Muerte en Toledo 9 #2
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Con el puerto fluvial de Sevilla ya a la vista, hasta ella llega, como el clamor de muchas aves, el griterío de los sevillanos dándole la bienvenida.

Pese a la tristeza que la embarga, ilumina su rostro perfecto con una sonrisa y extiende las manos para que una de sus damas se las enfunde con los finos guantes imperiales teñidos de púrpura.

A continuación, se le coloca en el índice de la mano derecha el anillo de oro y amatista que la señala como emperatriz de Constantinopla.

Una emperatriz triste porque viene a suplicar por su hijo.

Por su pequeño, al que su imperial esposo tuvo que entregar como prenda para que los venecianos le concedieran un crecido préstamo con el cual fortalecer los ejércitos del imperio latino de Constantinopla que tan reciamente combaten los del emperador griego de Nicea.

Venecia no liberará a su hijo hasta que reciba la plata del préstamo más sus intereses.

Aunque el rey de Francia y el papa han prometido entregarle dos terceras partes del dinero necesario para ello, sus promesas nunca se concretan.

Ahora, aquí, en Sevilla, por muy emperatriz que sea, por mucha pompa con la que se vista y acompañe, tendrá que suplicar a su primo, a Alfonso de León y Castilla, que se apiade de ella y le entregue una parte, al menos, de la enorme suma que adeuda: cincuenta quintales de plata 5 .

Los marineros de la enorme nave veneciana ya están haciendo las maniobras de atraque. El sol arranca resplandores de la emperatriz recubierta de gemas, perlas y sedas. No parece de este mundo, sino que se asemeja a un ángel bajado de los cielos para asombrar a los hombres.

Uno que necesita cuidar hasta el último de sus angelicales detalles; a toda prisa, otra de sus damas da un último toque a los largos y ondulados cabellos rubios de María, que, cayéndole sobre los torneados hombros, son aún más brillantes que la seda y las gemas.

Sobre ellos, la corona imperial. La Stemma, con su ancho aro de oro macizo coronado por áureos merlones y cuajado de perlas blancas de Arabia, piedras rojas y verdes esmeraldas de la India, dispuestas en tres bandas sobre el dorado metal, de cuyos costados penden las pendilia : las cadenillas de perlas y gemas que desde la corona caen hasta el arranque de la barbilla de la emperatriz 6 .

Todo está listo y justo a tiempo. Se tiende la pasarela que permitirá a los pies de María de Brienne desembarcar en Sevilla y caminar hasta su real primo.

Alfonso la espera, sentado en un trono dorado y dispuesto sobre una grada de tres escalones cubiertos por una rica tela blanca.

El rey, con un rojo manto bordado de oro y una túnica de armas que muestra los emblemas de sus reinos, castillos dorados y rojos leones, lleva los castaños cabellos ceñidos por la corona regia y en la mano porta un cetro de marfil y oro.

A su alrededor, vestidos con sus mejores galas, el arzobispo de Sevilla, sus cortesanos y oficiales, y formando largo pasillo que hasta él conduce, los ricos hombres de sus reinos, y, tras estos, el pueblo de Sevilla, que, por primera vez en su historia, contempla a una emperatriz.

María de Brienne avanza. Es la belleza y la gloria, y sobre ella llueven flores que arrojan las mujeres de la ciudad mientras un tronar de tambores y un clamor de trompetas acompasan sus elegantes pasos.

Se miran la emperatriz y el rey. Dos primos que nunca se han visto y que pugnan contra el mundo: la una por rescatar a su hijo y por seguir siendo emperatriz, y el otro por lograr ser emperador y gobernar sus reinos rodeado de traidores.

—Bienvenida seáis, mi señora emperatriz María —saluda Alfonso, se pone en pie, baja los tres escalones y, de forma caballerosa, toma la mano de su prima, la besa y la conduce al estrado en donde a su siniestra, entre su trono y el de la reina Violante de Aragón, se ha dispuesto un tercero en el que, con cortesía, ayuda a sentarse a María de Brienne.

Se desata el delirio en Sevilla. Alfonso es la viva imagen del rey caballero, y eso siempre es hermoso de ver.

Y María, tan bella, tan espléndida, es un fulgor sobre la tierra.

A su lado, Violante de Aragón, la buena reina, es encarnación de bondad.

Un poco por detrás de tan regias figuras, el conde de Lara, don Nuño, observa y aguarda.

Y desde la multitud, con los rubios cabellos teñidos y haciéndose pasar por un lisiado mendigo, William de Amesbury lucha contra la fiebre y anota en su memoria cada detalle de la escena que ve para luego enviar mensaje secreto de ella a su señor, Ricardo de Cornualles.

Mientras en eso se entretiene, como es uno de esos hombres capaces de hacer dos cosas a la vez, elabora un plan siniestro.