su esposa, los supervivientes, repoblar el mundo.

El rayo señala a Zeus y, curiosamente, en el templo de este último sito a los pies de la acrópolis, se encuentra el lugar donde se recordaba el diluvio.

Así que ya tenemos localizadas, por así decir, dos piezas del acertijo planteado por Aristóteles: «Zeus» y el «diluvio».

—Eso es, en verdad, muy significativo —concede Yehuda.