Muerte en Toledo 13 #2
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13 #2

—No, y espero que no veamos ni a uno solo.

Pero necesitamos reponer agua y, a ser posible, cargar algo de víveres.

Por eso he elegido este lugar, es un paraje solitario y pocos moros vienen por aquí.

Dicen que las florestas de esas colinas que cierran la bahía y las marismas en que se desparrama el río están plagadas de leones y de otras fieras.

—No parece muy tranquilizador... —se le escapa a Tello mientras contempla las lomas sombrías atestadas de bosques y los dilatados tremedales y pantanos.

—A cambio, señor caballero, junto a la playa, al pie de las colinas, hay buenos manantiales de agua pura con la que llenar nuestros barriles.

En estas fechas los bosques rebosan de zarzas cuajadas de moras tempranas, y en las umbrías abundan las fresas silvestres.

Además, antaño, en estos lares hoy abandonados, hubo aldeas y alquerías, y, donde la floresta no los ha devorado, siguen prosperando abandonados huertos de duraznos y manzanos.

Hasta puede que encontremos brevas a medio madurar en alguna solitaria higuera.

Por lo demás, mi señor, sería conveniente que nuestros arqueros y ballesteros abatieran algún ciervo o jabalí, ya que vamos mal de carne.

—¿No nos bastan los víveres que cargamos en Málaga? —pregunta Tello esperanzado de tener excusa para no consentir bajar a tierra.

El capitán niega con la cabeza. Además, llevan más de una semana sin pisar suelo firme y todos, desde marineros a soldados, mujeres y sabios, quieren descansar, aunque sea un par de días, de los afanes del mar.

—Está bien... —accede al fin, encogiéndose de hombros y para alivio de todos—.

Estableceremos un pequeño campamento en la playa.

Pero situaré vigías, retenes y postas de guardia junto a las marismas y en lo alto del promontorio rojo.

Solo permaneceremos aquí hoy y mañana. Para entonces, escuchadme bien, quiero cargada el agua y cuantos frutos y carne podamos conseguir, pues de inmediato izaremos velas y pondremos rumbo a Sicilia.

Pronto está todo dispuesto y, cuando la barca que lleva a las mujeres y los sabios abre la arena con su quilla, hay alegría y chapoteo en las aguas.

Hace calor, y el sol, ya alto, calienta la arena.

Tello, inquieto, no quita el ojo de las oscuras colinas preñadas de selvas.

Mientras vigila, organiza dos grupos de cazadores y les ordena que se internen en los bosques en busca de presas.

—Nosotras buscaremos bayas y fresas —propone María de Brienne.

Al escuchar aquello, Tello se gira molesto. No están de excursión, sino que acaban de tomar tierra en una costa extraña y colmada de leones e infieles.

—¡No! —corta sin más, y luego pide disculpas, puesto que no es forma de hablar a una emperatriz de Constantinopla.

—Tello, queremos andar un poco —suplica Isabel—. Además, Alvar, al-Ricutí, Yehuda y Juan de Aspa vendrán con nosotras.

¡Menuda escolta! Piensa para sí Tello: un muchacho enamorado, un sabio que sabe de bosques lo que él de estrellas y dos viejos.

—Está bien, pero sumaremos a la partida dos arqueros y otros tantos ballesteros —concede, y ya se está arrepintiendo de hacerlo.

Pero todo va bien. El día prosigue, Tello destaca grupos de vigías y guardias, los marineros llenan barriles de agua buena, el campamento se levanta y hasta regresa una de las partidas de caza con dos rollizos ciervos que de inmediato el cocinero se pone a carnear junto a una gran hoguera.

Sin embargo, las mujeres no vuelven y el sol comienza a declinar.

Entonces se oye trasiego en el bosque y Tello, alerta, ruega para que sean ellas.

Pero no lo son. Se trata de la segunda partida de caza que vuelve con buenas piezas cobradas: otro ciervo, una gacela y dos jabalinas.

Tello da una patada a la arena. Se está poniendo nervioso y, luego, furioso. Siguen sin estar. Ha terminado con todas las tareas que puede acometer el jefe de una partida de idiotas. Porque eso es y eso son: unos idiotas, y su jefe, el más idiota de todos.

—¡Dos hombres conmigo! —ordena, y sin esperar a ver quién lo sigue, se encamina al bosque a grandes zancadas, maldiciendo su manía de consentírselo todo a Isabel.

Isabel lleva un cesto lleno de moras y fresas, y ríe como una niña traviesa mientras al-Ricutí le roba, en cuanto se quedan un instante a solas, besos dulces con sabor a fruta.

Un poco más allá, entre los árboles, la emperatriz, sus damas y Sancha hablan y cantan mientras buscan fresas bajo la atenta mirada de los cuatro arqueros y ballesteros.

También Yehuda y Juan de Aspa examinan plantas, buscan las que sanan y, al final de todos, muy retrasados, van Alvar y Margarita, que aprovechan todas las sombras para besarse bajo ellas con pasión juvenil.

En los días que dejan atrás, todos han pasado mucho miedo y las aventuras, sucediéndose en vertiginoso torbellino, los han dejado anímicamente exhaustos.

