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María oye algo y mira hacia abajo. Entre las sombras, la muchacha morena, la de ojos tan negros como azabache norteño, la mira con intensidad que ella descifra.
Le tiene celos y, al comprenderlo, se apodera de ella una piedad infinita.
Sin pensarlo, baja los pocos escalones de madera que las separan y se acerca a la joven.
—Ten paciencia —le dice con dulzura a la salvaje belleza que la mira desde la noche—.
Paciencia, muchacha, porque será tuyo aunque él todavía no lo sepa.
—Y con aquellas proféticas palabras, pone un beso, como de hermana mayor o de madre, y, cuando se aparta un poco de la sorprendida Sancha, con rápido movimiento se quita los largos pendientes de oro de los que se descuelgan una perla, un rubí y una esmeralda—. Toma, póntelos, son tuyos.
—¿Por qué? —es lo único que acierta a decir Sancha y se siente tonta y muy niña.
—Porque tú, tú sí podrás ser solo una mujer —le contesta. Dejándola allí, desconcertada bajo la luna que ahora, mágicamente, es ternura y esperanza.
Izaron velas muy temprano y pasaron ante Barbate cuando el sol aún no había abandonado el horizonte. No lo sabían, pero la muerte los vio pasar camino del estrecho de la mar.
William ve pasar la urca. El barco, que es grande, pesado, de altas bordas y provisto de dos palos, dispone de un castillo a popa y navega ciñendo el viento que vuela desde poniente.
Los ojos verdes y fríos del inglés se quedan largo rato mirando la poderosa nave manca 3 y terminan centrándose en el alto castillo de popa. Porque allí, sin duda, estarán la emperatriz y sus damas, y en algún otro lugar resguardado, los hombres del rey Alfonso tendrán escondido el libro.
—Tres tesoros en un solo lugar —se dice, y su viejo oficio, el de ladrón, se le aviva con violencia en la codiciosa mente.
Sabe que la urca lleva a bordo cincuenta quintales de plata y que el rescate de la emperatriz podría valer, como poco, otros tantos, y que a todo ello se debe sumar lo que el libro custodia y que debe de ser tan crecido como para que Alfonso de Castilla lo considere capaz de permitirle tomar la corona imperial.
Tres tesoros en un solo lugar y, mira tú por dónde, él tiene una galea y una saetía repletas de piratas, escondidas en la desembocadura del río Barbate.
Un lugar magnífico para aprovechar la fantástica ocasión que se le ofrece: cumplir con su obligación como hombre de Ricardo de Cornualles en Espanna y, de paso y a la par, hacerse rico, muy rico.
Tanto que quizá, si todo va bien, cambie de oficio otra vez.
Seguro que le sentaría muy bien ser propietario de una baronía en Inglaterra.
Así que corre hacia el estuario del Barbate y grita a los piratas cuyos servicios ha comprado una sola orden:
—¡Izad velas, hijos de Satanás!
William cae de un salto sobre la cubierta de la galea pirata, que, con sus cincuenta remos y ciento cuarenta desalmados, sale disparada de las aguas del río hacia las del mar.
De inmediato, es superada por la otra nave, la saetía, que, con su vela latina tragando viento, es como un potro salvaje desbocado que William ve pasar a su diestra, antes de que la ligera nave vire tras la estela de espuma que deja la urca castellana.
La saetía, delgada como una flecha, con sus veintitantos pasos de largo, su buena vela y sus cuarenta tripulantes, tiene como misión cortarle el paso a la urca y retenerla hasta que llegue la galea con el grueso de la fuerza pirata.
—¡Atención, una saetía y una galea a popa! —grita el vigía subido a la cofa del palo mayor.
Al oír el grito de alarma que alerta sobre la aparición de los dos bajeles piratas, Tello corre al castillo de popa. Sube los escalones a grandes saltos y, sin atender las atropelladas preguntas de la emperatriz y sus damas, se asoma a ver el peligro que se aproxima.
A lo lejos, al noroeste, ve una vela teñida de azul oscuro para ser confundida con la superficie marina y no ser advertida. Tras ella, brinca sobre las olas una galea mora con la vela desplegada y toda la palamenta calada 4 , señal inequívoca de que el bajel viene a entablar combate.
Tello no es ajeno a las cosas del mar. Doce años atrás, formó parte de las tropas embarcadas en las cinco galeas y trece naos que conformaban la armada del almirante Ramón de Bonifaz, quien forzó, en reñida batalla naval, la entrada del Guadalquivir, defendida por la flota almohade.
A aquella batalla la llamaron de Sanlúcar de Barrameda, pero, si le hubieran preguntado a Tello, él le hubiera puesto otro nombre: terror.
No se le ocurre ningún otro. Y, mientras mira cómo la galea y la saetía piratas le van ganando la carrera a la lenta urca, recuerda aquel día de primeros de agosto de 1247, cuando un enjambre de saetías, zabras y galeas almohades les salió al paso, y cuando Ramón de Bonifaz, al verlas, mandó espolonear a cuantas les cerraran la entrada al río.
