Muerte en Toledo 14
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Una galea pirata rompe el horizonte asomando sus velas.

En lo alto del promontorio rojo, el vigía apostado allí por Tello, tras comprobar que la luz tibia del amanecer no lo engaña, se pone a gritar la alarma y a agitar en el aire la manta en la que se ha envuelto durante su turno de guardia.

Tello no lo oye, está demasiado lejos, pero sí lo ve.

Hace la señal convenida para alertar sobre la aproximación de un bajel pirata.

Todo en él se revuelve contra el aciago destino, pero nada saca el hombre de quejarse, y Tello aprendió de chico la lección.

Así que se olvida de lamentaciones y se pone a dar órdenes.

Quizá, con un poco de suerte, puedan poner vela antes de que la galea los atrape en la ensenada.

Al fin y al cabo, como poco, a la nave enemiga le quedan dos horas de navegación antes de atraparlos.

Entrar en la ensenada es difícil, hay corrientes fuertes y bajíos, estos obligan a desviarse y a penetrar doblando el agudo cabo que forma el promontorio de roca roja que la domina.

—¡Es imposible! —le aclara el capitán de la urca cuando le ordena embarcar de inmediato, zarpar y salir de la ensenada antes de dos horas.

—¿Imposible? —se exaspera.

—El viento, mi señor caballero, el viento viene de la mar y no nos permitirá salir a tiempo.

Además, esa galea pirata estará aquí en dos horas a lo sumo y, como está obligada a entrar en la ensenada doblando el promontorio, nosotros nos veremos obligados a poner vela hacia la desembocadura del río, arriesgándonos a encallar en los bancos de arena.

Eso nos obligará a ir sondeando la mar. En suma, necesitaremos tres horas como poco.

—¿Y la vela latina?

Tello sabe que desplegando ese trapo se puede navegar de bolina.

—Es una bendición cuando tienes el viento contrario, y sin ella no podríamos ni salir de aquí en todo un día.

Pero, aunque la vela latina ayuda mucho, coge poco viento y nos moveremos muy despacio.

Tres horas os digo, tres horas necesitaríamos para salir a alta mar, y para entonces, esa galea nos estará dando espolón.

Atrapados. Están atrapados. Tello golpea con rabia la arena. Todos lo miran, esperan una solución, una idea genial, un milagro, lo que sea.

Pero Tello no tiene nada que ofrecerles. Excepto un poco de desesperación mudada en plan.

—¡Contamos con dos horas y hay que aprovecharlas! ¡A las barcas, hombres del rey! —ordena—. ¡Debemos desembarcar la plata y luego poner a salvo a la emperatriz!

Su plan es sencillo y, además, una locura: desembarcar la plata y luego internarse en la espesura con la esperanza de que los piratas no los persigan hasta ella. Luego..., bueno, luego Dios dirá.

—Tengo un plan mejor.

Tello, sorprendido, se gira hacia al-Ricutí.

—¿Un plan?

—Sí, uno mejor. Así que di a esos hombres que se detengan. Mi plan requiere que las mujeres y cuantos marinos y soldados sea posible embarquen y pongan a la urca en disposición de levar anclas de inmediato. El resto iremos al promontorio rojo.

William está silbando. Han dado con la condenada urca y la tienen atrapada en el fondo de una ensenada.

Así que solo tienen que hacer una cosa, poner proa hacia el promontorio que cierra la pequeña bahía, doblarlo y, dentro de la ensenada, abordarla con la misma facilidad con la que uno atrapa peces en un estanque.

—¡Venga, muchachos, remad con fuerza, que en dos horas a lo sumo os espera el más grande botín que imaginar podáis! —anima a sus diablos y, sin dejar de silbar, bracea y enconcha su arco largo 1 .

Mientras tanto, al-Ricutí consigue al fin coronar la cima del promontorio rojo. Tello le ha ayudado tendiéndole la mano, y luego, con un poco más de esfuerzo, logra también hacer subir a Yehuda y a Juan de Aspa. Al-Ricutí le explica para qué quiere a tres sabios en lo alto de un promontorio:

—La llaman «pólvora» y la inventaron los chinos —les va diciendo al-Ricutí—.

Conozco los componentes y las proporciones, pero nunca la he fabricado.

Por eso hemos traído hasta aquí azufre, carbón y salitre.

Este último habrá que lavarlo en agua y purificarlo lixiviándolo y secándolo.

Luego debemos moler los tres ingredientes de la fórmula y mezclarlos de manera uniforme y en las siguientes proporciones: siete partes de cristales de salitre, dos de polvo de carbón y una de azufre 2 .

—¿Y qué haréis con lo que obtengáis? —pregunta Tello entre la curiosidad, el escepticismo y la exasperación. No tiene claro si confiar en su amigo dará buen resultado, y por el rabillo del ojo, desde aquella elevada posición, puede ver cómo la galea pirata se aproxima más y más.

—Algo se me ocurrirá —le replica el andalusí, incomprensiblemente divertido—. Al fin y al cabo, además de alquimista, soy matemático.

Así se ponen a trabajar. Juan de Aspa, que también sabe lo suyo de alquimia, lava el salitre en una olla que pone a calentar en un pequeño fuego.

Pronto, al hervir, el agua se evapora y el viejo monje filtra el resultado y vuelve a empezar para lograr la máxima pureza en los cristales así obtenidos.