Por eso, este día, esta jornada de sol y de bosques de ensueño, parece hecho para sanarlos a base de risas, dulzor de frutas y pequeñas maravillas.

Es como estar dentro de un cuento de damas y caballeros: un paisaje perfecto, risas, galanterías y amor entre jardines bucólicos.

Mas todo cuento tiene su villano y su monstruo.

El primero en aparecer es el segundo: un rugido lejano y ronco llega hasta ellos desde lo más denso de la espesura.

Nunca habían oído algo así, tan salvaje y poderoso, y el bosque deja de ser jardín bucólico y parece tornarse oscuro sueño.

Juan de Aspa es el primero en reaccionar.

—Un león... —musita. Su primera reacción, como impenitente sabio, no es huir, sino avanzar para poder ver a la mítica bestia que tantas veces ha contemplado en las miniaturas que ilustran los libros antiguos.

Yehuda, más sensato, se detiene en seco y, tras él, Alvar aferra la mano de Margarita y, con la diestra, que le queda libre, desenvaina la espada y avanza a paso vivo hacia los cuatro arqueros y ballesteros que, alerta, encordan arcos y montan ballestas, y se colocan delante de las repentinamente asustadas damas.

—Una vez vi uno en la corte del sultán de Granada —musita al-Ricutí, que ha corrido con Isabel a ponerse a cubierto de los arqueros y ballesteros, tras los que ahora se reúne todo el grupo.

Constituyen, pues, para un león del Atlas, una suerte de «manada» de magníficas presas.

Tiene hambre. La gran bestia tiene hambre y, cuando surge de la espesura, sus seiscientas libras 4 castellanas de indómita fiereza saltan sobre los humanos en un aluvión de melena negra encrespada, garras extendidas y colmillos prestos a desgarrar gargantas.

La primera que destroza es la de un ballestero cuyo virote, inútil, solo acertó a rozar el lomo de la gran bestia.

El hombre muere antes de tocar el suelo y su caída causa el espanto entre todos los presentes, que se dispersan como un rebaño de ciervos asustados.

Hay mucha presa donde elegir, y el león, tras quebrar la tarde con un nuevo y tremendo rugido, elige, siguiendo su instinto, la que parece más débil y, por ende, la más fácil de abatir: Isabel.

Tello se queda espantado. El rugido de la gran bestia es como un bronco cuerno de guerra soplado por mil demonios, y en la floresta, todo lo vivo se apresura a ocultarse o a huir: cesa el canto de los pájaros, los alegres loros grises levantan el vuelo y los macacos se apresuran a ponerse a salvo.

Tello no huye. Desenvaina la espada y corre siguiendo las huellas dejadas por su gente. Lo hace tan aprisa que pronto quedan atrás los dos hombres que lo acompañaban.

—¿Por qué tienen que pasarme a mí estas cosas? —se pregunta mientras corre y a la par maldice su suerte.

Y mientras corre y maldice, el león mata.

Pues ha saltado sobre Isabel y solo el sacrificio de un arquero cretense salva a la dama, quien, arrastrada por al-Ricutí, corre empavorecida por el bosque. La fiera no se detiene. La quiere a ella. Las bestias feroces, a veces, son así de caprichosas.

—¡Madre! —grita Alvar al ver cómo el león de melena negra salta de nuevo sobre ella.

A la par que salta el gran felino, vuela un virote de ballesta que alcanza en el hombro al monstruo, que, revolcándose de dolor y rabia, le da a Isabel un poco más de tiempo, un último instante de vida, ya que el león, repuesto de la sorpresa, enloquecido por la herida, corre de nuevo hacia ella.

Alvar se interpone. Ha empujado a un lado a Margarita y ahora, a pie firme, aguarda al león espada en mano.

Es una locura, pero tiene quince años, y el león le pasa por encima y de un zarpazo le desgarra la cota de malla, rompe anillos de hierro y medio rasga el gambesón de cuero que hay debajo, de paso lo hace saltar por los aires como si fuera un muñeco de trapo.

Isabel grita al ver caer a su hijo y al-Ricutí, que lo sabe ya todo perdido, se adelanta para interponerse a su vez.

—¡Atrás, bestia del diablo, atrás te digo! —grita el maestro moro haciendo violentos aspavientos con las manos. En algún libro que no recuerda, ha leído que uno puede espantar así a un león.

La fiera ni se lo piensa, salta sobre él, pero al-Ricutí se tira al suelo y las fauces de la fiera no lo encuentran.

Burlado, se revuelve y recibe ahora la flecha del segundo arquero cretense que los guardaba.

Es un buen tiro de arco y acierta en el cuello del gran macho de melena negra.

Pero la bestia no cae, sino que, a grandes saltos, carga sobre el arquero y lo destroza a dentelladas y zarpazos antes de que pueda volver a usar su arco.

Por tercera vez, con las fauces babeando sangre humana, ruge el león.

Trueno espantoso que hiela la sangre de todos y que paraliza a Isabel.

Hacia ella va la fiera con los amarillos ojos encendidos como meteoros.

—¡Señora!