Muerte en Toledo 8
48%

8

—De un modo u otro, mi señor rey y amigo, estarás en mis manos. Lleva tú la corona, la de Castilla o la del Sacro Imperio, las dos si puedes, pero yo, seas consciente de ello o no, llevaré las riendas del poder —murmura, pero solo lo oyen las gaviotas.

Muy lejos de allí, a bordo de una coca genovesa, Miguel se lleva otra vez la mano a su oreja mutilada.

Tiene ganas de llorar. Bueno, eso no es una novedad ni algo excepcional, y menos teniendo en mente a los dos asesinos implacables que lo acompañan en tan largo viaje.

Asomado a la borda de la nave en la que tomaron pasaje cuando llegaron a Valencia, su mente se ocupa de una sola cosa: cómo burlar a sus atormentadores.

A estas alturas, de una cosa está seguro: cuando deje de serles útil, lo matarán.

Conociendo al canónigo Martín Pérez, su muerte será horrible.

El mar amenaza con ponerse bravo. Desde el norte sopla un viento fuerte y a la cara del joven Miguel acude espuma arrancada de las olas.

Entonces, como si su memoria fuera refrescada por la tormenta que se aproxima, a su cabeza viene una frase de su añorado maestro, Julián de Ávila: «La mejor manera de escapar de una manada de lobos es arrojarles un pedazo de carne para que se lo disputen entre ellos».

Y al meditar en aquello, entre las lágrimas y las salpicaduras de espuma marina, le aflora una sonrisa.

Media hora más tarde, aprovechando que se queda a solas con Egidio el Nigromante, arroja el «pedazo de carne».

—¿Maestre Egidio? —dice extremando el respeto hasta tornarlo halago.

Egidio vuelve el rostro hacia el muchacho y arquea las cejas.

—Creo conocer dónde escondió en realidad Aristóteles su tesoro.

Ante aquello, Egidio se queda paralizado y su primera reacción, como esperaba Miguel, es mirar a un lado y a otro, para comprobar que Martín Pérez no anda cerca.

—¿Cómo has llegado a semejante conclusión?

—Gracias a los números de Aristóteles.

—No comprendo...

—Puedo explicárselo, maestre Egidio..., pero, para hacerlo, primero hay que restarle a tres uno. ¿O acaso no creéis como yo que dos es mejor que tres en cuestiones de tesoros?

Egidio se queda muy serio, como haciendo la cuenta. Luego, acerca su rostro al del muchacho y lo mira intensamente a los ojos.

—¿Y el conde de Lara? —pregunta en un susurro, como si don Nuño, allá lejos, en Sevilla, pudiera oírlos.

—Castilla está muy lejos de Grecia, maestre Egidio —le responde Miguel, sin apartar la mirada.

Egidio asiente despacio y una sonrisa lenta se abre paso en sus labios.

William de Amesbury, el asesino de Beatriz la Loba y jefe de los espías de Ricardo de Cornualles en Castilla, lleva diez años esquivando la muerte, concretamente desde el día en que le pusieron una soga al cuello por haber robado al barón de Lundunis.

No fue un robo fácil, y eso que William era conocido como el mejor ladrón de Inglaterra.

Que no fuera un robo fácil y aun así se llevara las joyas de la baronesa le salvó la vida.

Lo recuerda bien: la tosca soga lastimándole el cuello y la mirada satisfecha del verdugo al ajustarle el nudo son cosas que no se olvidan tan fácilmente.

—¿Alguna vez has hecho algo bueno, William? —le preguntó el muy cabrón del verdugo cuando se disponía a darle una patada al taburete donde estaba subido para que, al caer, se partiera el cuello.

—Una vez engañé a un niño —le respondió, y era cierto: aquello, engañar a un niño, era lo único bueno que había hecho en toda su vida.

El niño era su hermano pequeño, y la mentira, estaba seguro de ello, le salvó la vida, ya que tuvo que engañar al pequeño Thomas para que se quedara en casa de la señora Evans, en vez de seguir sus errantes pasos de ladrón por Inglaterra.

Con esa respuesta al verdugo habría acabado con su vida, ya que el muy cabrón le dio la patada al taburete y William quedó suspendido de la soga.

No se partió el cuello, pero la cuerda lo estaba ahorcando con lentitud, mientras él, como un pez fuera del agua, se debatía agitando las piernas y abriendo la boca en busca de un aire que no llegaba a sus pulmones.

Entonces el conde Ricardo de Cornualles intervino y ordenó que lo descolgaran.

—Eres demasiado bueno en lo tuyo como para irte tan pronto al infierno —le dijo cuando lo llevaron a su presencia y lo arrojaron a sus pies—. Además, allí no hay nada que robar, y yo necesito a alguien como tú a mi servicio.

Así comenzó a trabajar para el conde de Cornualles.

Ahora, diez años más tarde, está aquí, en Sevilla.

Sigue los pasos de una dama y su criada, que, escoltadas por un mesnadero del rey, visitan los puestos de los mercaderes de especias, los perfumistas, los sederos y los orfebres situados en torno a la catedral que dejó de ser mezquita tan solo once años atrás.

