12
La gran galea negra que les ha salido al paso se les viene encima a boga arrancada y con toda la palamenta calada a ritmo de tambor cruel.
Crum, crum, bum, crum, crum, bum. Braman los tambores, y cien remeros esclavos se inclinan sobre los remos a paso de caja y látigo.
Y en la proa negra, no menos de ciento cincuenta corsarios moros se apretujan blandiendo alfanjes, hachas y picas, mientras que veinte arqueros provistos de arcos compuestos disparan sobre los cristianos, quienes, a pie firme, aprestándose al combate, los aguardan.
—¡No les deis espolón, que la urca va cargada con plata! —advierte a voces el capitán corsario, más sensato que el que capitaneaba la que trató de espolonear a la nave cristiana junto a la isla de Tarifa.
Pero que no les claven el espolón no va a ser consuelo alguno, las dos naves se amuran y veinte cables de abordaje cruzan los aires para clavar veinte manos de hierro, veinte garfios, en la regala de la urca.
Y los corsarios, con un alarido largo y fiero, se lanzan al abordaje trepando por las gruesas sogas.
Es la hora de la espada, del hacha, del chuzo y de la azcona.
La hora de no pensar en sobrevivir, sino solo en dar muerte antes de recibirla.
Tello sabe de esas cosas, las ha vivido antes, las vivirá ahora.
—¡Matadlos en cuanto suban! —brama a los suyos, y la locura los envuelve como una ola roja.
Alza la espada y la descarga sobre una mano, y el moro, al ser bárbaramente amputado, cae gritando y arrastrando al que venía detrás.
Breve victoria. Un instante después, trepa un tercero y, a diestra y siniestra, por otros cables, trepan más y más benimerines de rostros de bronce y corazones de hierro.
Alvar, que hoy cumple quince años y nadie se ha acordado, se muerde los labios bajo el yelmo y hace de su espada toledana un flagelo encarnado que centellea de sangre y rayos de sol moribundo; y junto a él, el viejo Juan de Aspa carga con su hacha en alto y la descarga con furia monacal sobre la cabeza de otro corsario, mientras al-Ricutí, pica en mano, ensarta por la boca a otro, y Yehuda, menos bravo, sin saber qué hacer con la lanza que le han dado, la arroja al suelo y busca resguardo bajo cubierta.
—¡Aguantad, aguantad! —clama Tello tratando de infundir valor a sus hombres, que flaquean ante el aluvión de enemigos a los que sus arqueros, con mortífera precisión, cubren lo suficiente como para que pongan pie firme en la cubierta de la urca.
—¡Están tomando el castillo! —alerta un mesnadero castellano justo antes de que lo maten. Tello deja su puesto en la amura de babor y corre con Alvar a taponar la brecha.
Se oyen gritos de mujer, y Tello, impulsado por ellos, sube como un relámpago, temiendo que los corsarios estén apresándolas o, peor aún, matándolas.
Cuando llega, en el suelo están los cuerpos destrozados de la media docena de hombres que defendían la puerta que da acceso al interior del castillo.
En el escueto vano de la misma, para sorpresa del caballero, está Sancha, azcona en mano, defendiendo la entrada contra una jauría de corsarios.
Menudo valor el de esta niña, es lo único que se le pasa por la cabeza a Tello, y, antes de que pueda pensar otra cosa, la «niña» se echa adelante y ensarta a uno de los moros con un grito fiero, y en sus ojos negros parece habitar una fiera.
—¡Santiago y a mí! —Con ese grito cae Tello sobre los que acosan a Sancha.
Alvar lucha a su lado. El joven, pese a tener buen maestro, nunca se ha visto en una batalla naval, así que baja la guardia y una lanzada le rompe la cota de malla justo por encima de la rodilla izquierda, le que lo hace caer de rodillas con un aullido de dolor y sorpresa.
Herido, durante el parpadeo de un instante el muchacho siente una ola de pánico paralizante.
Pero su instinto, ese que se afina con el continuo adiestrarse en el combate, se impone, levanta la espada y acierta a parar el tajo mortal que un moro le lanza con su alfanje.
Retira el acero para liberarlo y, echándose hacia delante, endosa una terrible estocada en el estómago de su enemigo.