Así lo hicieron las cinco galeas cristianas, abriendo paso, a viva fuerza, a las trece naos que detrás venían.
Aquel día, Tello iba en la galea de Ramón de Bonifaz y, cuando el almirante dio la orden de boga arrancada para embestir a una nave almohade y el espolón se hundió en profundidad en su presa e hirió mortalmente al bajel enemigo, fue de los primeros en saltar a la cubierta de la galea musulmana.
Fue un día de sangre, fuego y sal. Pelear en la cubierta de un barco es una pesadilla, no hay espacio sino para herir, matar y avanzar, o para retroceder y morir. Y si caes al agua, el peso de tu armadura y armas te arrastra al fondo.
A esa pesadilla se enfrenta de nuevo. Desesperado, cambia una mirada con María de Brienne, quien, pese a sus sedas y sus gemas, está muy pálida; luego busca a los maestros y no le hacen falta palabras para saber que los tres, el viejo Yehuda, el aún más viejo Juan de Aspa y al-Ricutí, aunque quieren parecer animosos, están asustados.
También lo están Isabel y Sancha, quienes, pese al miedo, lo miran expectantes y confían en que él las ponga a salvo.
Casi le dan ganas de reír. A su lado, armándose a toda prisa, está el joven Alvar, quien, mientras se abrocha las correas de la cota de malla, busca con sus adolescentes ojos a la joven dama de la emperatriz de la que se ha enamorado.
La niña, de cabellos tan dorados como su señora, se llama Margarita y está tan asustada que le tiemblan las manos de forma incontrolada.
Eso le da valor a Tello, porque es su oficio: juntar valor para proteger a los que solo pueden reunir miedo.
—¡Hombres del rey! —clama con voz fuerte y segura—.
¡Aprestad las armas y disponeos a combatir!
¡Seis de vosotros aquí, ante la puerta del castillo de popa!
—Girándose de nuevo hacia la emperatriz, le ordena, en voz baja, como si le pidiera una gracia—: Mi señora emperatriz, resguardaos en el castillo de popa y poned vuestra guardia a mis órdenes.
María obedece de inmediato y, a continuación, Tello da idéntica orden a su hermana, a Sancha y a los tres sabios.
—No vamos a escondernos como conejos —le espeta el vivaz Juan de Aspa.
—Sois viejo, maestre —le replica Tello un tanto desabrido y desesperado.
—Al hombre que maté en la garganta de los Carneros no le importaron lo más mínimo mis muchos años —le replica con una sonrisa descarada.
Tiene razón. Van a necesitar hasta al último hombre capaz de empuñar una azcona o un hacha.
La saetía y la galea siguen ganándoles olas y ciñen ya su estela como perros de presa.
Ya se ven sus cubiertas. Tello comprueba que sus tripulaciones, en conjunto, suman no menos de ciento ochenta hombres, mientras que él, contando a sus mesnaderos, a la guardia de la emperatriz, a los marineros de la urca, a los tres sabios y a él mismo, solo arroja una cifra de ciento veinte.
Números y viento. Los primeros no les son favorables y el segundo desfallece.
Mala cosa. La única oportunidad que tienen de escapar consiste en sacar el máximo provecho del mayor volumen de velas de la urca, y estas últimas, sin buen viento, nada podrán frente a la ligereza de la saetía y la combinación de velas y remos de la que disfruta la galea.
Vaya si la disfruta. Minuto a minuto, les acorta ventaja, y Tello sabe que o hacen algo en espera de que el viento vuelva a arreciar o en breve los abordarán.
—¡Arqueros y ballesteros, a la regala del castillo de popa!
—ordena, y, de inmediato, los veinte arqueros cretenses de la guardia de la emperatriz y los quince ballesteros de su mesnada toman posiciones—.
¡Apuntad a los hombres que manejan los timones de las naves!
—grita, y veinte arcos y quince ballestas enfilan los objetivos—.
¡Soltad! —A su grito, una lluvia de flechas y virotes surca las sesenta o más varas que los separan de los dos bajeles piratas.
Los timoneles que bregan con los timones de espadilla o caen heridos de muerte o sueltan los ingenios que permiten sostener el rumbo, y los barcos piratas, libres de dueño, pierden viento y estela, cabecean violentamente, hacen rodar por cubierta a muchos de sus tripulantes y pierden velocidad.
En la urca, un rugido triunfal se alza de cien gargantas.
Como si la lluvia de flechas hubiera sido mortal siseo que convocara al viento, este regresa con fuerza e hincha las velas de los dos mástiles.
Ganan de nuevo velocidad y ventaja sobre la saetía y la galea, que, todavía sin timoneles que se hagan cargo de las espadillas, parecen sumidas en el desconcierto.
Sin embargo, es un espejismo. Pronto, el enemigo repone a los timoneles caídos y, ya precavido de la buena puntería de los arqueros y ballesteros cristianos, levanta un muro de paveses delante de ellos.