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Es esta una carrera que tendrá como premio una tarde roja, ya que, ayudada por un viento fuerte y nuevo, la urca hincha al máximo las velas de sus dos palos.
La costa, a su diestra, desfila como en un espejismo fugaz y perfecto, en el que se van sucediendo la sierra del Retín con sus rojos acantilados y, tras ellos, la curvada playa de Zahara.
En esta última, las barcas de los almadraberos acechan a los bancos de atunes y ahora, desde la arena, los ven pasar perseguidos por los bajeles piratas.
Tras la playa, torciendo a levante, un cabo de roca belicosa se adentra en las aguas.
Los marinos de la urca lo llaman cabo de Plata, y Tello, al ver cómo espumean las olas bajo las afiladas peñas, reza para que la urca, con toda su plata, no naufrague allí y añada un nuevo motivo al nombre del lugar.
No obstante, el capitán y el piloto de la urca son viejos lobos de mar y sortean el cabo sin dejarse ganar estela por la saetía y la galea.
A todo trapo, la gran nave desfila ahora delante de una costa que parece embrujo, la tierra muda en enorme y alta duna dorada que el viento parece acunar con sus fuertes ráfagas.
Si el ensueño hecho duna no bastara, conforme el sol comienza lentamente a declinar, pasan frente a la boca de una amplia ensenada y, al fondo de esta, tras la playa, ven las ruinas de una ciudad romana: columnas magníficas, templos arruinados, las gradas desmoronadas de un antiguo teatro 5 ...
Un escenario fantástico para una tragedia real, la de una nave acosada por piratas y que, de nuevo, está perdiendo la carrera.
Con el declinar del día, el viento amaina otra vez, caprichoso, como si quisiera ahora darle el turno a los malos.
—¡Bajad velas y a los remos! —grita el capitán de la galea en la que va embarcado William, porque el viento se encalma más y más, y le brinda su oportunidad a los remos.
—¡Maldita sea, se nos va el viento! —se lamenta Tello en la urca, mientras que su pesado barco dobla la Punta de la Silla 6 , que, rocosa y amenazante, obliga a adentrarse en la mar para no encallar en los bajíos que guarda a sus pies.
Eso da una nueva oportunidad a la urca: pues al separarse de la costa, encuentra otra vez buen viento y, como si brincara, aumenta de nuevo un tanto la ventaja que saca a las naves piratas.
—¡Maldición! —aúlla William.
El inglés, furioso porque lo que creía fácil se está transformando en azarosa cacería, escupe a las olas y encorda su largo arco inglés, toma posición de tiro en la crujía de la galea y busca con su fría mirada al timonel de la urca, y lo ve, a ciento veinte varas de distancia.
Un difícil disparo de por sí, pero al que el viento en contra tornará casi imposible.
William, como todo buen villano inglés, sabe usar un arco tan diestramente como lo haría el diablo. Así que empulga una larga flecha, tensa, apunta y dispara. La flecha sube muy alto y traza un arco perfecto que termina en la garganta del timonel de la urca.
El grito del desgraciado se oye en toda la nave.
Tello, corriendo hacia el pobre hombre que va camino de ser cadáver, lo echa a un lado y sujeta el timón de espadilla con las dos manos.
Es como frenar a un caballo salvaje lanzado a galope.
Pero Tello es más fuerte que la mayoría de los hombres y logra detener el violento cabeceo de la urca durante el tiempo necesario para que se hagan cargo de la espadilla el piloto y el segundo timonel.
—¡Hijo de puta! —Y con el insulto William hace volar su segunda flecha, que esta vez va directa contra Tello como si fuera un rayo negro.
Entonces se clava en la regala de madera que remata la borda, allí donde Tello tiene apoyada la mano izquierda.
Aunque la flecha vibra a dos pulgadas de sus dedos, el castellano no grita de sorpresa o miedo, ni aparta la mano, sino que parece inmutable, como de piedra.
Sus ojos de león se han cruzado con los del arquero y lo han reconocido: es el hombre rubio y grande que secuestró a Isabel y Sancha.
—¡Será cabrón! —masculla entre dientes, y el inglés lo es. Pero saber eso, hoy, esta tarde, aquí, entrando ya en el estrecho de la mar, de poco va a servirle a Tello.
El mundo parece encogerse. Al sur, las costas de África se muestran rudas y salvajes; al norte, las europeas se tornan más bravías.
Y como si el viento quisiera sumarse a aquellas remotas tierras situadas en el antiguo confín del mundo, arrecia de nuevo, permitiéndoles a Tello y los suyos seguir vivos durante un poco más de tiempo.
El mayor despliegue de velamen de la urca compensa su casco redondo y su mayor peso.
Las fuertes corrientes que surcan son menos propicias a que la galea pirata pueda seguir combinando velas y remos.