Yehuda, por su parte, se ocupa con una mano de mortero en reducir a polvo el carbón de leña que han recogido de la hoguera y luego hace otro tanto con el azufre.

Mientras, el maestro murciano estudia cada grieta, cada piedra de la cumbre del promontorio que, como un saledizo de piedra roja, vuela sobre el mar que rompe contra su base; hecho lo anterior, se asoma para observar el mar y arroja desde allí con todas sus fuerzas una rama que la fuerte corriente arrastra.

Repite dos veces la operación y Tello observa que, cada vez que arroja un palo y cae al agua, el moro se pone a contar moviendo los labios.

—¡Creo que ya lo tengo! —le anuncia triunfante—. ¿Cómo va el salitre, maestre Juan de Aspa?

—¡Lo he lixiviado hasta obtener cristales y lo he puesto a secar al sol sobre una piedra! —contesta el viejo monje mientras extiende un poco más los cristales sobre la roca para que se sequen bien.

—¿Y el carbón y el azufre? —pregunta el andalusí volviéndose hacia el médico hebreo.

—¡Reducidos a polvo fino! —le informa Yehuda mostrándole el mortero.

Tello se muerde los labios. Se supone que todo va bien, pero la galea pirata está a poco más de media hora del promontorio y él sigue sin saber cómo la van a detener.

Nervioso, mira otra vez hacia el fondo de la ensenada; allí, la urca sigue preparándose a zarpar cargando los últimos barriles de agua, aprestando velas y realizando las diez tareas que hay que llevar a cabo antes de levar anclas y poner rumbo a mar abierto.

—Esto no va a funcionar —se le escapa a Tello, que ya no puede dejar de mirar en dirección a la galea, que, al aprovechar la corriente, vira para enfilar el promontorio y sobrepasarlo.

Al-Ricutí no lo escucha. Está acuclillado en el suelo, dibuja en él con un palito números y trayectorias.

—¡Secos! ¡Los cristales de salitre están secos! —anuncia Juan de Aspa veinticinco minutos más tarde.

—¡Apresuraos, pues, a mezclarlos con el carbón en polvo y el azufre!

—le pide el murciano, quien, poniéndose de nuevo en pie, corre hasta el borde del acantilado y arroja otro palito para volver a comprobar la velocidad de la corriente que pasa justo por debajo y empuja también a la galea que está ya a menos de un cuarto de legua del promontorio.

Está muy cerca y no tardará en pasar justo debajo de ellos. Tres minutos más o menos.

—¿Qué hacen ahí arriba? —se pregunta William al ver cómo cuatro diminutas figuras se afanan en lo alto del promontorio rojo que se disponen a doblar.

No lo sabe. Solo sabe una cosa: no llevan arcos, ni ballestas y solo uno de los cuatro hombres, a lo que parece, porta armas y tiene estampa de gente de guerra.

—¡La tengo! —anuncia, feliz, Juan de Aspa.

Al-Ricutí corre hacia el viejo monje, quien le muestra, orgulloso y alegre, algo más de cinco libras castellanas de mezcla, es decir, de eso que llaman pólvora.

—¡Apesta como el infierno! —se queja, jocoso, el viejo monje.

—Se supone que lo es —le replica al-Ricutí.

—¿Que es qué?

—El infierno, maestre Juan de Aspa. Con un poco de suerte, hemos fabricado un pedacito de infierno —le aclara.

Tomando la apestosa mezcla, al-Ricutí corre hasta una grieta situada a tres pasos del borde del saledizo de roca roja que corona el promontorio. Siguiendo sus indicaciones, Tello está allí, agrandándola con la daga.

—¡Es suficiente! —le dice.

Luego, a toda prisa, el murciano envuelve en un trapo la poción, la pólvora o lo que sea que hayan obtenido, y lo coloca en la grieta.

A continuación, mete en el envoltorio, a modo de mecha, un grueso hilo de lana empapado en aceite y sitúa el resto de la madeja a dos pasos, antes de regresar a la grieta y colocar una pesada piedra sobre el paquete de pólvora prensada.

—¡Listo! —anuncia—. ¿Y la galea?

—¡Dos minutos! —le anuncia Tello, que lo ve todo ya perdido.

—¡Magnífico! —le contesta el andalusí, quien, por lo visto, es presa de vete tú a saber qué entusiasmo—. ¡Todos a correr hacia esas rocas! —advierte señalando un afloramiento rocoso situado a treinta o cuarenta pasos que debe servirles de refugio y al que ya se encaminan Yehuda y Juan de Aspa.

Mientras, el maestro andalusí toma la madeja de lana empapada de aceite y la desenrolla sobre la hojarasca seca que había acumulado.

Realiza la operación con premura, pero también con sumo cuidado, al tiempo que camina hacia atrás alejándose del saliente.

Mientras anda hacia atrás a toda prisa desenrollando la madeja, sus labios murmuran números.

Tello aguarda un poco más. Mira a la galea, que, arrastrada por la fuerte corriente y por la fuerza de sus remos, en ese momento justo comienza a pasar debajo del promontorio.

En su proa, una vez más, está el asesino que secuestró a Isabel y Sancha.

Nada más verlo, lo enfila con su arco largo inglés.

—¡Muere! —grita William.