13
En la noche, la galea pirata se ha ocultado en la desembocadura del Palmones.
Gimen heridos y los moribundos llaman a sus madres.
William recuerda bien a la suya, una mujer guapa y buena a la que su marido tenía aterrorizada.
También le pegaba a él. Siempre estaba haciéndolo.
Habitaban en el pánico. Siempre temiendo el momento en que el padre de William dejara la taberna y regresara a casa.
Un día, cuando él tenía catorce años y su hermano tres, su padre casi mata a su madre de una paliza.
Casi... Pero fue él, el muy hijo de puta, el que murió, porque William lo golpeó con tal fuerza en la cabeza con un atizador que le abrió el cráneo.
Aquel fue el comienzo de una vida errante y de su iniciación en el oficio de ladrón.
Solo así podrían sobrevivir. Su madre no lo hizo mucho tiempo, enferma, sin casa donde restablecerse, de posada en posada, de ciudad en ciudad, enfermó y los dejó solos. Solos...
El recuerdo de aquella soledad tan terrible y del cuerpo marchito de su madre cubriéndose con las paladas de tierra que le echaba encima lo acosa en aquella noche de mar y lamentos de moribundo.
Alguien reza y, luego, con un estertor ronco, deja este mundo y, al hacerlo, la muerte, tan próxima en la oscuridad, parece seguir removiendo los recuerdos de William, que regresa a la tumba, al agujero que su hermano y él cavaron para su madre en un lindero del bosque antes de seguir camino como mendigos y ladrones.
Dos años después, cuando ya era un consumado maestro del arte del robo, William decidió salvar a su hermano.
Sabía que, antes o después, por muy bueno que fuera como ladrón, lo cogerían y lo colgarían.
Y le quitaba el sueño qué haría entonces su hermano.
Por eso decidió engañarlo y dejarlo en casa de la señora Evans, a la que entregó una crecida suma para que se hiciera cargo.
Desde entonces, no sabía que había sido de su hermano pequeño.
A William, en noches como esta, cuando el cansancio que sigue al roce de la muerte se apodera de su espíritu, le gusta soñar con que, algún día, rico y sin miedo, pueda volver a Inglaterra, buscarlo y decirle la verdad: «Solo te mentí para ponerte a salvo».
A unos pasos, en la somera cubierta de la galea, un hombre herido agoniza y, un poco más allá, por el lado de popa, arrojan otro cadáver al agua oscura del mar nocturno.
—Volveré, por Dios que volveré, y lo haré como un gran señor, rico y sin miedo —se jura.
Mientras William escucha cómo arrojan cadáveres al mar y agonizan los heridos, Tello y los suyos navegan toda la noche.
Eso es cosa poco frecuente, ya que los riesgos de una singladura nocturna son muchos: escollos, bajíos y ocultos arrecifes, pero hay que poner distancia entre ellos y las galeas de las que se habían zafado en la bahía de Algecira, no pueden estar seguros de que alguna de ellas, o las dos, retomen la cacería.
Aquella noche, Alvar besó por primera vez a una mujer.
Margarita, de quince años, se agachó a su lado para curarle las heridas.
Cuando Alvar, pese a que quería llorar de puro dolor, se hacía el fuerte, con rostro impasible, y se dejaba coser la herida de la pierna, le estampó un torpe beso en los labios.
Esto fue más efectivo contra los dolores del muchacho que una poción de vino y mandrágora.
Poco más tarde, María de Brienne, la emperatriz, recuperados aplomo y esplendor, cruza la cubierta para dar las gracias a Tello por su heroica defensa. El caballero, al que Sancha le está cosiendo una herida en el hombro, le hace una reverencia y cambia con ella una larga mirada.
—Gracias, aunque me temo, mi señora emperatriz, que nuestras dificultades y peligros no han hecho sino empezar.
—¿Teméis acaso que nos sigan?
—No lo temo, lo sé —contesta con total seguridad.
Lo sabe porque no puede olvidar la larga mirada que, en mitad de la batalla, cambió con el asesino rubio de ojos verdes y fríos.
Esa mirada se lo dejó claro, no cejaría hasta arrebatarles el libro y el tesoro que guardaba.
Ella no sabe de esas cosas, así que asiente, sonríe a Sancha y, sin decir nada más, se retira al castillo de popa a donde han sido llevados los heridos más graves.
Ahí los asisten sus damas bajo las órdenes de los tres sabios que, gracias a Dios, también son médicos y hacen un excelente trabajo a la luz de las antorchas.
Aun así, han perdido a veintiséis hombres y otros tantos sufren heridas diversas, y algunos de ellos, bien lo sabe Tello, no se recuperarán de ellas pese a la destreza de tan grandes médicos.
Sancha termina entonces de coserle y usa sus dientes para cortar el hilo de tripa de gato que ha usado. Luego, empapando el costurón con vinagre, lo venda con una tira de lino.
—Eres más valiente que cualquiera de los hombres que hoy han peleado —le dice a la muchacha con una sonrisa.