A continuación, rechinando los dientes por el dolor que siente en la pierna, se obliga a ponerse en pie y, con un rugido, avanza para situarse también al lado de Sancha y defender la puerta tras la que se refugian su madre y el resto de las damas.
Como atraídos por la matanza, acuden más hombres de Tello y más corsarios.
La sangre comienza a empaparlo todo, haciendo resbalar a los hombres y escurriéndose al mar desde la cubierta de la urca transformada en un matadero.
Tello, remolino de acero, abre entre las filas enemigas terribles huecos de muerte y pronto, muy pronto, los corsarios empiezan a evitarlo.
Pero no su capitán. El jefe corsario es hombre recio y lleva cien combates sobre sus hombros.
Así que marcha adelante y lanza un tremendo sablazo que si Tello no hubiera saltado a tiempo, le habría destrozado el pecho.
Cruce de afilados hierros, miradas de fuego, fintas y estocadas, golpes y tajos, y una zancadilla que hace trastabillar al castellano y, sin aliento, el caballero y el corsario se separan un momento, para medirse con la mirada calculadora del luchador que reconoce en su rival a otro maestro en el arte de matar.
Y saltan como dos leones el uno sobre el otro, con las armas en alto y los ojos brillando bajo el hierro de los yelmos, mientras intercambian golpes terribles, antes de asentar de nuevo los pies en el suelo.
Por poco tiempo. Ya que ellos, y la mayoría de los hombres que pelean alrededor, ruedan por cubierta o son lanzados con brutalidad fuera de ella al mar para quedar sepultados por las olas.
Y es que la galea de William ha navegado a todo lo que daban el viento y sus remeros, y, sin aminorar, se ha amurado contra la urca con un impacto salvaje, luego de que allá, junto a la isla de Tarifa, logró imponerse a la primera galea corsaria y desembarazarse de ella.
Y surge el caos: una confusión de barcos cuyas tablas se astillan o quiebran, de hombres que aúllan como demonios y se matan sin darse tregua, sin saber ya quién es amigo y quién enemigo, ni tener tiempo para averiguarlo.
Y semejante caos sigue creciendo. William aborda la urca.
Viene cubierto de sangre de la cabeza a los pies.
La lucha contra la galea corsaria, que se les vino encima junto a Tarifa, fue salvaje y difícil, les ha costado muchas vidas.
Pero aquí están, reclamando plata para sus bolsas y almas para el diablo.
Y aunque nunca fue bueno con la espada, sí lo es con el hacha, y empuña una muy buena, de mano y media, que va segando brazos y cabezas, para abrirle paso.
Va a donde van todos: al castillo de popa.
Allí, sin duda, están las damas, la plata y el libro.
Tras el brutal impacto de la galea de William, Tello se pone en pie como un león furioso y su destreza es maldición para los moros que lo rodean.
En ellos traza un círculo de muerte y a sus pies se amontonan los cadáveres y, no lejos, en la puerta del castillo, Alvar y Sancha, contra toda esperanza, sostienen la defensa.
Quizá sea su valor el que aliente la resistencia de los hombres, pues estos, los castellanos, los latinos de oriente y los cretenses, hacen un esfuerzo supremo, limpian de enemigos el castillo de popa, que, de nuevo y por completo, vuelve a ser suyo.
No por mucho tiempo. Por tanto, llegan William y sus piratas.
—¡Su peso en plata para el primer hombre que entre en el castillo de popa! —alienta William a sus diablos de mar.
Ante tal promesa, nueve piratas saltan hacia delante como lobos hambrientos, pero solo para ser recibidos por un muro de hierro.
Y en su centro, como torre ominosa empapada de sangre enemiga, se alza Tello Bermúdez, caballero del rey de Castilla.
—¡Maldito seas! —Tello carga sobre el inglés con esa maldición en los labios, y, ante su empuje imparable, ante su roja rabia, hasta los más osados retroceden.
Hacha y espada se traban en mortal batalla.
Entonces cae fuego del cielo. Yehuda, que no se veía con ánimos para usar su lanza, los ha tenido para ocultarse bajo cubierta y, a toda prisa, rebuscando aquí y allá, ha encontrado y mezclado brea, resina, salitre y azufre, y ha metido el pegajoso resultado en tres jarras de barro que ha envuelto en pieles de cordero empapadas en aceite con las que ha subido de nuevo al infierno de la cubierta.
