Muerte en Toledo 7 #2
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Al-Ricutí se inclina ante su rey, tras lo cual saluda con cariño y respeto al viejo Juan de Aspa y a Yehuda ben Moshe, que ya están acomodados en sillas exquisitamente labradas.

El maestro andalusí, con el auxilio de Isabel y sus habilidades matemáticas, ha seguido dándole vueltas a lo que en realidad quería ocultar Aristóteles, señalando determinados planetas y constelaciones.

Cree tener la respuesta y se permite una sonrisa de suficiencia al pedir permiso al rey para anunciarlo.

—Mi señor rey, he resuelto qué quería decir de verdad Aristóteles cuando anotó «14 heliostásion».

Ante semejante afirmación, todos, incluso el rey, se echan hacia delante en sus asientos en un gesto tan inconsciente como natural que el andalusí parece paladear como un buen vino, pues alarga la expectativa pausa antes de continuar.

—Comenzaré por deciros a todos que teníais razón cuando concluisteis que indicaba un periodo de siete años.

¿Cuál era ese periodo? Os lo diré ahora: el que media entre el momento en que Aristóteles recibió el espléndido regalo que le enviara Alejandro y el de su muerte junto al canal del Euripo, en la isla de Eubea, a la que ahora llamamos Negroponte.

Fue en septiembre del año 329 antes del nacimiento del profeta Isa, a quien los cristianos llamáis El Cristo, cuando Alejandro Bicorne hizo llegar a su maestro los ochocientos talentos de plata.

Y justo siete años más tarde, el 14 de septiembre del 322 antes de Cristo, fue cuando, según dicen, Aristóteles perdió la vida, desesperado por no ser capaz de resolver el misterio de las corrientes del Euripo.

—Pero eso, maestre, puede ser solo una casualidad —aduce el rey.

—«Este libro fue ocultado a los hombres cuando Mercurio estaba creciente en Virgo, la Luna estaba en Géminis bajo la regencia de Mercurio y Saturno estaba en Capricornio, conformándose así los astros en una configuración favorable.

Se hizo de este modo para que los secretos que contiene solo puedan ser desvelados por un rey amante de la sabiduría, que con este “tesoro” gane plenitud y felicidad» —recita al-Ricutí como respuesta y, ante la perplejidad que ello causa entre los presentes, añade—: Con ayuda de la dama Isabel, que ha resultado ser una excelente matemática, he estado haciendo cálculos y he concluido que la configuración astral que Aristóteles nos señala se repite cada pocos años y que, escuchad bien ahora, aconteció el 14 de septiembre de 329.

¿Comprendéis? ¡El mismo día en que Aristóteles recibió en Atenas el inmenso regalo que le hizo Alejandro!

Más aún, esa alineación de planetas y constelaciones se configuró de nuevo el 14 de septiembre de 322 antes de Cristo.

¡Justo cuando Aristóteles decidió dejar de vivir!

¿Casualidad? ¡Imposible! Así que creo que ese último día de Aristóteles, el 14 de septiembre del 322 antes del nacimiento de Cristo, fue aquel en el que «Este libro fue ocultado a los hombres cuando Mercurio estaba creciente en Virgo, la Luna estaba en Géminis bajo la regencia de Mercurio y Saturno estaba en Capricornio, conformándose así los astros en una configuración favorable».

No me cabe duda. Y añadiré más: ese día fue también el mismo en que Aristóteles, terminada la ocultación de su tesoro y concluyendo el libro que guardaba las claves para hallarlo añadiendo su enigmático inicio, decidió quitarse la vida para evitar así que aquellos que lo habían obligado a huir de Atenas y que lo acechaban en Eubea se lo arrebataran.

Silencio. Ese tan particular que provoca el asombro más completo.

—No puede ser casualidad... —murmura Yehuda, abstraído en las consecuencias de lo que al-Ricutí ha desvelado.

—Saturno, Mercurio y la Luna no pueden errar, los cielos no mienten —se le escapa a Juan de Aspa.

—No, no mienten, y Aristóteles tampoco —sentencia al-Ricutí—.

El gran filósofo tenía sesenta y tres años cuando murió y su muerte le sobrevino junto al lugar que más lo fascinaba: el Euripo, con sus poderosas y aparentemente caóticas corrientes.

