8 #3
Pedro Ansúrez tampoco tiene respuesta para eso, pues no tiene mujer, ni hija, y recuerda, con una silenciosa maldición, que a las mujeres se les rompió el frasco de nardo cuando el vizcaíno y el inglés las apresaron y que la maldita esencia lo impregnó todo.
Sin duda, cuando adecentó y ordenó el cuarto donde las habían atrapado, se empapó las manos y la ropa con el nardo que ahora lo delata.
Pero es hora de contestar a la pregunta, y lo hace con la única respuesta que se le ocurre: tomándolos desprevenidos, les cierra la puerta en las narices y echa a correr hacia el patio trasero de su casa y tienda.
Tello replica a su vez derribando la puerta como si fuera de paja en vez de roble, y entra como un ciclón: derriba muebles y grita como un oso enfurecido mientras le pisa los pies al sedero, que, ya en el patio, trepa por la tapia para ponerse a salvo.
No se va a poner ni a salvo ni a nada. Tello lo aferra por un pie, lo echa al suelo y lo muele a patadas mientras le pregunta dónde están su hermana y Sancha.
Y el prodigio se opera. Allí donde el oro inglés volvió al mercader ciego, sordo y mudo, las patadas castellanas le devuelven plenamente sus facultades y le permiten acompañarlas de una clara, diáfana memoria.
—¡Piedad, piedad, os lo suplico! ¡Se las llevaron el vizcaíno y el inglés!
—¡Pues dime a dónde se las llevaron y reza para que las encuentre intactas y salvas! ¡Una cosa te juro, hijo de perra, que si no las encuentro salvas, te sacaré el hígado y te lo haré tragar antes de que mueras!
Están solas y a oscuras. El hombre grande y rubio impidió que el vizcaíno las violara, como era su intención, pero eso no las ha librado del terror: pregunta tras pregunta, el hombre de ojos verdes y fríos las ha interrogado y, como se negaban a darle respuesta, añadió bofetadas y golpes a las preguntas.
Ahora, a su lado, Isabel gime con los labios partidos.
Semejante castigo para una mujer enferma y tan frágil ha sido demasiado.
Ella, Sancha, es más fuerte, y tuvieron que atarla para impedir que les sacara los ojos defendiendo a su señora.
Luego, claro está, la molieron a palos. Hace frío y eso que media abril, y fuera, en ese mundo donde la gente no gime de dolor, hace calor.
Pero al menos han dejado de pegarlas y están solas.
Afuera, al otro lado de la puerta, ronca un hombre.
¿El vizcaíno o el rubio de ojos verdes? No pueden saberlo.
William piensa. Es algo que se le da bien y, por eso, pese a ser un malvado, ha cumplido los treinta y cinco.
Se debate entre matar a las mujeres o no.
Y gana la opción de matarlas, pues le han sido de poco provecho y no puede dejarlas libres.
La vida es como es, y la de un espía desalmado tiene sus servidumbres, y una de ellas es no dejar testigos.
Así que se levanta del camastro, se pone las botas y se encamina a donde el vizcaíno.
Este monta guardia delante de la puerta del cuarto donde han encerrado a las mujeres a las que va a asesinar.
Es una pena, no le gusta lo que va a hacer.
La dama, Isabel, se llama, es frágil como un pajarillo y, en verdad, abofetearla y encajarle un puñetazo en el estómago se le ha hecho difícil.
Pero esta es su vida y se la juega si no envía a su señor, Ricardo de Cornualles, la información que el rey de los romanos espera.
Por eso tampoco ha tenido piedad con la otra, con la morena.
Aunque la muchacha, más que un pajarillo, le ha parecido una loba furiosa.
¡Cómo mordía y arañaba la muy maldita! De hecho, la chica le ha dejado marcada la cara a fuer de arañazos y las manos señaladas a mordiscos.
Aun así, también le dará pena rebanarle el cuello, pues es terriblemente hermosa.
Bueno, se promete, intentaré matarlas rápido para que sufran lo menos posible.
Al escucharlo venir, el vizcaíno despierta de su sueño. Ha bebido demasiado vino y le duele la cabeza. Detrás, tras la puerta cerrada, se oye llorar a una de las mujeres y a otra tratar de consolarla, y, al escucharlas, el libidinoso apetito, pese a la resaca, se le aviva de nuevo.
—¿Me dejas gozar de la morena antes de que la mates? —pregunta a William, esperanzado, lamiéndose los labios y llevándose una mano a la entrepierna.
El almacén del sedero Pedro Ansúrez no estaba lejos de su casa.
De hecho, Pedro Ansúrez llegó a él más rápido que nunca: Tello Bermúdez lo llevaba en volandas y sujeto por el cogote.