De verdad lo piensa. La imagen de Sancha, morena y brava, blandiendo la lanza frente a los corsarios para defender a Isabel y al resto de las mujeres no se le quita de la cabeza.
Ella alza los inmensos y negros ojos, avivando en ellos una luz que envidian las estrellas.
«Está tan hermosa esta noche...», piensa Tello, mientras frena el deseo de besarle los tentadores labios.
Unas horas más tarde, amanece en Pisa. Miguel, que se ha pasado la noche rezando para pedir perdón por haberse manchado con la muerte del canónigo Martín Pérez, aguarda, silencioso, a que Egidio el Nigromante despierte de la borrachera.
Ha logrado librarse del canónigo, pero es lo suficientemente listo como para saber que su alianza con Egidio, por llamarla de algún modo, durará solo hasta que hallen el tesoro.
Luego, los números, siempre tan claros, volverán a hablar.
Y dirán que, si dos eran mejor que tres, uno es el número ideal si se trata de cuestiones de tesoros.
A lo mejor se puede fiar del nigromante.
Al fin y al cabo, se ha mostrado comprensivo con él...
y tras esforzarse un rato en autoconvencerse de tal cosa, se impone realismo y pasa a concentrarse en urdir un plan para librarse de Egidio, quien, a su lado, ronca de forma ruidosa.
Ronca, pero no duerme. Está meditando y a la par vigilando.
Piensa en lo mismo que Miguel: en cómo librarse de su compañero de viaje cuando llegue el momento de hacerlo.
Por eso, mientras llega ese momento, se finge descuidado, borracho, torpe, sabedor de que ello dará confianza al muchacho, y la confianza, ya se sabe, es madre de errores y enterradora de hombres.
Muy lejos de allí, en las costas del reino de Granada, la urca sigue navegando. Lo hace durante una semana pasando junto a costas desde las que se alzan inmensas serranías en las cumbres de las cuales aún se pueden ver perpetuos hielos y nieves 1 .
Aunque Tello recela en extremo, hacen aguada y reponen víveres en Málaga sin tener ningún tropiezo. Pese a que siguen temiendo que de nuevo aparezcan los piratas, cada día que ganan, se van aquietando sus miedos.
Al doblar el cabo de Gata, todos acuden como niños a asomarse desde la regala de la urca, pues, abajo, nadando en el mar o tomando el sol sobre las rocas donde espumean las olas, se puede ver a docenas de focas monje.
—¡Sirenas! —grita, entusiasmada, Margarita, y Alvar, a su lado, no ve ni una sola sirena o foca.
Porque tiene los ojos clavados en la muchacha y, aunque de repente aparecieran dragones marinos, no les prestaría la más mínima atención.
Desde arriba, en el castillo de popa, Isabel, que está recuperando fuerzas con el sol y el aire de mar, sonríe y señala a al-Ricutí a los dos adolescentes. Lo que pícaramente le comenta sobre ellos la sumerge en una gozosa risa.
Ponen rumbo al sureste. Cruzan el mar en dirección a los reinos moros de la costa de los reinos africanos de Tremecén y Bugía 2 .
Siguen las órdenes del rey Alfonso, recelan de Aragón y quieren evitar sus puertos y sus aguas.
Ignoran, eso sí, que a un día, una galea pirata mandada por un asesino de ojos verdes y fríos sigue sus acuáticas huellas.
Y lejos, en Sevilla, el conde Nuño González de Lara rechina los dientes cuando le llega el informe de lo acontecido en las aguas de Algecira.
—Sé a dónde vais, y allí os estarán esperando... —murmura para sí con rabia—. Por si acaso eso también me falla, os juro que convocaré a toda una partida de demonios para que os arrastren hasta los infiernos cuando más confiados estéis.
Pasos que se acercan a la estancia que ocupa el conde, que, al oírlos, se serena.
—Mi señor, el rey os llama —le dice el mayordomo de su casa, y Lara, olvidándose del libro y de Tello, sonríe: pase lo que pase, el rey vuelve a estar en sus manos.
La costa africana se mostró al segundo día de navegar por mar abierto.
A mediodía, un rojo promontorio se alzó ante ellos y, al rodearlo, surcaron las calmas aguas de una ensenada orlada de playas, a cuyo extremo occidental iba a desembocar un río ancho y turbio que, justo antes de besar el mar, se desparramaba en lagunas, marismas y tremedales.
Era como si estuviese cansado de fatigar montañas y espesuras sin fin.
—Echaremos el ancla en este lugar —anuncia el capitán. Un viejo genovés que lleva en el mar desde que su madre se libró de él alistándolo como grumete a los siete años.
—¿Hay alguna ciudad cerca? —pregunta Tello, que no se fía mucho de hacer aguada en tierra de moros.
—Estamos a tres leguas y media de Mostaganem, y ese río que ves allá lejos, en el extremo de la bahía, es el Chelif 3 .
—¿Te fías de los pobladores de este país?