Muerte en Toledo 8 #2
49%

8 #2

—Mis señoras —dice el vizcaíno haciéndoles una reverencia tan exagerada que no pueden sino volver a echarse a reír—, hacedme la merced de pasar a la trastienda, pues doña Sancha debe desnudarse para probarse la finísima aljuba de lino que he dispuesto para ella —explica aludiendo a la prenda íntima que una dama se pone bajo la saya.

Confiadas, pasan a una pequeña habitación, y la puerta se cierra tras ellas mientras el soldado que las escolta sigue allí plantado, aburrido y descuidado.

Así muere. Aburrido y con un palmo de acero inglés que le atraviesa el cogote y le destroza el cerebro.

Una herida, tan inesperada como diestramente dada, lo deja inmóvil en los brazos de William, quien, con discreción, sin soltarlo, lo echa a un lado entre estantes y bultos.

El mercader de sedas cierra la puerta de su tienda y se vuelve ciego, mudo y sordo, pues tales maravillas obra el oro que ha recibido del espía inglés.

Un instante más tarde, Sancha se ha desnudado y se pone la aljuba de finísimo lino.

Isabel le tiende la saya de seda y, cuando la muchacha, con las manos temblorosas de pura emoción, toma la magnífica prenda bordada en oro, la puerta se abre de forma brusca y un hombre enorme y rubio clava sus ojos verdes en ellas y les sonríe como lo haría un lobo a sus presas.

Tello está nervioso como un león enjaulado.

La noche se cierra e Isabel y Sancha no regresan.

Tampoco lo hace el mesnadero que las acompañaba como escolta y tenía órdenes estrictas de regresar al caer la tarde.

Junto a Tello, su sobrino Alvar se remueve tan inquieto como él.

Alvar apenas recuerda a su padre y, aunque adora a su tío y echa terriblemente de menos a Ramiro, su vida siempre ha girado en torno a su madre.

Así que ahora, al ver tan preocupado a Tello, se desazona en extremo y, al imaginar que pueda faltarle también quien lo ha parido, quien siempre lo ha querido y abrazado cuando más lo necesitaba, es como si se asomara a un abismo sin fondo y sin nombre.

En ese mismo abismo está al-Ricutí, que trata de convencerse de que aquello, que no aparezcan Isabel y Sancha, no tiene importancia y de que, de un momento a otro, aparecerán riendo como dos alondras y todos sus temores quedarán entonces en nada.

—Vamos a salir a buscarlas —dice, al fin, Tello a Alvar, y ambos, sin despedirse, echan a andar hacia las puertas del alcázar sin mirar atrás.

Al-Ricutí se queda un instante viéndolos marchar: un alto caballero alejándose a grandes zancadas con la espada y la daga pendiendo del tahalí, y su sobrino, ahora su joven escudero, trotando a su lado portando idénticas armas.

Pero no les servirán de nada en el afán de buscar a las damas.

No es acero toledano lo que tal empresa reclama, sino una mente clara.

—¡Aguardad, voy con vosotros!

Tello se detiene y se vuelve hacia el andalusí. El caballero está muy preocupado, de hecho, está asustado, y, en un hombre de su clase, se traduce en cólera dispuesta a ser descargada sobre el primero que se le oponga o estorbe.

—¡Lo último que necesito es tener que estar también pendiente de vos!

—le espeta a al-Ricutí—. ¡Además, lo que a mi hermana ocurra no os compete!

¡Y si eso no bastara, os seré claro: si no fuera por vos, ella no habría tenido que arriesgar la vida en los caminos de Castilla, ni seguir jugándosela aquí, en las calles de Sevilla!

Todo eso es cierto. Lo grita un hombre preocupado que carga con espada y daga y está muy exaltado.

Pero al-Ricutí es de esos hombres buenos, calmos, pacientes a los que toman por débiles y que, sin embargo, bajo sus amables formas, bajo su natural bien dispuesto, late una fuerza y un valor que, por estar siempre ocultos, sorprenden a todos cuando despiertan.

—¿Que no me compete? ¡Podéis iros al diablo con todas vuestras relucientes armas!

¡Amo a vuestra hermana por muy prohibido que quieran tenerlo las religiones, los hombres y las costumbres!

¡La amo y no lo callaré más! ¡Y por eso mismo me compete esto tanto como a vos!

Además, ¿acaso pretendéis poneros a andar como un demente esperando que la casualidad os guíe?

¡Si no sois capaz de pensar, lo haré yo por vos!

Tello nunca ha visto a al-Ricutí así, echando fuego por los ojos, gritándole a la cara, con las venas del cuello marcadas y las manos crispadas.

En un primer momento, uno de ira, tensa los músculos para darle un puñetazo, pero luego, a saber por qué o quizá sí lo sabe, se le viene a la cabeza la imagen de Juana y recuerda que él también quiso a escondidas y vivió las penas y frustraciones de un amor prohibido.

—Está bien, venid con nosotros... —concede con una voz que ya no porta furia, sino una infinita tristeza. Y sin añadir más, le tiende su daga al moro y se encamina de nuevo a la noche que silencia las calles de Sevilla.