Ante la puerta, y como Tello ha advertido a todos de que no hagan ruido, Pedro Ansúrez maldice su barriga cuando, a punto de soltarse por el miedo, cruje con furia.
—Describe el interior —le exige al-Ricutí mientras Tello sigue apretándole con saña la nuca.
—Tras esta puerta hay un pequeño patio y, tras ella, una segunda puerta que da acceso a una cámara que uso como despacho y, si es necesario, como dormitorio si el almacén está repleto con una carga de seda recién comprada.
Desde esa estancia se accede a una sala más grande donde guardo las mercancías y, tras ella, una última habitación, la más pequeña y carente de ventanas —explica con voz temblorosa y a toda prisa.
—¿Solo se puede acceder por esta puerta? —pregunta ahora Tello.
—Sí, solo hay una puerta. Aunque supongo que podríais entrar también por alguna de las ventanas.
—No me gusta, Tello, no me gusta... —reflexiona al-Ricutí en voz alta.
—¿Por qué? A mí me parece buena cosa: si están ahí dentro, los tenemos atrapados.
—Eso es lo que me asusta, Tello. Si se sienten acorralados, pueden hacerles daño.
Tello se da cuenta de que eso es lo más lógico que acontezca, y echa entonces una rencorosa mirada a la puerta del almacén al caer en la cuenta de que, si la echa abajo, pondrá de inmediato en riesgo las vidas de Isabel y Sancha.
Al lado de su tío, Alvar está en otra cosa.
Mientras que los mayores hablan, él se ha dado cuenta de que el almacén se alza sobre una suerte de pequeños pilotes.
De manera que queda un estrecho hueco entre el barro y el entablado que forma el suelo del almacén.
Están muy cerca del río, y allí muchas casas y almacenes se construyen en alto para evitar que, cuando el río suba, los inunde.
—Puedo meterme por ahí abajo y dar con ellas antes de que vosotros derribéis la puerta —dice Alvar sin alzar la voz y atrayendo hacia sí la atención de todos.
Tello primero se queda mirando a su sobrino y, luego, al embarrado y estrecho hueco entre el suelo del almacén y la lodosa orilla del río.
—Alvar tiene razón —apunta al-Ricutí—. Si consigue meterse por ahí debajo y llegar hasta Isabel y Sancha, podrá protegerlas o, al menos, ponerlas sobre aviso, mientras nosotros penetramos a viva fuerza por la puerta para tratar de sorprender a sus raptores.
—Está bien, Alvar. Lleva la daga entre los dientes, necesitarás las dos manos para arrastrarte, y procura no hacer ruido. Cuando des con tu madre y Sancha, intenta darnos una señal. ¿Sabes imitar el chillido de la lechuza?
—No, tío, pero sí sé hacer el de las ratas.
—Eso será más convincente —conviene al-Ricutí—; este lugar está repleto de ellas.
Justo por donde Alvar tiene que arrastrarse, corre una rata tan grande como negra, y sus ojos rojos y malignos brillan un instante, como si fueran el destello de una promesa de sumo peligro.
Todos se preparan. Alvar se tiende y repta bajo el suelo del almacén, Tello desenvaina la espada, al-Ricutí apresta la daga y el alguacil del concejo, que sigue con ellos, toma el relevo como guardián de Pedro Ansúrez y le clava a este la punta de su bracamarte en las costillas para que siga callado y quieto.
Entonces Alvar se arrastra por el barro sucio.
No lleva ni seis varas avanzando cuando ya una rata se le encarama en la espalda, correteándosela por completo y bajándole por las piernas.
Pero el muchacho tiene arrestos y no se inmuta, sino que sigue progresando, vara a vara, y, mientras lo hace, recuerda la descripción que del almacén hiciera Pedro Ansúrez y calcula dónde se halla.
Al cabo, sobre su cabeza, escucha llorar a su madre y un nudo de emoción le cierra la garganta.
Su primer impulso es llamarla, consolarla, decirle que todo está bien y que en un suspiro Tello, al-Ricutí y él mismo las rescatarán.
Pero entonces oye otra cosa: una puerta que chirría al abrirse.
Rápido, como centella, se gira para quedar de cara al entablado que forma el suelo del almacén, y está muy bien que haga eso, pues ahora, tras el chirrido de la puerta, Sancha grita aterrorizada.
William detesta aquello. Nunca ha violentado a una mujer y nunca lo hará. Ha matado a unas cuantas, desde luego, pero, cuando lo ha hecho, ha sido de forma rápida, limpia y por una buena razón: la suya y cada vez que le convenía. Pero violar..., eso es otra cosa.