Muerte en Toledo 11
56%

11

La urca baja por las lentas aguas del Guadalquivir.

Ya no se ven las torres de Sevilla, y en ambas orillas, hasta donde alcanza la vista, se dilatan feraces vegas colmadas de alfalfa, frutales y huertas, y, tras ellas, olivares y campos de cereales.

Aquí y allá, de continuo, aldeas, alquerías y torres.

Es este un país rico y muy poblado. Navegan todo el día y, al caer la noche, echan el ancla junto a la orilla norte.

Sería una locura navegar a oscuras adentrándose en las marismas, esteros y arenales que los aguardan a partir de ahora y hasta salir del estuario del gran río.

En la noche, que ya huele a sal, María de Brienne sale de la cámara de popa que ha sido dispuesta para alojarla.

Acompañada de sus damas, atraviesa la cubierta y se aproxima a Tello, que, a la sazón, escucha a los tres sabios disertar sobre las estrellas y cómo tomar de forma correcta su altura con el astrolabio.

—¿Señor caballero? —dice la emperatriz en un latín tan perfecto que Tello no acierta a descifrarlo.

En su auxilio va el viejo Juan de Aspa, pero, antes de que pueda abrir la boca, María pasa al italiano del norte y Tello, que estuvo más de dos años en la Liguria y la Toscana, responde de inmediato.

—Decidme, mi señora emperatriz.

—Me gustaría pasear por tierra. La noche es cálida y nos vendría bien andar un poco.

—Es imposible —niega él.

—¿Imposible?

—Toda esta región costera, desde la frontera con Portugal hasta Tarifa, es peligrosa.

El padre de mi señor el rey, Fernando III, la sometió a vasallaje, pero, en verdad, aunque los moros que la habitan pagan tributos al rey Alfonso y se han instalado por doquier guarniciones castellanas, la tierra permanece sin un gobierno claro.

Los señores locales mantienen entre ellos sangrientas disputas y hacen y deshacen a voluntad en sus señoríos, sin atender más razones, ni más leyes que las suyas.

Además, corren rumores de que algunos de esos señores moros andan en tratos con los benimerines de África y, aunque eso no sea cierto, sí lo es que estos lares son muy frecuentados por piratas y corsarios.

No puedo daros mi permiso para que paseéis con vuestras damas estando ya la noche cerrada.

—¿Y de qué me sirve vuestra escolta entonces? —pregunta contrariada—. Tenéis cincuenta hombres a vuestro mando y, si eso no bastara, yo cuento con mi propia guardia: seis gendarmes y veinte arqueros cretenses 1 . ¿Qué riesgo puedo correr si veintiséis hombres de armas me escoltan?

El brillo azul de los almendrados ojos de la emperatriz desafía el de las estrellas, cuya altura estaban enseñándole a medir los sabios.

Tello, sin poder evitarlo, se pregunta si habrá astrolabio capaz de sondear los dulces abismos que se abren bajo los pies de un hombre cuando mira a María de Brienne.

—De noche no, mi señora emperatriz. Aguardad al amanecer y os permitiré bajar a tierra para pasear antes de zarpar —insiste Tello, y acompaña su negativa con una reverencia.

María asiente y acepta. El hombre que tiene delante es fuerte y alto como un roble, y en sus ojos de león relumbra una determinación que procede de años frecuentando la guerra. Cuando alguien así te exige prudencia, sería necio desatenderla.

—Al amanecer entonces —y diciendo aquello, regresa a la cámara de popa, y deja tras ella un olor a rosas y los fugaces brillos que la luna y las estrellas logran arrebatarle a sus sedas y gemas.

Tello se queda allí, viéndola alejarse. En la proa, Isabel, que ha recuperado un poco las fuerzas, tomaba el fresco junto a Sancha, quien derrama lágrimas y, entonces, su ama, sabiendo lo que le pasa, la atrae hacia sí y la abraza.

El amanecer les muestra las marismas. A su vera pasea María de Brienne y, a su paso, despertando, miles de aves acuáticas levantan el vuelo en un ensueño de flamencos, grullas, garzas y patos que roba el aliento.

Y el sol, jugando a reflejar su luz en el espejo de las aguas quietas o avivándose al rozar las salinas, parece un niño dorado y travieso.

Al desembocar sus pasos en una playa fluvial, María arranca chillidos de escándalo y diversión de sus damas, se quita las imperiales sandalias y echa a correr descalza por la arena, recogiéndose las faldas. Entre juegos y risas, las mujeres suman su algarabía a la de los pájaros.

Tello no aparta la mirada de María de Brienne.

Se dice que está allí para prevenir una posible sorpresa de bandidos o piratas, pero lo cierto es que sus ojos no pueden sondear los cañaverales, ni las dunas, ni las florestas que sombrean algunas isletas o las orillas menos embarradas en busca de potenciales peligros.

A la contra, están clavados en aquella mujer perfecta y plena de misterio que es la emperatriz de Constantinopla.

De improviso, María se vuelve hacia él en un revuelo de cabellos dorados y, cuando con un juvenil ademán consigue apartarlos de sus grandes ojos almendrados, los pone en el alto caballero castellano.

