Muerte en Toledo 7 #3
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—Y mucho más, mi señor rey —suelta el maestro moro con la mejor de sus sonrisas y deja a todos de nuevo al borde de ese vértigo tan peculiar que uno siente cuando lo más evidente y, por ende, lo más increíble, se te ha escapado—.

¿Recordáis, maestros en sabiduría, que los griegos usaban sistemas de números para designar a los planetas y a las constelaciones del zodiaco?

—Y Yehuda y Juan de Aspa, que sí estaban al corriente de tal cosa, asienten intrigados—.

Tres sistemas fueron usados: el que practicó Ptolomeo, el que usaban los pitagóricos y el que inventó Aristóteles —enumera al-Ricutí—.

Este último asignaba el número 1 a la Luna, ya que era el cuerpo celeste más cercano a la Tierra; el 2 quedaba reservado a Mercurio por la misma razón, mientras que Saturno, situado en una esfera más lejana, recibía el 7.

Centrémonos ahora en las estrellas fijas, en las constelaciones zodiacales que nombra Aristóteles en el críptico mensaje que encabeza su libro.

Bien, en este caso, Virgo se corresponde con el 6, Géminis con el 3 y Capricornio con el 10.

¿Me seguís, sabios compañeros? Recordemos de nuevo lo que Aristóteles escribió justo antes de morir: «Este libro fue ocultado a los hombres cuando Mercurio estaba creciente en Virgo, la Luna estaba en Géminis bajo la regencia de Mercurio y Saturno estaba en Capricornio, conformándose así los astros en una configuración favorable».

Y ahora pongamos todo eso en cifras conforme al sistema ideado por el gran filósofo: Mercurio en Virgo sería 2 más 6 igual a 8; la Luna en Géminis se correspondería con 1 más 3 igual a 4, y Saturno en Capricornio con 7 más 10 igual a 17.

Por tanto, 8 más 4 más 17 igual a 29. Ahora quedaos con esas cuatro cifras: 8, 4, 17 y 29, y a todo esto sumemos a continuación las crípticas palabras que también escondió el Estagirita en su libro: «14 Daisios , 14 heliostásion .

El Delfín señala y prevalece a orillas de mi tormento».

Nuevo reflexivo silencio. El rey, Yehuda y Juan de Aspa parecen sumidos en un inquisitivo sueño de tan inmóviles que están rumiando lo que acaban de oír, mientras que a Tello le vuelve a doler la cabeza.

Frecuentar sabios suele tener esas consecuencias; y arriba, entre tablas y vigas, donde nadie lo puede ver, el inglés ha llegado a la conclusión de que, después de todo, está perdiendo el tiempo, pues eso es lo que uno hace cuando espía a una pandilla de locos.

—Ya sabemos que 14 Daisios es 14 de septiembre, y que 14 heliostásion marca los siete años que transcurrieron desde que Alejandro convirtió a su maestro Aristóteles en el hombre más rico de Atenas y el día de su suicidio.

En ambos casos el 14 de septiembre —expone el maestro andalusí—.

Prosigamos. Evidentemente, el lugar «de mi tormento» es allí donde Aristóteles terminó exiliado y donde halló la muerte: la ciudad de Calcis, a orillas del canal del Euripo.

Pero ahora os invito, maestros de sabiduría, a que recordéis qué significaba «el Delfín» para los griegos —los anima al-Ricutí, pues comprueba que sus compañeros, pese a su exposición, siguen sin ver clara la respuesta al enigma que a él le parece tan obvia y cristalina.

—El salvador. El animal que auxiliaba a los náufragos y los conducía a la orilla —apunta al fin, emocionado, el chispeante Juan de Aspa.

—¡En efecto! —aprueba al-Ricutí—. Es la constelación ideal para señalar el camino a quien debe situar con precisión un lugar en el mar.

De hecho, algunos griegos le daban también el nombre de «El tridente de Poseidón» porque los marinos la usaban para fijar su posición.

Y es que, sin duda, si estamos en el Euripo la noche del 14 de septiembre, sus estrellas nos señalarán el punto justo desde donde Aristóteles inició el ingenioso juego matemático.

¡Ese con el que ocultó el punto exacto del peligroso canal del Euripo en el que escondió su tesoro!

¡Allí está! ¡En el mismo lugar al que tantas horas de estudio dedicó antes de quitarse la vida!

¿Entendéis? ¡A Aristóteles le importaban un rábano las corrientes marinas, lo que estaba estudiando era el lugar más idóneo para que nadie, nadie, pudiera apoderarse de su tesoro!

