9
La noticia del secuestro y rescate de doña Isabel y de su criada, Sancha, recorrió la corte y Sevilla entera, con la misma rapidez que el redoble de las campanas.
Para el rey Alfonso fue otra señal más de que sus enemigos en la sombra estaban al tanto de que planeaba una gran jugada.
Al igual que en la garganta de los Carneros, trataban de abortarla o de ponerse al corriente, atacando a aquellos que relacionaban con sus secretos planes imperiales.
No obstante, esa convicción volvía a llevar al rey al mismo lugar.
Desconocía quién o quiénes eran esos enemigos que lo acechaban desde las sombras.
¿Tal vez los hombres de Ricardo de Cornualles en Espanna?
¿Su hermano, el infante Enrique? ¿Su suegro, Jaime I de Aragón?
¿O acaso se trataba, como ya sospechaban Yehuda ben Moshe, Tello Bermúdez y él mismo, de quien hasta entonces había tenido por su mejor amigo, don Nuño González de Lara?
Y sobre todo, ¿quién de entre todos ellos estaba lo suficientemente al tanto del libro y de las posibilidades que su desciframiento implicaba?
Dicho de otro modo, una y otra vez se preguntaba quién conocería la existencia del tesoro y prevería lo que podría hacer si se apoderaba de él.
Preguntas. A veces, una vida, un reino, la historia toda depende de eso, de hacerse las preguntas correctas y de hallar las respuestas adecuadas.
Y Alfonso X, en aquellos días en Sevilla, no paraba de hacerse preguntas y de buscar respuestas.
También se las hacía don Nuño González de Lara.
Día tras día, desde que llegaron a Sevilla, se esforzaba todo lo que podía en ser útil a Alfonso, en mostrarle su amistad, en darle pruebas evidentes de que era su consejero más leal.
Sin embargo, sus desvelos no daban fruto.
Alfonso seguía estando distante con él, no atendía a sus consejos y todo evidenciaba que su desconfianza no solo se mantenía, sino que se acrecentaba, y era así por mor de episodios como el del secuestro de doña Isabel y su criada.
—¡Maldito sea el necio que tramó tan estúpida jugada! —se le escapa al conde, y acompaña la maldición con un puñetazo descargado con furia sobre la tabla de la mesa donde está cenando.
Pues ese «necio» no solo estorba sus planes de volver a ganarse la confianza del rey, sino que, además, y por lo que parece y al igual que él, está siguiendo la pista del libro.
Al contrario que Alfonso, Nuño González de Lara cree saber quién es: Ricardo de Cornualles o, por mejor decir, su hombre en Espanna.
Don Nuño lleva dos años en tratos con Ricardo de Cornualles y nunca pudo averiguarlo.
El príncipe inglés, tan astuto como desconfiado, siempre le negó esa información.
Aquello que no han querido revelarte puedes desvelarlo tú si tienes la astucia necesaria para ello.
Y el conde de Lara la tiene. Ha prestado oído a la narración que del rescate de doña Isabel y su criada corre por Sevilla y se ha detenido en un detalle: el secuestrador que logró huir iba herido en la planta del pie.
Una herida poco frecuente, ¿verdad? Así que ha puesto a trabajar a su gente, a hallar a un hombre grande y rubio con una herida en la planta del pie, y pronto, muy pronto, lo tendrá en sus manos y lo hará hablar.
Su gente... perdió a Yáñez y al ballestero en la garganta de los Carneros.
Allí, sin duda, deben de yacer sus huesos blanqueándose al sol; perdió también a Beatriz la Loba, ¿dónde estará?
Y en cuanto al canónigo Martín Pérez y a Egidio el Nigromante, en estos momentos deben de estar en algún lugar entre Mallorca e Italia.
Pero aún tiene hombres e hilos de los que tirar y, además de buscar al secuestrador herido en el pie, ha enviado un emisario a Algecira 1 para que transmita un mensaje al gobernador del rey de Granada en el estrecho de la mar 2 .
Como buen jugador de ajedrez, anticipa los movimientos del contrario.
Sin duda, Alfonso aprovechará la embajada de su prima, María de Brienne, para tratar de camuflar la expedición que envíe a Oriente en busca del tesoro.
Es obvio que así será, y él, astuto cazador, está dispuesto a adelantarse.
Va a sobornar al gobernador de Algeciras y Ceuta para que disponga galeas 3 que intercepten la nave que Alfonso envíe y que, necesariamente, pasará por el estrecho de la mar.
Granada estaba en paz con Castilla y su rey, Muhammad I, era vasallo de Alfonso, sí, pero el oro arregla esas cosas y además, el gobernador de las Algeciras es hombre práctico y ambicioso, y sabrá usar ese oro para «estimular», por así decir, a los corsarios benimerines, para que estos hagan el trabajo.
