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Esa noche, en el alcázar, Alfonso X ofrece a su prima, la emperatriz María de Brienne, un soberbio banquete.
Se hallan a finales de abril y la noche, cuajada de azahar y luna, es dulzura en Sevilla.
Por eso, el rey ha dispuesto que el festín sea ofrecido en los jardines del alcázar, acompañado por la música de fuentes y acequias y bajo el infinito dosel de unas estrellas que parecen reflejo celeste de las gemas que lucen ricos hombres y bellas damas.
Isabel y Sancha, que esta noche estrena sus galas, están sentadas en una de las últimas mesas junto a Tello, Alvar y los demás miembros de lo que el caballero del rey llama ya «su compañía».
Como si Tello, en vez de encabezar una partida conformada por tres sabios, dos mujeres y un muchacho que aún no ha cumplido los quince años, capitaneara una feroz banda de condotieros italianos.
Sancha, con su saya de roja seda de Granada, por debajo de la cual asoma la finísima y blanca aljuba bordada con oro, no necesita más corona que sus cabellos negros, ni más joyas que sus ojos de noche primigenia.
Isabel, pese a su frágil palidez o quizá por su causa, es un vivo destello de elegancia envuelta en seda azul bordada en plata y regida por unos ojos alazanes que buscan a al-Ricutí para entregarle una ocular sonrisa de complicidad.
Después del rescate, el muro que se alzaba entre su hermano y su amante se ha derrumbado, y ella, al ver de nuevo amigos a los dos hombres que tanto ama, se siente dichosa.
Y si faltara algo para colmar su dicha, a su diestra está su hijo, Alvar, tan alto como un hombre y tan valiente como ha mostrado ser.
Su corazón de madre está repleto de orgullo y, al ver de reojo cómo Alvar luce con juvenil gallardía sus mejores galas mientras dedica una pícara sonrisa a una de las jóvenes damas que forman el cortejo de la emperatriz de Constantinopla, una risa cristalina brota de su garganta como una fuente de felicidad.
María de Brienne no es feliz. Sentada a la mesa del rey, la cristalina risa de Isabel Bermúdez ha atraído su atención y, de inmediato, se percata de su causa: una de sus damas, la joven Margarita de Tournai, de quince años, no puede apartar los ojos de un muchacho muy apuesto que, por su parte, tampoco puede apartar los suyos de la guapa niña.
Todo es felicidad alrededor, pero ella, emperatriz, bella entre las bellas, no puede rescatar su pensamiento de la imagen de su hijo cautivo en Venecia.
Alfonso se percata de esa tristeza y conoce su causa.
Ha llegado el momento de mostrarse magnánimo y, de paso, poner en marcha su plan.
Hace una señal a su mayordomo y, poniéndose en pie, atrae la atención de todos.
—Mi señora emperatriz y prima —dice a María de Brienne, quien alza hacia él sus tristes ojos azules—. Apenas habéis probado bocado. La carne es de grulla y está sazonada con pimienta de la India y nuez moscada. ¿No es de vuestro gusto?
María inclina la cabeza en un gesto elegante y, cuando la vuelve a alzar, a la luz de las antorchas, sus rubios cabellos ondean como rayos de sol.
—El festín es espléndido, mi señor rey y primo.
En verdad, nunca vi uno tan magnífico. Pero mi apetito se lo llevó la pena cuando me apartaron de mi hijo.
Ahora vivo suplicando ayuda. El rey de Francia y el papa me han jurado que me enviarán un tercio de la suma.
Pero de esos juramentos hace mucho, y la plata que prometieron nunca llegó, y, aunque llegara, aún me quedaría un tercio de la suma por reunir.
Por eso vengo a vos, como peticionaria. ¿No podríais darme el tercio restante del rescate de mi hijo?
Tras escuchar aquello, Alfonso queda largo rato contemplando el rostro de María: ovalado, de frente amplia ligeramente redondeada, nariz pequeña, fina y recta, labios perfectos, pequeña barbilla y almendrados y grandes ojos, tan azules como el mar más glorioso en un día soleado.
