Muerte en Toledo 13 #3
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13 #3

Quien grita es Sancha, que, arrojando piedras al demonio, trata de atraer su atención y darle así una oportunidad a Isabel.

El león gira hacia Sancha para matarla y en su carrera recibe en el pecho la tercera flecha: un segundo virote de ballesta.

Sin embargo, tampoco lo detiene y, tras lanzar un nuevo rugido y vomitar una bocanada de negra sangre, corre tras Sancha.

Corre a su vez la muchacha, pero, segundo a segundo, el león acorta distancia y ella siente ya su aliento de matador en la espalda, anticipa el zarpazo que la abatirá y destrozará su cintura al reventarle los riñones y partirle la columna. Entonces Sancha cae.

Gracias a Dios. Así el león, burlado por el oportuno tropiezo, le pasa por encima sin matarla.

Por el momento. Un breve momento..., ya que se ha dado la vuelta y, aunque un nuevo virote de ballesta le pasa rozando la melena, se dispone a destrozar a la muchacha, quien, con los ojos dilatados de terror y la boca abierta en un mudo grito de espanto, aguarda su terrible final.

—¡Bestia maldita!

Es el grito de Tello. Como buen loco que es, carga sobre la fiera descargándole un tajo en la cabeza.

Pero el cráneo de un león es duro como yunque de hierro y, aunque el afilado acero le abre una tremenda herida al animal y la sangre lo ciega, no está herido de muerte, y salta sobre su enemigo.

Tello, por suerte, por instinto, por habilidad o vete tú a saber por qué, cae con la espada hacia arriba, y el león, al caerle encima, se la clava hasta la empuñadura en el corazón.

—¡Virgen Santísima! —grita la emperatriz mientras sus damas miran entre los dedos de las manos con que se tapaban los ojos para no ver.

E Isabel, recuperando el ánimo, corre hacia Sancha, y Tello, sepultado bajo el cuerpo del león, parece muerto.

No lo está. La bestia sí. Pero pesa tanto como un caballo y quitársela de encima no es fácil.

Tampoco fue fácil quitarle a Sancha de encima, porque, en cuanto retiraron el colosal cadáver felino, cubrió a Tello con sus besos.

—Agua fresca, un poco de fruta y algo de carne... —remedó Tello al capitán de la urca, cuando, burlón y malhumorado, dolorido y cojeando, sostenido por un Alvar igualmente magullado y por el ballestero superviviente, regresó al campamento.

Esa noche, los hombres contaron una y otra vez su hazaña, y Juan de Aspa, fascinado, mostró a todos la piel del gran león; y la emperatriz, robándoles el aliento, cantó con voz de plata una canción que contaba la historia de cómo Alejandro de Macedonia se enfrentaba en combate a leones blancos tan grandes como toros 5 .

Fue, pues, y pese a todo, una noche que terminó siendo hermosa.

Cuando todos duermen, Tello se levanta cojeando y se acerca a la orilla del mar.

Una gran inquietud lo embarga y se sienta en la arena para serenarse con el sonido calmo del ritmo de las olas.

Acunado por ellas, se pregunta sobre el sentido de su vida y cree encontrar la respuesta: es un caballero.

Un caballero del rey Alfonso... A eso ha consagrado su existencia, a servir a un rey; por él, por Alfonso de Castilla, ha arriesgado incontables veces la vida.

Inconscientemente se pregunta si el rey también la arriesgaría por él, pero sabe que aquella es una pregunta vana, incluso tramposa, y que, en verdad, se la hace porque le duele que Alfonso, cuando lo dejaron atrás en Sevilla, se planteaba ya reconciliarse con don Nuño González de Lara.

Pensar en eso y, sobre todo, pensar en Lara no le gusta y lo enfurece, porque aún tiene clavada muy adentro la sensación de que su rey lo ha defraudado.

Nunca lo confesará, desde luego, pero, cuando el rey deslizó que dejaría de lado su desconfianza hacia el señor de la casa de Lara, se sintió casi traicionado...

No, más que eso y más doloroso aún, se sintió prescindible, poca cosa, una simple herramienta de la que Alfonso podía echar mano.

Una herramienta... valiosa, elogiada, pero solo eso.

Nuño González de Lara jamás será una herramienta para Alfonso. Los grandes señores y ricos hombres de Castilla no son peones como él, sino piezas vitales en el complicado juego de ajedrez que es la política de un gran reino como el que rige Alfonso.

Sabe, porque es hombre que ha vivido mucho y no se engaña, que, en el fondo, Alfonso hace lo que tiene que hacer, pero eso no le quita la amargura de ver cómo el hombre al que sirve desde hace tantos años y por el que se juega la vida está más que dispuesto a reconciliarse con aquel que sueña y pugna por aplastarlo como un gusano.

La tristeza lo abate. Tantea bajo la arena y encuentra una piedra que arroja lejos.

Pero sigue sin encontrar respuestas a su amargura, tan solo olas, noche y un gran vacío.

Y pasos que se le aproximan. Se pone en pie espada en mano y la luna le muestra una figura.

La de Sancha que camina hacia él descalza.

—¿A dónde vas, Sancha? No deberías caminar sola. ¿Te has desvelado?

Ella no le contesta. Excepto con los ojos que le brillan como fuego oscuro y perfecto. Sin decir nada, se desabrocha la túnica y la ropa cae al suelo, a sus pies, y la deja desnuda ante el mar y el hombre que ama.

Tello la contempla, espléndida y morena, y, cuando ella avanza, algo dentro de él se derrumba y, al hacerlo, lo libera.

Y así, libre, la toma entre sus brazos. En la arena, en una noche africana, Sancha se torna llama y Tello descubre que quiere arder con ella.

Fue una noche de amor. Una noche que valía toda una vida de sueños de niña, y, cuando amaneció, apareció el villano.