¡Y por eso escribió 14 Daisos , es decir, 14 de septiembre, delante del Delfín!

Esa es la clave: medir desde el lugar que esa noche señala tal constelación.

—¡Por Dios que lleváis razón! ¡Sin duda esa noche la constelación del Delfín parecerá como si se zambullera en las aguas del Euripo!

¡Justo en el punto desde donde la mediría el Estagirita!

—concluye entusiasmado el viejo Yehuda con los ojos abiertos de tanto asombro y vislumbrando ya el lugar al que los conducirá tanto acertijo.

—¡Esto es maravilloso: la pequeña constelación del Delfín, situada casi en el ecuador celeste, nos señalará dónde comenzar a buscar!

—añade Juan de Aspa, innecesariamente, pues ya se ha dicho, pero con un entusiasmo desbordante, ya que está feliz como un niño.

Da un salto pese a sus sesenta y tres años, y abraza con efusión al maestre moro.

—¿Qué tienen que ver los números antes obtenidos con el Delfín y el lugar que buscamos? —pregunta el rey, quien, por muy sabio que se tenga, está por completo perdido.

—El Delfín señala el lugar a partir del cual se debe contar, mi señor rey —le contesta al-Ricutí, pero Alfonso se queda igual.

—La noche del 14 de septiembre esa constelación, al emerger en el cielo nocturno, señalará un lugar concreto, como ya se ha dicho, pero a partir de él, con precisión, se podrá medir y segmentar todo el canal del Euripo. Será como el punto de apoyo de un compás —le aclara, a su vez, Juan de Aspa.

Como Alfonso no termina de relacionarlo, Yehuda acude también en su ayuda.

—Es evidente, mi señor rey, que Aristóteles observó que las estrellas de la constelación del Delfín señalaban un lugar preciso, y ese lugar, por lo que podemos deducir, resultó ser un promontorio desde el cual ver todo el canal del Euripo.

Esto le facilitó dividirlo en 29 segmentos iguales que no eran sino la expresión matemática de la configuración de planetas y constelaciones que reflejó en la primera línea de su libro: «Este libro fue ocultado a los hombres cuando Mercurio estaba creciente en Virgo, la Luna estaba en Géminis bajo la regencia de Mercurio y Saturno estaba en Capricornio, conformándose así los astros en una configuración favorable».

Si ponemos eso en números siguiendo a Aristóteles, obtenemos que Mercurio en Virgo nos da 2 más 6 igual a 8; la Luna en Géminis se correspondería con 1 más 3 igual a 4, y Saturno en Capricornio con 7 más 10 igual a 17, y sumando los tres resultados obtenidos llegamos a 29.

—No comprendo... —balbucea el rey.

—Volvamos a los valores numéricos de planetas y constelaciones que antes citábamos.

¿Qué resultados obteníamos de sus sumas?

Cuatro, ocho y diecisiete. ¿Bien? Recordemos también que hemos establecido la constelación del Delfín como el lugar exacto desde donde debemos dividir el canal del Euripo entre tantas partes como nos da la suma de esas tres cifras: 29.

¡Y ese resultado, a su vez, señalará el punto exacto donde se hallan las ocultas riquezas!

—Lo que es arriba es abajo —se le escapa a Juan de Aspa, enamorado del ingenio del gran Aristóteles.

Pero el rey sigue con la boca abierta y Tello acaba de concluir que prefiere cargar él solo contra diez caballeros enemigos antes que tener que vérselas con los acertijos de Aristóteles.

—Es un comienzo, por supuesto —concede al-Ricutí—.

Primero tendremos que estar allí en la fecha prevista, hallar el promontorio desde el que Aristóteles midió la altura de la constelación del Delfín y proceder a segmentar en veintinueve partes el Euripo y dilucidar luego si, como sospechamos, el tesoro se halla bajo la porción que se corresponda con la que hace tal cifra, bajo las tumultuosas aguas del Euripo.

—¿Y cómo se puede buscar un tesoro bajo el mar? —se atreve entonces a preguntar Tello, y todos se vuelven hacia él. El rey sabio y los tres maestros se quedan en prudente silencio. Hasta los más sabios carecen de respuesta para esa pregunta.

Tampoco tiene respuesta el inglés, quien, tras esperar a que el rey y sus sabios se vayan a la cama, repta de nuevo hacia la salida de su escondite.

Entonces, al salir a la madrugada y bajar de nuevo al patio donde murmura la fuente de blanco mármol, recuerda a las mujeres y concluye que no le va a quedar otra opción que raptar a una de ellas para desenredar tal enmarañada madeja de números, acertijos y estrellas.