Al levantar la cara hacia el rey, el grácil cuello de la emperatriz es locura que invita a los hombres a besarlo y sus ondulados y rubios cabellos huelen a rosas de Oriente que parecen encadenar a Alfonso, pues es incapaz, a todas luces, de hacer otra cosa que no sea mirarla.
Al lado del rey, Violante de Aragón se mueve inquieta, y Alfonso, dándose al fin cuenta de lo embarazoso de la escena, logra dejar de mirar a María y volver en sí, recordando lo que tiene que hacer.
Solemne, asiente, comprensivo, mientras que en su fuero interno se dice que nunca le costó tan poco ser generoso.
Va a ordenar lo que quedará para la historia y dará lustre a su memoria, pues lo mostrará como el más piadoso y espléndido de los reyes.
Y, de paso, le permitirá encubrir sus verdaderos planes.
—¡Soy rey y caballero, y por Santiago que no permitiré que sufráis esa pena ni un instante más! —clama—. ¿Un tercio del rescate me pedís? ¡Os haré entrega de la totalidad de la suma! —Alza la mano y treinta fuertes servidores entran en el jardín portando quince pesados cofres.
Los criados, vestidos de paño blanco, se acercan a la mesa del rey.
María de Brienne, emocionada, se levanta y, ante ella, ante sus pies calzados con sandalias adornadas de perlas, los servidores del rey, cofre tras cofre, vierten un río de plata.
Cincuenta quintales de plata pura que constituyen el rescate de su hijo.
Plata y lágrimas. Lágrimas en los ojos de la emperatriz, que, emocionada más allá de toda medida, se inclina con gracia ante Alfonso, quien, alzándola de forma caballerosa, la besa en las mejillas mientras la argéntea montaña apilada a sus pies recoge mil fulgores de las luces que iluminan los jardines del alcázar de Sevilla.
—En deuda quedo con vos, primo.
—No hay deuda alguna, es regalo el que os hago y, además, obligación de caballero —responde el rey, que advierte entonces, al ceñírsele la túnica a María, cuán tentadoras son sus femeninas formas—.
Pero si queréis complacerme en algo, os pediré una cosa —añade y, de súbito, se da cuenta de que le gustaría pedirle otra cosa distinta a la que va a requerirle.
—Pedid lo que queráis —responde ella, y el brillo de sus ojos parece decir más que sus palabras.
—Sabéis que amo la sabiduría, y es en Oriente, en Grecia y en Constantinopla donde más ha sido atesorada.
Os pediría que permitáis que envíe con vos de regreso a una escolta que os guarde a vos y al rescate de vuestro hijo y que, a la par, acompañe a Atenas a tres sabios que me son muy queridos.
Y una vez allí, y bajo vuestra protección, podrán buscar y copiar los libros de los antiguos filósofos de Grecia.
—Se hará como pedís, mi señor y rey —concede la emperatriz, y de nuevo, al hacer una graciosa reverencia, se le ciñe tentadoramente la túnica.
A su lado, Violante de Aragón arde de celos y, tres pasos a un lado, el conde de Lara, don Nuño, se permite una sonrisa, pues todo está ocurriendo como ya previera.
Esa noche, en la madrugada, Alfonso aguarda a María de Brienne, que es anunciada por el perfume de las rosas.
Una sola vela ilumina la estancia y, cuando María se muestra ante ella, Alfonso se levanta y queda hechizado mientras la emperatriz se queda desnuda.
A sus pies calzados con sandalias púrpura quedan las vestiduras imperiales, las gemas y las perlas, y la piel blanca y perfecta de sus senos, engalanada con el oro de sus cabellos, es tentación suprema y altiva que Alfonso toma entre sus manos y besa con los labios.
Pues cierto es que Alfonso es generoso, pero una emperatriz sabe que la generosidad, cuando se recibe de manos de un rey, tiene un alto precio.