Ahora están pasando a la diestra de las sierras de la Plata y del Fate.
Los bosques de alcornoques, robles y pinos se amontonan, y las violentas rachas de viento agitan el mar y lo vuelven más oscuro.
Al fin, al frente, ven asomar las murallas de Tarifa y, al pie de las torres, su isla.
—¿Buscamos puerto en ella? —pregunta esperanzado el capitán.
Tello lo piensa. Tarifa es posesión del reino de Granada y su sultán es vasallo del rey de Castilla, así que, en teoría, Tarifa debería de ser lugar seguro donde buscar refugio..., pero algo que no puede definir lo alerta y le hace un nuevo nudo en el estómago.
Entonces, emerge detrás de un promontorio cercano una negra y más grande galea que les sale al paso arbolando en sus mástiles el estandarte del sultán de Fez, señor de los benimerines y enemigo mortal de Alfonso X de Castilla.
—¿Dónde os habéis ido todos? —acierta a soltar Tello ante tan mala fortuna.
«Todos» son los santos y los ángeles del cielo, que, por lo visto, aunque Tello llevaba invocándolos toda la jornada, no están por la labor de bajar a la tierra a proteger a los buenos cristianos.
La galea negra es enorme, un monstruo oscuro, largo y afilado como una serpiente marina, y va a por ellos de frente y a tan arrancada boga que su espolón forrado de bronce abre el mar en un surco profundo y espumeante.
—¡Virad, virad a la diestra! —ordena el capitán, y Santiago o san Jorge, o vete tú a saber si algún ángel aburrido, baja entonces del cielo, pues la brusca maniobra evita que la galea negra los arponee con su espolón, que, no obstante, pasa a tres varas del costado de la urca contra el que se llega a rozar la baja borda de la nave enemiga.
Han fallado, pero, a cambio, al pasar por su costado, los corsarios les endosan una lluvia mortífera de flechas y venablos que siembra de heridas y muerte la cubierta de la urca.
Peor aún, camuflados en la lluvia de proyectiles, los corsarios han tenido también tiempo de arrojarles tres garfios de abordaje y se disponen a tensar los cables para retenerlos y abordarlos.
—¡Cortad esos cables o estamos perdidos!
—grita Tello. Para dar ejemplo, a dos manos, esgrime la espada y, de un solo y salvaje tajo, corta el grueso cabo de uno de los garfios; mientras que a la par, Alvar, de tres golpes, corta un segundo cable y el tercero perece a manos del hacha de abordaje con la que se ha provisto el viejo Juan de Aspa, quien, triunfal, lanza un alarido desafiante a los corsarios benimerines que miran con cierto estupor al viejo monje que les sonríe con fiereza desde arriba.
Corsarios y piratas. No se esperaban los unos a los otros y, por eso, al terminar de pasar rozando el costado de la urca, la galea corsaria alistada en secreto por el wali de Algecira siguiendo las instrucciones de Nuño González de Lara termina por darse de bruces con la pequeña saetía pirata que venía a todo trapo ciñendo la estela de la nave cristiana.
El choque es brutal, y el mayor tamaño de la galea corsaria se impone.
Con un espantoso crujido, su espolón se abre paso por el interior de la saetía, que, destrozada y con una enorme vía de agua, se hunde a toda prisa acompañada por los alaridos de terror de sus tripulantes.
William, que sigue apostado en la crujía de la galea pirata que seguía los marinos pasos de la saetía, no da crédito a lo que ve.
Pero da igual, ya se lo dé o se lo niegue, su barco, que avanza con las velas desplegadas y los remos calados, no tiene tiempo de virar y se estampa contra los dos que tiene delante, enzarzándose en una tremenda confusión que se torna batalla entre corsarios y piratas.
—¡Esos lobos quieren quitarnos la presa! —clama William, y sus hombres, que llevan todo el día afanándose tras la urca, arrugan la frente y atacan a sus competidores mientras la saetía termina de hundirse y la presa se les escapa.
A la par que las dos galeas se enzarzan en combate, Tello y los suyos aprovechan el respiro y ponen proa a la bahía de Algecira. Surcan una costa cambiante que se abre a un mar que quiere juntar dos continentes con la fuerza de un viento fiero y unas olas altas como muros azules.
Playas, promontorios y, al fin, penetran en una bahía resguardada y perfecta justo cuando el sol besa el poniente y vuelve bronce las rocas blancas del peñón de Gibraltar, a las que devuelve la esperanza con el ocaso.
Y se va. La muy perra esperanza se va, dado que una segunda galea negra brinca a las olas desde la resguardada playa de Xetares 7 .
—Dios misericordioso... —se le escapa a Alvar al ver aquello, y Tello, que sabe que van a morir, se santigua y se cala el yelmo.