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El emisario del conde de Lara llegó a Algecira una mañana temprano.
La ciudad, una de las más hermosas del reino de Granada, era la dueña de la orilla europea del estrecho de la mar, y su wali , su gobernador, lo recibió con discreción, no en la ciudad, sino en una de las doradas playas que se ofrecían no muy lejos de las murallas que defienden la plaza.
El wali es hombre viejo y sabio. Es un hombre de plena confianza del sultán Muhammad, al que todos llaman Alhamar el Rojo, por sus cabellos y barba bermejos.
Conoció al conde cuando su emir y sultán visitó a Alfonso de Castilla para renovar tratados y parias.
Los dos hombres se entendieron bien, pues los dos eran hombres de confianza de sus reyes y ambos gustaban de aprovechar esa ventaja para incrementar su propio poder personal.
—Mi señor, don Nuño González de Lara, os envía presentes y un ruego —dice el emisario del conde mientras el azul de las musicales olas rompe sobre la callada multitud de los infinitos granos de arena de la playa dorada.
—¿Y qué desea de mí vuestro señor?
—Un favor que nada os costará y que lo dejará en deuda con vos.
El wali de Algecira no responde de inmediato. Es viejo, y por eso sabe que ese tipo de favores, los que nada cuestan, son los más caros.
—Hablad, os escucho.
El emisario, un hombre entrado en años y algo sobrado de carnes, antes de hablar, se permite lanzar una valorativa mirada a lo que está viendo: una bahía perfecta cuyas costas giran hilando playas hacia levante, que se van rompiendo en desembocaduras de caudalosos ríos cuyas orillas aparecen bordadas de feraces huertas y de tierras de pan llevar mientras se precipitan desde los esmeraldinos montes donde tienen sus fuentes y en los que se dilatan apretadas selvas.
Y allá, cerrando por oriente la bahía, domina el mundo, alzándose blanca de caliza y nubes la columna erigida por Hércules, el peñón de Gibraltar, y a sus pies, como callada centinela, una isla que llaman Verde.
—Dentro de ocho días la emperatriz María de Brienne abandonará Sevilla e iniciará, en una urca fletada por el rey Alfonso, un largo viaje de regreso a Constantinopla.
Don Nuño consideraría que estaría en deuda con vos si la mala fortuna quisiera que unas galeas corsarias africanas cayeran aquí, en la angostura donde se juntan las aguas de la mar Océana y del mar Mayor 1 , sobre esa urca, la apresaran, se hicieran con el gran botín que lleva y cobraran luego ricos rescates por la emperatriz y su séquito.
El wali está tan sorprendido que enarca, sin darse cuenta, la ceja izquierda y se queda así, congelado frente a las olas.
—Si yo hiciera algo así y si se descubriera la treta, el rey Alfonso declararía la guerra a mi señor, el sultán de Granada, y, en cuanto a mí, sería castigado con la muerte. ¿Por qué he de correr tan graves riesgos por satisfacer a don Nuño González de Lara?
El emisario se concentra y traga saliva. Es el momento para el que lo aleccionó don Nuño y no puede fallar. No, sobre todo porque fallarle al conde es condenarse a una muerte terrible.
—Mi señor conoce cuán grandes son los riesgos, y por eso extrema las recompensas, tres mil doblas de oro, y añadid a eso lo que la urca lleva y ahora os desvelo: cincuenta quintales de plata pura.
Además, una vez en poder de los corsarios africanos, la emperatriz será rescatada por Alfonso y por ella podrán pedirle una suma semejante.
¿Os parece suficiente? A mayores, el conde está seguro de que seréis capaz de convencer a los corsarios, no solo de que acometan la empresa, sino también de que se repartan con vos el botín.
—Y tras hacer una persuasiva pausa, añade—: Por último, admirado wali, considerad que, puesto que serán galeas corsarias africanas las que apresen la urca que llevará a la emperatriz, tendrán bien visibles las banderas del sultán de Fez y eso alejará cualquier sospecha del reino de Granada. ¿Quién podrá culparos?
Al wali de Algecira se le ha acelerado el pulso. Lo que acaban de decirle lo coloca a un paso de ser el hombre más rico del reino de Granada, y, además, la amistad de la mano derecha del rey Alfonso, don Nuño, es siempre una buena baza en el peligroso mundo de la política nazarí.
—Decid esto a don Nuño, Dios no lo permita, pero presiento que dos galeas cargadas de fieros corsarios benimerines estarán al acecho en algún lugar de estas aguas cuando por ellas pase la nave de la emperatriz.
¿Quién sabe? Quizá las galeas corsarias estén apostadas cerca de Tarifa, o en la pequeña ensenada de Getares, o puede que se oculten en la desembocadura del río Palmones —desliza—.
Por supuesto, no puede saberse y es un presentimiento...
Rezo para que no se cumpla, desde luego.
Pero decidle lo que acabáis de oír al conde y olvidaos en mi palacio, de forma discreta, las tres mil doblas de oro que traéis.