Son tres sombras. Tres hombres iluminados por una linterna buscando a dos mujeres en una ciudad que es dédalo y confusión. ¿Por dónde empezar? Al-Ricutí lo sabe.

—Vuestra hermana pretendía sorprender a Sancha haciéndole un espléndido regalo en agradecimiento del valor mostrado en la garganta de los Carneros y de tantos años de abnegados servicios y cariño —dice caminando junto a los cristianos.

Tello se vuelve, sorprendido y un tanto contrariado. ¿Por qué no sabe él nada de eso? Luego recuerda, o por mejor decir, admite, que al-Ricutí está tan cerca o más del corazón y la mente de Isabel de lo que él pueda estar.

—¿Conocéis qué pretendía regalarle?

—Veo que volvéis a pensar. Así es, quería comprarle perfume de nardos, una saya de seda de Granada y una aljuba a juego.

—Eso no ayuda mucho... —concluye Tello, sin dejar de apresurarse por las oscuras calles.

—Al contrario, lo hace, y en grado sumo —le replica al-Ricutí.

Como ve que Tello no sabe a dónde quiere llevarlos, agrega:

—La clave es la seda de Granada. Aquí en Sevilla, se fabrica seda y también viene de Ultramar, Sicilia y hasta de Morea 3 , pero quizá sean pocos los comerciantes que importan seda de Granada.

En cualquier caso, si vamos a casa del almotacén, sabremos quiénes de entre los que aquí venden seda la traen desde Granada, porque él, el almotacén, es el responsable de llevar las listas con los nombres de los comerciantes, de los artesanos y sus aprendices, así como de anotar dónde compran y de dónde traen sus mercancías, o hacia dónde las envían cuando las venden 4 .

Tello se detiene en seco. Eso es un buen comienzo. A su lado, Alvar se permite una tenue sonrisa, siente que la desesperación que los embarga disminuye un tanto.

—¡Busquemos a los alguaciles del concejo y preguntémosles dónde vive el almotacén!

Sin importarles que la medianoche tenga a Sevilla en la cama, se ponen a dar grandes voces llamando a los alguaciles y, al cabo, se topan con ellos.

Son tres a la luz de una antorcha y los miran malencarados. Pero, al ver que Tello porta espada y se dirige hacia ellos sin mostrar temor alguno, se debaten entre ponerse en guardia o salir corriendo.

—¡Soy Tello Bermúdez, caballero del rey Alfonso! —clama mientras se va directo hacia los alguaciles, quienes tienen el rostro blanco y no por culpa de la luz clara de la luna—. ¿Dónde vive el almotacén de Sevilla?

Tardaron un poco en reaccionar, pero, cuando quedó claro que Tello era quien decía ser, se apresuraron a cumplir sus órdenes y, un cuarto de hora más tarde, Tello aporrea la puerta del almotacén.

El hombre, que disfrutaba de un buen sueño, abre la puerta con mal genio, pero se topa con el rostro tenso de Tello, un rostro que ha visto muy de cerca mil veces a la huesuda muerte y que ha entregado a la avariciosa Parca más de cien vidas de enemigos.

Una cara así te invita a calmarte, a ser prudente, a mostrarte colaborativo y bien dispuesto.

—Solo cuatro mercaderes compran seda de Granada, y uno de ellos, García Garcés, cerró hace dos días su tienda para irse a Carmona a hacer negocios —les informa el almotacén.

—Danos sus nombres y ordena a los alguaciles del concejo que nos lleven hasta sus casas —exige Tello, y el almotacén ni se plantea desobedecer.

Tres son los nombres: Mohamed ben Sidi, Simón el Cordobés y Pedro Ansúrez.

El primero no abre su puerta pese a los tremendos golpes con los que Tello la aporrea.

La puerta, claro está, termina saltando por los aires cuando el caballero se echa hacia atrás y le propina una salvaje patada.

¿Lo demás? Un hombre aterrorizado al que sacan de la cama tomándolo por el cuello y que jura y perjura, hasta por la leche de los pechos de los que mamó, que nada sabe de lo que le preguntan.

Aun así, Tello, receloso, ordena a dos de los alguaciles que se lo lleven custodiado hasta que se deshaga el entuerto.

El segundo, el hebreo Simón el Cordobés, abre la puerta de inmediato y con sus ochenta venerables años no ofrece dudas a nadie de que nada tiene que ver en el asunto.

El tercero, Pedro Ansúrez, también niega saber nada y parece convincente en extremo.

—Nada he visto, oído o sabido sobre tales damas —responde—. Veo que os son muy queridas y comparto vuestra preocupación. Por Dios os juro que si algo llegara a mis oídos, de inmediato os enviaré noticia de ello.

Un hombre bueno, sin duda. Pero huele a nardo, y ese no es perfume que lleve varón alguno.

—Oléis a nardo —apunta al-Ricutí clavándole los ojos oscuros al mercader.

—¿A nardo?

—¿Y vuestra esposa?