10 #2
Nadie sabría de sus sacrificios ni de lo que tuvo que entregar a Alfonso de Castilla, y nadie rasgaría con su pluma la superficie del pergamino para contar tales cosas.
Pero está sola. Su marido es un perfecto inútil y siempre está ausente.
Además, es como un niño caprichoso que no se percata de nada.
Es ella quien tiene que lidiar con los lobos que llenan la corte constantinopolitana: con el avaricioso patriarca latino de la ciudad; con los nobles levantiscos; con los altos funcionarios que, en vez de administrar, se dedican a conspirar; con los mariscales de los cada vez más menguados ejércitos del imperio y con los mercaderes venecianos que solo aspiran a saquearlo.
Cuando se aleja de los lobos, cuando parte de Constantinopla y arriba a los palacios de los reyes de la cristiandad, es como penetrar en las guaridas de los dragones, ya que solo tres cosas halla en tales poderosos hombres: estúpida vanidad, frío interés y libidinosos deseos.
Sin embargo, a ella la han educado para ser emperatriz y por sus venas corre sangre de reinas.
Y aunque el mundo sea un estercolero, ella avanzará por él como lo hace la rosa: alzándose sobre el hediondo abono que la sustenta.
Y por eso, ahora, ya sobre la cubierta de la urca castellana que ha de llevarla a Venecia y de allí a Atenas y Negroponte, alza la mano enguantada de púrpura y prepara su mejor sonrisa para despedirse de Alfonso.
—Que Dios te maldiga, primo —susurra en griego para que los castellanos que están cerca no la entiendan—; bien os he pagado la plata que me habéis dado —concluye ensanchando aún más la sonrisa perfecta, acompañándola de un elegante e irresistible ademán.
Así sueltan amarras. Sevilla estalla en vítores, y ella, emperatriz de Constantinopla, cierra un instante los almendrados ojos azules para evocar el rostro de su hijo y las lágrimas que perlan sus pestañas le parecen lo único auténtico que le queda.
A tres pasos de la emperatriz, Tello la ve llorar y una punzada le palpita en las entrañas al conmoverse con la imagen de tan grande y bella dama.
Sancha, junto a una Isabel tan pálida como la plata y tan frágil como el cristal, al verlo, al percibir lo que Tello siente, aprecia algo nuevo que no conocía, los celos.
William siente otra cosa, el vértigo que experimenta el depredador cuando cree comenzada la cacería.
Está allí, en el muelle, mezclado entre el gentío, disfrazado de cojo mendigo, grabando en su memoria todo lo que ve y saboreando el momento que se le aproxima.
En una hora, en la puerta de Jerez, se encontrará con un moro que tendrá preparados dos buenos caballos.
Con ellos partirán hacia Jerez y de ella, hasta Barbate.
Allí, con el oro de su señor, Ricardo de Cornualles, alistará una nave pirata y subirá a ella junto a una tripulación despiadada.
—Despedíos —murmura con su mejor sonrisa de asesino frío—. Despedíos de Sevilla y de la vida.
Un barco zarpa y otro, lejos de allí, llega a puerto.
Es la nave que ha llevado hasta Pisa al canónigo Martín Pérez, a Egidio el Nigromante y al joven Miguel.
La ciudad los saluda con su mercader ajetreo y el blanco brillante de los mármoles de su catedral, del baptisterio y de su singularmente inclinada torre campanario que brota del verde césped como por ensalmo y les roba el aliento.
Mas en la posada, el canónigo Martín Pérez quiere robarle el sueño a Miguel.
—¡Hemos llegado hasta aquí y me dices que sigues sin lograr adelanto alguno en la resolución de los enigmas! —clama crispando unas manos que desean hacer daño.
Miguel se encoge de puro miedo. Pero Egidio calma al canónigo.
—No es este lugar adecuado para tales cosas, venerable canónigo.
Mañana podemos salir a dar un agradable paseo por los campos cercanos y allí, sin escándalos ni testigos, podréis hacer uso de este látigo que he comprado en el mercado.
—Le muestra un flagelo hecho con cuero de toro y en cuyos tres serpentinos extremos han sido sujetas tres púas de hierro.
Los ojos del canónigo se dilatan anticipando el placer y, sin que se aperciba de ello, hasta le brota un poco de saliva por la comisura de los labios.
—Podría matarlo con eso... —se le escapa, y sus palabras son tanto una advertencia como un deseo y una promesa.
—Sí, por eso deberéis ser cuidadoso y no azotarlo en demasía —lo alienta Egidio mientras Miguel comienza a gemir de forma incontenible.
—¡Cállate, cobarde asqueroso! —le escupe el canónigo—.