Allí, mientras todos se matan, él prende fuego a la primera de las envueltas jarras convertida ahora en ígneo proyectil que lanza sobre un grupo de enemigos.
La jarra, al romperse contra el suelo, estalla y libera su flamígera maldición, que prende de inmediato al entrar en contacto con la ardiente piel de cordero.
Entonces, atrapados en una deflagración infernal, media docena de piratas se transforma en aullantes teas humanas.
La sorpresa paraliza a los hombres de William y a los corsarios, mientras da ventaja a los de Tello, que empujan con fuerza hacia delante, obligan a los de William a retroceder y, al hacerlo, los piratas se confunden, ya del todo, con las filas corsarias.
En la caótica lucha a tres bandas, los cristianos, que no tienen que esforzarse en distinguir quién es compañero y quién enemigo, logran espacio suficiente para que sus ballesteros y arqueros barran la cubierta con una descarga cerrada de proyectiles que, por si no fuera suficiente, se ve acompañada por el estallido del segundo recipiente de fuego líquido preparado por Yehuda.
La explosión se lleva por delante a no menos de diez hombres envueltos por la pegajosa y ardiente sustancia, por aquel sucedáneo del famoso fuego griego, y gritan como posesos mientras se consumen hasta los huesos.
—¡Adelante, hombres del rey! ¡Adelante y por Santiago, que son nuestros! —ruge Tello animando a los suyos, mientras Yehuda, todo él barba y cabellos blancos, como si fuera un viejo dios vengador, arroja sobre piratas y corsarios el tercer recipiente de fuego líquido.
Tello hace un supremo esfuerzo, se deja sangre y aliento en el empeño, y sus hombres logran empujar fuera de la urca a corsarios y piratas.
Mientras, el capitán de la nave cristiana, sin perder tiempo, grita a sus marineros para que empujen con pértigas a las naves moras amuradas contra las altas bordas de su urca, y ruega a Dios y a todos sus santos para que el viento tenga fuerza para liberarlos.
Y la tiene, porque los milagros existen si peleas por ellos. Y la urca, lentamente, cruje, se bambolea, empuja y se suelta de las galeas, que, como lobas hambrientas mordiendo los flancos de un toro bravo que se sacude con violencia, pierden su presa y van quedando atrás.
—¡Maldición tras maldición! —se lamenta William al ver cómo la urca se zafa de las galeas a la par que decapita a un corsario que pretendía abrirle la barriga—. ¡A los remos! —ordena a los que quedan de los suyos.
Sin embargo, la urca se aleja y pone proa a la columna inmensa de caliza blanca que es el peñón de Gibraltar.
Surca las aguas de la bahía metiéndose entre una espantosa roca contra la que burbujean las olas y la triangular Isla Verde que domina la salida del puerto de Algecira, desde cuyas murallas y torres, asombrados, los contemplan cuando pasan con las velas al viento y las llamas aún ardiendo sobre cubierta.
Es de esa guisa como van dejando atrás la desembocadura del río de la miel y la ciudad alzada sobre su orilla norte.
Mientras lo hacen, desde una de las torres que miran al mar, el wali de la Algecira no da crédito a lo que ve y comienza a pensar que no fue buen negocio aceptar la oferta de don Nuño González de Lara.
La urca, de la que suben negras columnas de humo por mor del fuego líquido que se derramó sobre su cubierta, escapa de sus corsarios y de los desconocidos piratas.
—¿Quién diablos habrá enviado a esa galea pirata? —se pregunta el wali, y sabe que no tendrá respuesta.
El sol se hunde en el poniente. Se va del mundo justo cuando la urca pasa por delante de los estuarios de los ríos Palmones y Guadarranque que alimentan el fondo de la bahía, y mientras pone proa al sureste, bordea el gigante de piedra Gibraltar y que, con el último celeste resplandor, deja de ser piedra blanca para tornarse oro rojo y, luego, oscura noche.
En la oscuridad, guiados por la fantasmagórica y recuperada albura de las rocas calizas del peñón de Gibraltar, Tello y los suyos trasponen el estrecho de la mar.