Un pensamiento se le posa muy adentro: «Con un hombre como este a mi lado, yo no querría ser emperatriz, sino solo mujer».

Luego, sorprendida de sí misma, se gira y se acerca a la orilla en busca de algo que la serene.

Ante ella, surgiendo de entre unas cañas, una grulla sube a los cielos y vuela en busca del océano.

María la mira irse muy lejos y, contemplándola, se recuerda, muy despacio, que una emperatriz no puede ser libre.

Detrás de ella, Tello aguarda. La mano sobre la empuñadura de la espada y los cabellos castaños tentados por la brisa salada que viene de la mar.

Sabe, porque esas cosas se sienten y sentir es la forma más cierta de saber, que ella, María de Brienne, es sueño inalcanzable, y que, tras amar a Juana, debe huir de amores imposibles.

—No hay agua más amarga que la que no puedes beber —se dice sin que nadie pueda oírlo.

Después, sacude la cabeza y sus ojos de león buscan la lejanía para sacudirse la melancolía que lo embarga; nostalgia por un amor imposible que terminó en tragedia y por otro, no menos inalcanzable, que no va a dejar que nazca.

Con esa determinación, sin decir palabra, escolta a la emperatriz de vuelta a la urca, y deja atrás marismas, aves y sueños.

Cuando sube a la nave, como siempre, lo aguardan los ojos negros de Sancha.

A la muchacha le tiemblan los labios y tiene húmedas las pestañas.

Parece que ha llorado, y Tello se preocupa al verla así.

¿Estaría peor Isabel? Pero su hermana está unos pasos por detrás, hablando de manera animada con al-Ricutí, y entonces es consciente de lo que pasa y una infinita ternura, una que no esperaba y en la que no creía, lo impulsa a dar unos pasos y a rozarle a Sancha la mejilla con los dedos.

No hay más y ella no dice nada, pero inclina la cabeza como buscando retener la caricia, y él, por primera vez en mucho tiempo, no ve a Juana cuando la mira.

Pero, cuando retira la mano, sus palabras, castigándolos, la invocan.

—No te hagas daño soñando con lo que no puede ser.

Así se aleja de ella para dar orden a los marineros de que leven anclas, icen velas y busquen el viento que los lleve a la mar.

La alcanzan esa tarde. Un azul inmenso los recibe dejando a su izquierda Sanlúcar, viran al sur para poner proa a Chipiona, en la desembocadura del Guadalete, a donde llegan cuando la noche echa su telón de oscuridad y media luna.

Por la mañana, dos barcas llevan a Tello y a un puñado de sus hombres a tierra para hacer aguada y recoger noticias.

Las gentes del lugar son moros que pagan tributo al rey Alfonso, pero que miran al sur y al este, es decir, a Fez y a Granada, con la esperanza de que los sultanes, uno u otro, vengan a librarlos del yugo de los cristianos.

No es, pues, lugar para detenerse. Antes del mediodía, retoman la singladura y dejan a su izquierda playas de oro tras las que se alzan verdes pinares y prados interminables en los que, de tanto en tanto, pueden ver rebaños de vacas rojas y de altivos caballos que galopan sobre la arena como desafiando a las olas.

Luego, la tierra se vuelve aún más salvaje y los pinares se tornan matorrales de sabinas y lentiscos que bajan hasta unos acantilados desde los cuales se precipitan pequeñas cascadas como hilos de plata, y van a caer al oro de la playa, donde, aquí y allá, se atisban algunas chozas de pescadores 2 .

Entonces, robando el aliento de María de Brienne, sobre la cima de uno de los acantilados se muestra un toro negro y bravo que parece querer contemplar cómo, con la tarde, el sol de poniente va tornando los azules de las olas en vetas de rojo cobre.

Antes de que la noche sea señora, doblan el cabo Trafalgar y ponen proa al sureste. De inmediato buscan abrigo en la pequeña ensenada de Zahora para fondear en ella a resguardo de las corrientes y los bajíos.

Cuando cree que todos están dormidos, Sancha se levanta despacio para no hacer ruido y sale a cubierta envuelta en un manto oscuro.

Asomada a la borda, llora mirando a la casi invisible costa.

Está muy triste. Días atrás, cuando Tello la rescató o cuando, vestida como una dama, asistió al banquete que el rey ofreció a la emperatriz, creyó posible hacer realidad su sueño.

Pero solo es una niña..., una niña y sus sueños de amor.

A veces se le olvida que la vida no es como en las canciones de los trovadores.

Ella no es nada..., solo una muchacha pobre y huérfana.

Él, un afamado caballero que nunca se fijaría en una mujer sin linaje.

Entonces, escucha ruido y advierte que, a su derecha, arriba, en el castillo de popa, alguien más vela en la noche: es la emperatriz, María de Brienne.

La media luna, como queriendo mortificar a Sancha, aparta las nubes, y su luz de plata azulada baña a María de Brienne y se la muestra tal y como es: perfecta, etérea, bella más allá de toda medida, y los celos se le revuelven a Sancha en las entrañas.