¡Si tan asustado estás, aprovecha la noche para pensar!
¡Si resuelves alguno de los enigmas, no te azotaré!
No mañana, al menos —concluye con una siniestra sonrisa a la par que se vuelve hacia Egidio y toma entre sus manos el látigo para estrecharlo contra su pecho como si fuera un niño.
En ese preciso momento, en Sevilla, el señor de la casa de Lara también tiene a alguien entre sus brazos.
Es una muchacha tan bella como el sol de mayo.
Celebra con ella que Alfonso, al fin, tras meses de creciente desconfianza, vuelve a atender sus consejos.
¡Necio entre los necios! Se dice, gozoso, mientras termina de desnudar a la joven y se dispone a yacer con ella.
Lleva sin tocar mujer desde que Juana se cortara las venas.
Hoy está exultante y, tras volver del alcázar, ha bebido vino en demasía y el deseo, sin pensarlo siquiera, ha vuelto a prender en él su fuego.
Así que ordenó a uno de sus hombres que fuera a buscar a la meretriz más bella y distinguida que pudiese hallar en Sevilla. Y ahí la tiene.
La mujer, jovencísima, tiene rostro de ángel, cabellos castaños, como de seda, senos generosos y firmes y sus ojos..., sus ojos son como los de Juana.
—Vístete —le dice, y aparta la mirada de la muchacha, que, turbada por la inesperada orden, se queda paralizada.
—Mi señor...
—¡Vístete, maldita sea, y vete! ¡No temas por tu plata, se te pagará lo que se conviniera contigo, pero vete!
A toda prisa, la chica se viste y lo deja solo.
Nuño se tiende en la cama y cierra con fuerza los ojos. ¿Se está volviendo loco? No, simplemente, descubre que los malvados también pueden tener remordimientos.
—Solo me queda el poder... —murmura entonces—. Solo él puede darme ya gozo y placer. ¡Que así sea!
Se levanta del lecho y abre la ventana. Desde ella, al sur, se ve la torre del Oro y el ancho Guadalquivir.
Aguas de bronce que pasan con lentitud bajo su ventana y que llevan al tenebroso océano y, más allá, poniendo vela a levante, hacia el estrecho de la mar.
Imagina entonces el blanco peñón de Gibraltar y la amplia bahía plena de promontorios, de secretas playas, de desembocaduras de caudalosos ríos...
Un lugar perfecto para que dos galeas moras aborden a una nao cristiana y la sometan a sangre y fuego.
—Quizá pueda volver a disfrutar de una mujer cuando tú, Tello Bermúdez, estés muerto y en el fondo del mar —se dice apretando los dientes, y, por alguna razón, así lo cree.
Amanece en Pisa. Campos cercados por densos setos y un muchacho asustado atado a un roble. Miguel tiembla de puro terror. A su lado, el canónigo lo hace anticipando el placer que va a extraer abriéndole la espalda a golpes con el látigo.
—¡Te lo advertí! ¡Te juré que si no lograbas resolver al menos un acertijo, te castigaría! ¡Uno solo te pedí y mira dónde estamos! —grita con espuma en los labios.
Dando un fuerte tirón del cuello de la túnica de Miguel, se la desgarra hasta la cintura, y le muestra piel blanca que pronto será roja de sangre.
—¡Voy a abrirte la espalda hasta que se te vean los huesos! —amenaza sintiendo calambres de placer en la entrepierna. Echa el brazo atrás, hace silbar el látigo y lo descarga.
Pero no golpea. Egidio, con esas manos rápidas que tienen los magos, lo ha sujetado y, cuando Martín Pérez se vuelve y lo mira asombrado, le regala su mejor perversa sonrisa de brujo.
—Te gusta el dolor, ¿verdad? —le pregunta al canónigo—. Vamos a ver cómo te va con el tuyo.
Una hora más tarde, Martín Pérez es un despojo ensangrentado.
Miguel, a su lado, está agotado de tanto azotarlo.
Le duelen las manos, de hecho, le sangran, pero, aun así, ha seguido golpeando hasta que la espalda del canónigo se ha tornado amasijo informe de piel y músculo abiertos hasta el hueso, mostrando, aquí y allá, el macabro clarear de las vértebras.
—Estoy poseído por el demonio... —susurra Miguel, arrepentido de lo que ha hecho.
—No, muchacho, no estás poseído por el diablo. Por el contrario, acabas de librarte de él —le contesta Egidio, poniéndole una consoladora mano en el hombro.
Esas palabras son lo último que escucha el canónigo Martín Pérez, asesino de niños, maldito entre los malditos. Tras padecer lo que tanto gustaba dispensar, entra en el infierno.