El emisario se permite una sonrisa de complicidad y triunfo; por supuesto, se olvida, con discreción, de las tres mil doblas de oro antes de partir a uña de caballo por el camino que lleva a Sevilla, para dar la buena nueva a don Nuño González de Lara.
Mientras el emisario regresa junto a don Nuño González de Lara, el rey convoca a su presencia a Tello y los sabios.
—Así pues, maestros y caballero, todo está cumplido —dice el rey con los ojos brillantes—.
Os integraréis en la comitiva de la emperatriz María de Brienne.
Vos, Tello, seréis responsable de su custodia hasta la isla de Negroponte, a donde llegaréis tras hacer escala en Atenas.
Desde allí, mi prima seguirá hasta Constantinopla guardada por su propia guardia y vosotros os quedaréis en la isla acometiendo la empresa que en realidad nos ocupa: hallar el tesoro ocultado por Aristóteles.
Dicho así, de forma tan clara y vehemente, parece fácil. Pero lo sea o no, el rey ordena, y él, caballero a su servicio, obedece. Con una condición:
—De nuevo, mi señor rey, os pediré que me hagáis una merced. —Alfonso, que desde que la emperatriz llegó a Sevilla está de excelente humor, concede con un elegante ademán.
—Hablad, buen caballero.
—Os pido que me deis vuestro permiso para llevar con nosotros a mi hermana, la dama Isabel, y a su sirvienta, Sancha.
Como el rey alza las cejas en un involuntario gesto de sorpresa, Tello añade:
—El maestro al-Ricutí ha tenido noticia de que un físico excepcional, una mujer llamada Magistra Hersend que sirvió como médico del rey Luis IX de Francia y de su esposa, Margarita, puede sanar el mal que aflige desde hace años a mi hermana y que, día tras día, mengua su salud.
La médico Magistra Hersend, tras acompañar a Egipto al cruzado rey de Francia, se ha instalado en San Juan de Acre, en el Reino de Jerusalén, y, puesto que, si tenemos éxito, nuestra ruta de regreso pasará por dicho puerto...
No hace falta decir más. Alfonso siempre ha sido hombre sensato y generoso. Además, si lo anterior no bastara, la mención de tan gran y afamada médico le subyuga.
—Tenéis mi permiso y, de paso, puesto que Yehuda ben Moshe estará con vosotros, sin duda podrá cambiar saberes con tan excepcional mujer.
Tello sonríe y cambia una satisfecha mirada con al-Ricutí.
Todo va bien: en dos días zarparán del puerto de Sevilla, y la travesía, tras cuatro o cinco semanas, los llevará a su destino.
Y de él, si todo va bien, a Acre, en donde hallarán el segundo tesoro que ansían: el de la restablecida salud de Isabel.
Algo urgente, por cierto. Los vómitos y los dolores se le están tornando aún más frecuentes, si cabe, y la debilidad que se apodera de su cuerpo la postra días enteros en el lecho.
—Guardad bien el libro y no confiéis en nadie —les dice el rey—.
Temo que el peligro os seguirá allí donde vayáis y, puesto que no estamos seguros de quiénes son nuestros enemigos, lo más cauto por vuestra parte es que no bajéis la guardia y nunca os separéis.
—Todos buenos y excelentes consejos, de esos que ya conoces, pero que todo el mundo te repite—.
Cincuenta hombres escogidos estarán a vuestras órdenes, Tello.
Seréis responsables de la custodia de la emperatriz, pero también del rescate de su hijo.
Hay que entregarlo en Venecia, y ya sabéis que no hay veneciano que no esté dispuesto a vender a su madre si se le ofrece buen precio por ella —añade con gesto que pretende ser cómplice y pícaro, pero que en un hombre de natural habitualmente tan serio resulta un poco fuera de lugar—.
Así que no entreguéis ni una onza de plata sin que antes no devuelvan su hijo a la emperatriz.
—Así se hará, mi señor rey.
—Y una última cosa. He estado meditando mucho y, tras haberlo puesto bajo estricta vigilancia, he llegado a la conclusión de que nuestro enemigo en la sombra no puede ser don Nuño González de Lara, sino que mis rivales deben de ser mi traidor hermano, Enrique, y mi suegro, Jaime I de Aragón.
Tengo noticias de que se han reunido y de que traman mi caída.
Así que deberéis evitar los puertos de Aragón y, por ende, hacer aguada y escala en los de Granada, Tremecén, Bugía y Túnez, y, desde estos últimos, pasar a los de Sicilia e Italia —concluye, ufano, por su perspicacia identificando a sus secretos enemigos.
Sabio. Con ese sobrenombre pasó a la historia.
Llegó el día de la partida. Un día de mayo repleto de sol, trompetas y tambores.
Un día de calles engalanadas para despedir a la emperatriz de Constantinopla, María de Brienne, que se iba de Sevilla más feliz y hermosa de como llegó.
Lleva con ella el rescate de su hijo, y eso, para una mujer que es madre antes que emperatriz, es lo único que importa.