Pero para eso aún falta tiempo. Mañana, según les han anunciado desde al-Canate 4 , mediante señales lanzadas desde las almenaras, la emperatriz María de Brienne llegará a Sevilla y en ella pasará una o dos semanas.
Así que, por lo pronto, la prioridad es seguir dando muestras de lealtad a Alfonso y atrapar al hombre del pie herido.
A saber dónde se ha escondido el muy perro.
Sevilla es grande. Pero cuando te dedicas a secuestrar mujeres, el número de las gentes que pueden ocultarte se reduce mucho: mercenarios desocupados metidos a asesinos, ladrones y meretrices.
William tiene fiebre. La herida del pie se le ha infectado.
Acurrucado bajo las sucias mantas que le han dado, tirita de un frío mortal tan incontenible que hasta le castañean los dientes.
Por supuesto, no es la primera vez en su vida que pasa por esto, pero siempre puede ser la última.
Así que ha llamado a un médico discreto.
Uno de esos cuyo nombre circula entre los ladrones y gentes de mal vivir de Sevilla y que, a cambio del dinero necesario, nunca recuerda a sus pacientes.
Llaman a la puerta y William, pese a la fiebre, se alerta y prepara la daga.
—¿Quién va?
—Traigo al médico.
La voz de Clara, la meretriz en cuya casa se esconde, le parece a William manchada por un matiz ronco que no le conoce. Así que en vez de descorrer el cerrojo, abre la ventana y salta por ella.
En ese momento, muy lejos de allí, el canónigo Martín Pérez reza.
Reza mucho, pues sabe que numerosos son sus pecados.
Su falta más severa: gozar con el dolor ajeno.
Así que reza y, cuando termina, se halla en paz.
Dios, cuando te arrepientes, perdona y sana.
Se pone en pie y ajusta el equilibrio al dispar bamboleo de las olas que mecen el barco.
El piloto le dijo por la mañana que pronto llegarán a las costas toscanas y al puerto de Pisa.
Allí, sin duda, podrán hallar pasaje para Atenas.
Así que aún les quedan, como poco, tres o cuatro semanas de viaje.
Eso lo pone de mal humor. No le gusta el mar...
Sale con su mal humor del diminuto receptáculo que le sirve de camarote y sube a cubierta.
Allí, asomado a la borda, está el joven Miguel, y su visión despierta en los labios del canónigo una maligna sonrisa y el deseo de atormentar un poco al inocente muchacho.
¿Que acaba de pedir perdón a Dios por tales cosas?
Sí, pero al canónigo Martín Pérez le gusta rezar, y Dios siempre perdona.
—¿Has averiguado algo más, muchacho?
Miguel se sobresalta, creía que el canónigo no saldría en toda la tarde de su cubículo y ahora lo tiene a su espalda, echándole el aliento en el cogote.
—Aún no, mi señor canónigo.
—¿Aún no, aún no? —lo remeda, cruel y burlón, el canónigo—. ¡Piensa! —Y acompaña la exigencia clavándole en un glúteo el afilado scalprum con el que se afilan las plumas y se raspan los pergaminos para borrar los errores.
La humillación, el dolor en la mente que padece quien es de manera continua atormentado, no se borra con ningún scalprum , sino que permanece silente y a veces engendra cosas terribles como las que ya ha hecho nacer en el alma de Miguel.
Cuando el canónigo se aleja de él, se dice, entre dientes, que solo debe aguantar un día más, uno más, para cobrarse venganza, y cuando se vuelve, sus ojos se topan con los de Egidio, el Nigromante, y este, muy serio, asiente.
Al día siguiente, en el Guadalquivir...
María de Brienne, emperatriz de Constantinopla, es una mujer muy hermosa.
A sus treinta y cuatro años sigue siendo considerada «la flor de Oriente».
En la cubierta de la enorme coca veneciana que la lleva a Sevilla, vestida con toda la pompa de una emperatriz, con sus rubios cabellos ceñidos la corona imperial es, en efecto, femenino esplendor.
En torno a ella, sus damas y servidoras se afanan por acomodarle el fino velo de hombros y el pesado loros, el manto imperial teñido de púrpura y recamado de piedras preciosas que, dotado de una suerte de banda bordada desde el cuello, cruza en diagonal el pecho para caer sobre el brazo izquierdo.
Así, se forma un sobrevestido de amplísimas mangas y elegantes aberturas, tejido con seda labrada con oro y forrado de armiño que deja ver la larga y ajustada tivetesion, la túnica de sutilísima seda decorada con infinidad de figuras geométricas.
Esta le cubre del cuello hasta los pies calzados con sandalias guarnecidas con perlas.
Parece envolverla en tornasolados rojos, verdes y dorados.