Algunos señalaron que se obsesionó con su misterio, de tal modo que se consumió; otros que, desesperado, tomó veneno, y también hay quienes defienden que fue un fuerte dolor estomacal el que se lo llevó.

Pero yo os digo que eligió a conciencia el día de su muerte y que lo hizo como gozosa venganza contra aquellos que lo habían hecho huir de Atenas y lo seguían acosando en la isla de Eubea.

—¿Gozosa venganza? —pregunta el rey subyugado por la historia que el maestro moro cuenta.

—¿De qué otra forma denominarla? Pensad en esto, mi señor rey: todo el mundo conocía las enormes riquezas que poseía Aristóteles, pues no se recataba lo más mínimo en hacer uso de ellas.

Os pondré un ejemplo. En cierta ocasión, el gran filósofo acudió al mercado de esclavos de Atenas y, de una sola vez, compró mil esclavos 3 .

¿Imagináis cuánta plata tuvo que entregar a cambio?

No solo eso, los últimos años de su vida están repletos de derroche.

¡Le sobraba el dinero! Su tesoro no solo estaba integrado por los ochocientos talentos de plata que le regalara Alejandro, sino que ascendía a mucho más, gracias a los enormes estipendios y regalos que había recibido del padre de Alejandro, Filipo de Macedonia, y de tantos y tantos discípulos y admiradores adinerados que lo frecuentaban.

Al-Ricutí hace aquí una nueva y larga pausa.

Todos están embelesados escuchándolo. Los ha llevado al tiempo de Aristóteles y Alejandro, cuando el mundo era maravilla y los hombres caminaban junto a dioses, sabios y héroes.

El inglés no camina, está inmóvil, metido entre los huecos del entablado del techo que cubre la cámara, a donde ha llegado tras encaramarse al tejado, levantar unas tejas y arrastrarse como un gusano.

Uno grande, rubicundo y de ojos verdes que escucha con atención.

—Ahora bien, yo os pregunto: ¿dónde estaban esas enormes riquezas cuando Aristóteles se quitó la vida?

—retoma al-Ricutí lanzando una nueva cuestión—.

Como sabéis todos, el gran filósofo dejó escrito su testamento y este fue hallado y copiado por Diógenes Laercio, y por eso nos es conocido 4 .

Pero he aquí que, entre sus legados y disposiciones, nada dice Aristóteles del grueso de sus inmensas riquezas.

Lo que a sus deudos dejó no alcanzaba ni a cien talentos de plata.

¿Dónde estaba el resto? Evidentemente lo escondió porque temía que los atenienses, los mismos que querían condenarlo a muerte, aquellos que lo obligaron a huir de Atenas, terminaran por arrebatárselo.

Por eso lo ocultó y, como sabía que lo buscarían, lo escondió en un laberinto de enigmas y acertijos que solo alguien tan sabio como él pudiera descifrar.

—¡Eso tiene sentido, maestro al-Ricutí! —concluye Juan de Aspa con regocijo—. ¡Sin duda, el Estagirita se tuvo que reír a carcajadas desde la tumba viendo a los atenienses frustrados de lo lindo tratando de hallar su tesoro!

Entonces ríen, pues los sabios acostumbran a reírse con estas cosas.

Pero no el inglés. Ese no ríe, sino que escucha y, aunque entiende poco de lo que oye, palabras como inmensas riquezas y tesoro las comprende sin esfuerzo, y también guarda en su memoria, como oro en paño, los nombres de los lugares donde se ha de comenzar a buscar: Negroponte, Eubea, Euripo, Atenas.

¿Dónde diablos están esos lugares? Solo de uno de ellos tiene noticia, de Atenas.

Una ciudad de Oriente en donde los cruzados, cincuenta y más años atrás, fundaron un ducado tras tomar y saquear Constantinopla en 1204.

—Una nueva confirmación, pues, de que no andamos desencaminados y de que el tesoro existe —dice el rey de Castilla interrumpiendo las geográficas disquisiciones del espía inglés, quien, de nuevo, concentra todo su ser en tratar de oír a través del entablado y las vigas de madera sobre las que está tumbado.