14 #2
En el momento en que suelta la flecha, Tello se gira y echa a correr hacia donde están refugiados los sabios.
Buena idea, porque al-Ricutí ha prendido fuego al extremo de la mecha, y la llama, auxiliada por la hojarasca seca que forma el lecho donde ha sido depositada, es llama viva que corre deprisa.
La galea está pasando bajo el promontorio. Treinta varas separan su baja borda de las primeras rocas y pronto, como la cabeza de un dragón marino, su proa asoma a la ensenada.
—¡Ahí están! —anuncia el capitán de la urca, y en la nave, todo es desolación. Está claro que el plan de al-Ricutí, fuera el que fuera, ha fallado.
Sin embargo, al-Ricutí está contando, porque también a él se le dan bien los números.
Con ellos ha calculado velocidad de la corriente y de la galea, fuerzas y resistencias, trayectorias e impacto sobre las aguas de mil quintales de roca, volumen de desplazamiento y esas cosas.
Al fin y al cabo, ha leído con aprovechamiento a Euclides de Alejandría y a Arquímedes de Siracusa.
Mientras el andalusí cuenta, William, situado en la proa de su galea, puede ver ya con claridad la cubierta de la urca y, en ella, la diminuta pero brillante figura de la emperatriz María de Brienne.
—Qué magnífica presa... —se le escapa—. Inglaterra, espérame, regresaré para que todos me llamen barón. Barón William de Amesbury.
El sueño de William se hace realidad y suena bien. Mientras el sueño de un ladrón inglés se hace realidad, al-Ricutí termina de contar.
—Seis, cinco, cuatro, tres, dos, ¡uno! —termina y grita con un aullido triunfal el último número.
De entrada no pasa nada, pero sí al segundo siguiente.
Una potente deflagración retumba y ensordece a los sabios y a Tello.
Hace volar por los aires el saliente rojo del promontorio, que se precipita a las aguas situadas cincuenta o más varas por debajo.
El impacto en el mar de los miles de quintales de roca es tan potente que levanta una fortísima ola que se alza arrolladora...
y barre la cubierta de la galea, que justo entonces está a medio doblar la rocosa punta.
La ola no solo barre la cubierta y arrastra a varios hombres al mar y destroza remos y regala, sino que la zarandea de tal manera que el timón de espadilla oscila violentamente y lanza lejos al timonel.
Así, se queda sin gobierno hasta que, al cabo, se parte con un espantoso crujido.
Entonces, la nave cabecea con brusquedad y la proa gira hacia las rocas, mientras que la popa lo hace hacia el mar abierto, emitiendo un agónico chirrido, seguido por el explosivo quejido de las cuadernas de roble al astillarse por la insoportable presión que les ha aplicado el golpe de mar que han encajado.
—¡Tenemos una vía de agua! —grita alguien en la galea, y William, que se ha ido contra la amura rodando por la cubierta, se pone en pie a duras penas y contempla el destrozo.
—¡Maldita sea mi suerte!
Arriba, desde lo que queda del saliente, Tello mira hacia abajo con su mejor sonrisa. La galea pirata ha perdido buena parte de sus remos, se le ha roto la espadilla. Parece hacer agua y, si sus tripulantes no se esfuerzan, se irá pronto a pique.
—Os va a costar unos pocos días arreglar el desastre —murmura satisfecho antes de volverse, feliz como un niño, hacia los no menos exultantes sabios.
—¡Maestro al-Ricutí, nunca dejarás de asombrarme! —felicita a su amigo envolviéndolo en un abrazo.
Una hora más tarde, mientras los de la galea achican agua y tratan de no hundirse antes de ganar la orilla, la urca alcanza la salida de la ensenada y parte hacia Oriente.
Hacia Oriente van también Egidio el Nigromante y el joven Miguel en una nave pisana que tiene como destino la isla de Negroponte.
—Así que el tesoro debe de estar bajo las procelosas aguas del canal que separa esa isla del Ática —dice Egidio, admirado de la habilidad con la que Miguel ha resuelto el enigma.
—No tengo duda alguna al respecto, maestre Egidio. Lo que tendremos que establecer una vez allí es el punto exacto donde deberemos comenzar a buscar.
Egidio asiente, satisfecho, y ofrece una alentadora sonrisa al joven monje.
Le cae bien este muchacho y no se extraña lo más mínimo de que su compañero de estudios, el pobre Julián de Ávila, lo escogiera como discípulo.
Es inteligente y posee cierta astucia natural.
En definitiva, le gusta este joven despierto y amable.
Así que le da una cariñosa palmada en la espalda, se acoda junto a él en la regala de la borda de la nao pisana y decide ser piadoso.
Cuando llegue el momento, se librará de él con una buena dosis de opio y, de esa manera, lo enviará al cielo con un sueño dulce y eterno.
Miguel mira al mar. Egidio es muy amable con él y le está enseñando muchas cosas.
Es buen maestro y ningún otro le podría enseñar tanto sobre nigromancia y magia.
Así que hará bien en aprovechar las tres semanas de travesía que tienen por delante, porque luego, muy a su pesar, tendrá que poner fin a sus enseñanzas. De forma drástica y para siempre.
En Sevilla, mientras tanto, la corte se prepara para volver a partir, y Alfonso, cuyos problemas de gobierno no paran de aumentar, ha vuelto a llamar a don Nuño González de Lara.
—Es vuestro hermano, sin duda, quien está detrás de tanta conjura, mi señor rey.
Don Nuño González de Lara es persuasivo, y Alfonso, que ve confirmadas sus fraternales sospechas, asiente satisfecho.
—¿Acaso no ha estado en Inglaterra junto a Ricardo de Cornualles? ¿Y no es menos cierto que en estos mismos momentos se halla junto al rey Jaime de Aragón acordando alianzas contra vos?
Alfonso no dice nada. Se queda mirando detenidamente a su amigo y consejero de tantos años. Nuño parece convencido de lo que dice, y su rostro anguloso y ojos azul grisáceo como el sílex lo miran de frente con una mirada franca y sin reservas que invita a la confianza.
Le cuesta no confiar en él. Al fin y al cabo, todo lo que ha dicho es cierto..., pero igualmente lo es que el propio don Nuño le ha dado motivos más que sobrados para que también desconfíe de él.
—Sé que de igual modo desconfiáis de mí y que os he dado motivos para ello —le confiesa Nuño de forma inesperada, volviendo a clavarle sus duros ojos y haciendo aflorar en ellos una suerte de pena mezclada con arrepentimiento—.
No os culpo por ello... Sé que mi comportamiento ha sido extraño y que ha podido dar lugar a sospechas.
Pero, os lo confieso desde la confianza que nos da la amistad que nos une desde nuestra juventud, el suicidio de mi hija y lo que a él llevó me trastocaron el ánimo.
—El conde aparta un instante la mirada y, cuando la retorna, Alfonso ve que tiene los ojos húmedos—.
Sois padre como yo y, sin duda, entenderéis lo que he vivido y padecido...
Eso lo decide todo. Alfonso nunca ha visto llorar a Nuño. Conmovido, se levanta y lo abraza. Un abrazo de amigos. Una reconciliación. Algo hermoso de ver. Mientras se abrazan, como el rey no puede verle la cara, Nuño se permite una sonrisa de triunfo.