La pregunta es: ¿cómo raptarlas sin que nadie pueda explicarse su ausencia? Buena pregunta, ¿verdad? William, como siempre, ya tiene la respuesta.

Sancha no puede creer que el mundo contenga tantas maravillas.

Pero aquí, en Sevilla, de puesto en puesto, de tienda en tienda, sus ojos negros se agrandan más y más cada vez que un mercader se las muestra con una obsequiosa sonrisa: preciosos vestidos confeccionados en los talleres de Granada con seda e hilo de oro; abrigados mantos de Flandes de vivos colores y con las mangas ribeteadas con finas pieles de boreal zorro plateado; brocados, telas de algodón y muselinas llegadas desde Oriente; frasquitos de vidrio veneciano o de alabastro egipcio, rellenos con esencias de nardo, de sándalo, de jazmín o de rosas; brazaletes de plata maravillosamente cincelada por plateros mudéjares de Córdoba, anillos de oro con gemas de la India engastadas con primor...

Sancha nació pobre. Su padre, que quedó viudo cuando ella llegó al mundo, era el hombre más bueno del planeta, pero no tenía suerte.

Esa fue la primera dura lección que Sancha aprendió: los buenos, por lo general, no enamoran a la fortuna.

Así que solo les queda un camino, el de trabajar duro, y ella lo hizo desde chica.

Cuando su padre enfermó y vio venir la muerte, tenía solo nueve años.

Así que su padre, que era aparcero del caballero del rey, Tello Bermúdez, la encomendó a su protección.

Sancha nunca olvidaría ese día. Tello, tan alto y fuerte, y su padre, tan frágil y quebrado por los infortunios y la enfermedad, y ella, tan pequeña y asustada.

Tello, que percibía su miedo, se acercó a ella, se acuclilló para mirarla a los ojos y la tomó de la barbilla con un gesto suave que acompañó con una cálida sonrisa.

—No temas, Sancha, he jurado a tu padre que cuidaremos de ti. Ahora servirás a mi hermana, la dama Isabel, y nunca te faltará nada mientras yo tenga los pies sobre la tierra.

Eso fue lo que le dijo y ella le devolvió la sonrisa. Comprendió, con esa certeza que poseen los niños, que era cierto lo que acababan de decirle y que aquel hombre tan guapo, tan noble y valiente nunca la dejaría sola.

Puede que aquel día se prendara de él. Sancha no recuerda ya qué es vivir sin estar enamorada de Tello Bermúdez, y ahora, cuando su ama, la dama Isabel, elige para sí un frasco de esencia de nardo, sueña con que es ella quien se pone el perfume en su moreno cuello, entre los senos y los negros cabellos, para que él, Tello, no quiera otra cosa que besárselos.

Pero son sueños... Ella es solo una criada huérfana, y él, un caballero del rey al que este, además, tiene en alta estima.

Tello nunca se dará cuenta de cómo lo ama y jamás consentirá en amarla.

Para él, ella lo sabe, solo sigue siendo una niña pobre y asustada.

—Es para ti, Sancha.

Sancha se queda helada y no acierta a responder a Isabel, quien, con una gran sonrisa, le tiende el frasco de esencia de nardo.

—Pero mi señora... —es lo único que finalmente logra decir.

—Llevas once años a mi servicio, Sancha, y no creo que tenga amiga más cercana que tú.

Al escuchar esa palabra en labios de la dama Isabel, amiga , a Sancha le acuden lágrimas a sus enormes ojos negros.

—Además, quiero premiar el valor que demostraste en la garganta de los Carneros. Si no me hubieras defendido como una leona, habría muerto allí. Fuiste muy valiente.

—Era mi deber para con vos, mi señora —se excusa bajando la cabeza, avergonzada por los elogios y la inesperada cercanía.

—Fue algo más que eso, Sancha, y ambas lo sabemos. Las dos nos quedamos solas. Tú perdiste a tu padre y yo al mío. Tras él, perdí a mi marido. Las dos sabemos lo que es amar sin esperanza, ¿verdad?

Sancha, sorprendida, levanta los ojos y su mirada se encuentra con la de Isabel. Ya no son dama y criada, sino dos mujeres, dos amigas, dos hermanas que comparten algo que no puede aguardar esperanza, pero por lo que seguirán luchando mientras tengan aliento y alma.

—No te pongas demasiado —dice entonces Isabel para aligerar el momento—, el nardo puede manchar la saya de seda de Granada que te pienso regalar también.

¿Vamos a por la saya y por una buena aljuba que combine con ella?

—concluye con un divertido guiño que pone tanta sorpresa e ilusionado brillo en los ojos de Sancha que Isabel no puede evitar echarse a reír.

Así, riendo juntas, escoltadas por el mesnadero, se adentran en un dédalo de puestos y tiendas.

Entran en una de estas últimas, una que regenta un mercader de sedas al que Isabel había enviado aviso y que aguarda junto con un diestro sastre para tomarle las medidas a una Sancha que acaba de aprender que los sueños, cuando no se abandonan, tienen por costumbre volverse ciertos.

Mientras Sancha hace realidad uno de sus sueños infantiles, vestirse como una auténtica dama, el sastre revolotea en torno a ella, alegre como un pájaro, haciéndolas reír con su cháchara y su marcado acento de Vizcaya.