Muerte en Toledo 8 #4
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Por eso no le ha agradado tener que transigir con la petición del maldito vizcaíno.

Pero bueno, el hombre está en su derecho y ahí lo tiene, tratando de forzar a la chica morena mientras él, a quien siempre le toca hacer lo más tedioso, sujeta por el pelo a la dama frágil como un pajarillo y se dispone a darle una rápida puñalada en el corazón.

¡Cómo se mueve la condenada! La gente no sabe dejarse asesinar.

Piensa con fastidio mientras los gritos de las mujeres resuenan entre las cuatro paredes.

Por suerte —piensa mientras trata de ajustar su puntería con el cuchillo para lanzar la puñalada—, este barrio, junto al río, es un lugar donde no es raro que se escuchen peleas ni que se oigan violentas disputas entre prostitutas.

Tello y al-Ricutí escuchan los gritos de Isabel y Sancha y un resorte se activa en ellos. Tello carga contra la puerta como un toro furioso y al-Ricutí salta tras él con los ojos encendidos y la daga dispuesta.

Sancha grita y araña el rostro del vizcaíno, que trata de subirle las faldas y de inmovilizarla.

Le abre las piernas mediante el expediente de meterle la rodilla entre ellas.

A su lado, Isabel chilla de pánico, pues el hombre rubio la sujeta por los cabellos mientras se dispone a endosarle una puñalada mortal.

Alvar no espera. Golpea hacia arriba, con la daga, y atraviesa la madera.

Ya sabe que no es un golpe efectivo. A tan solo un palmo por encima de él están tratando de apuñalar a su madre, así que el golpe de daga del muchacho es tan desesperado, tremendo y afortunado que dos dedos de acero toledano se meten por el resquicio que queda entre dos tablas y lo atraviesan y se clavan en el pie derecho de William.

—¡Por todos los infiernos! —ruge el inglés de dolor soltando los cabellos de Isabel, que, con la fuerza y el acierto que otorga el instinto de supervivencia, agarra por los testículos a su agresor y se los retuerce.

William cae al suelo boqueando, mientras debajo de ellos Alvar grita como un poseso.

Pero no hay tiempo de preguntarse qué está pasando.

A su lado, Sancha, inmovilizada, medio desnuda, está pasando de estar a punto de ser violada a ser degollada.

El vizcaíno siempre fue rápido cambiando de opinión.

A veces, eso, cambiar de opinión, no es tan fácil, y esta noche es una de esas «veces».

Isabel le cae encima y será «frágil como un pajarillo», pero es valiente como un águila.

William, tirado en el suelo, aunque siente un dolor insoportable en el pie y en los testículos, ha escuchado aullar a Alvar, y todos sus resortes de viejo ladrón y veterano espía le gritan una misma cosa: ¡Peligro!

Así que no se queda a ver si el vizcaíno puede o no puede con las mujeres transformadas en fieras, sino que, arrastrándose fuera del cuartucho, consigue ponerse en pie.

Solo para toparse con Tello, que, espada en alto y con el rostro convertido en máscara de muerte, se le echa encima.

William es más rápido. Con el pie bueno, da una patada al taburete donde el vizcaíno estaba sentado y roncando mientras montaba guardia, y Tello tropieza con él y se va al suelo, lo que da al inglés tiempo para saltar por encima, noquear a al-Ricutí dándole un certero codazo en la barbilla y salir corriendo a la calle ante la mirada asombrada del alguacil y de Pedro Ansúrez, que no aciertan a decir ni a hacer nada.

Dentro, mientras William escapa, el cuchillo del vizcaíno no tiene misericordia.

No, no la tiene. Pero la espada de Tello tampoco.

El caballero, tras rodar por el suelo, se ha puesto de pie de un salto y, comprendiendo de forma instintiva que lo más urgente es auxiliar a las mujeres y no perseguir al secuestrador, entra en la pequeña habitación con la espada dispuesta.

Sí, y entra a hacer justicia. El primer tajo de la larga hoja cercena la mano del vizcaíno que sujetaba el arma con la que se disponía a matar a Sancha y, tras la mano, el asesino siente cómo la espada, terrible, cae de nuevo sobre él, destrozándole el hombro y luego, una tercera vez, alcanzándole bajo la rodilla para medio amputarle la pierna.

Cae al suelo, desangrándose, con los ojos desencajados de puro pánico.

Sobre él, como un demonio guerrero, se alza un hombre alto, de cabellos y ojos leonados que se dispone a rematarlo.

Pero no lo hace. No, no lo hace, sino que se agacha junto a él y con un movimiento rápido lo castra, y luego, tendiendo la mano a las mujeres, las saca de allí y lo deja morirse en el suelo, tal y como ha vivido: como una serpiente venenosa a la que se aplasta la cabeza y, aun así, agoniza por largo rato.

Sancha se abraza a Tello. E Isabel, dejándolo atrás, ha corrido hacia los brazos de al-Ricutí, que acaba de incorporarse y que la estrecha con fuerza mientras ambos se cubren de besos.

Tello los ve y piensa en decir algo. Algo severo y que les recuerde que aquello no está bien. Se lo piensa mejor, vuelve la cabeza de nuevo y estrecha con fuerza a Sancha y la besa en los negros cabellos, mientras murmura palabras de calma y consuelo.

—Todo está bien, todo está bien —le susurra con dulzura, y ella, entre sus brazos, siente que, al fin, esas palabras son ciertas. Todo está bien.