Muerte en Toledo 7
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Entran en ella por la puerta de Córdoba.

Una de las que se abren en la enorme muralla almohade que, pese a sus casi dos leguas de almenas y colosales torres semirrímbicas, no es capaz de ceñir por completo la ciudad, que se desparrama fuera de ellas en arrabales como la industriosa Triana, en donde sus gentes se afanan fabricando cerámica.

La urbe cuenta también con una rica y populosa judería, y sus calles, sinuosas y estrechas, rebosantes de tiendas y talleres abiertos afuera, permiten ver a los industriosos artesanos mudéjares transformar la madera, los metales o la seda, en pedacitos de ensueño.

Por entre esas calles se desliza la enorme comitiva regia.

Mientras atraviesan el barrio oriental, una confusión de lenguas los envuelve: mudéjares que laboran en sus talleres abiertos a la calle y cantan en árabe; soldados, labradores y mercaderes cristianos que cambian noticias en castellano, y aquí y allá, por todas partes, grupos de mercaderes genoveses, franceses, ingleses, alemanes o judíos sefardíes que regatean acaloradamente el precio de un quintal de seda o de un cargamento de azúcar de la costa de Granada en una mescolanza de italiano norteño, francés, árabe, castellano y hebreo...

Esta ciudad es eso, el mundo entero en un solo lugar.

En tan increíble emplazamiento avanzan por calles tortuosas, a veces tan estrechas que parece que los balcones y las ventanas de las casas se tocan por encima de ellos.

Desde esta o aquella ventana, sobre torres y azoteas, ondean pendones de Castilla que parecen textiles testimonios de tan gran entusiasmo.

Sevilla es una fiesta y, metidos de lleno en ella, progresan hacia el suroeste.

Pronto las calles se vuelven más anchas bajo la larga sombra del minarete de la gran mezquita recién transformada en catedral de Sevilla.

Es un edificio portentoso, pleno de arcos de herradura ciegos, rimados por el azahar de los naranjos que besan las aguas frescas de una acequia que recorre un patio paradisiaco.

Tello, al mirar hacia el altísimo minarete destinado a ser gloria de la nueva catedral, lo ve coronado por tres esferas de bronce que, bajo los rayos del sol, relucen como oro tocado por la mano de Dios 2 .

Siguen al sur, hacia las calles que van a dar al río Guadalquivir, el rumor de cuyas aguas ya se presiente, pese al griterío de los sevillanos.

Es evidente que Sevilla aún ama a Alfonso X.

No en vano fue aquí en donde, en 1252, fue proclamado rey, y también aquí se alza un mágico palacio en el corazón del que fue alcázar de los califas almohades.

Por eso, en todo el trayecto, desde que entraron por la puerta de Córdoba hasta que han desembocado junto a la gran explanada tras la que se abre la puerta del Alcázar, las gentes aclaman al rey con entusiasmo, y, tras tan largo viaje, recibir tan alegre acogida a todos reconforta.

El aire de Sevilla es cálido y dulce. Huele a pimienta, a canela, a azahar, yeso fresco y cuero recién curtido; huele a jazmines, a rosas y a río abierto en lentos meandros ceñidos de barro.

A eso huele Sevilla, y las gentes que los vitorean son tan variadas como las fragancias: moros mudéjares que mantienen su fe y otros recién convertidos en cristianos, judíos sefardíes, vascos y gallegos, castellanos y catalanes, francos e ingleses, genoveses, pisanos, napolitanos y hasta algún que otro negro comprado por algún gran señor para darse importancia.

Y todos, sin excepción, aclaman a Alfonso.

El rey sabio, que se sabe tan poco querido en el resto de sus reinos, sonríe y alza la mano derecha en ademán de alegre triunfo.

Sevilla, más que ninguna otra, es su ciudad y su orgullo.

Confundido entre tan exaltadas multitudes, un hombre rubio, de rostro sonrosado y ojos verdes y fríos los observa con mirada de depredador.

Es el jefe de los espías de Ricardo de Cornualles, el mismo que asesinó a Beatriz la Loba en Toledo.

Cuando ante su atenta mirada pasan el rey y el señor de la casa de los Lara, hace una discreta seña a un vizcaíno que asiente con discreción y se escabulle entre el gentío.

¿Adónde va y qué traman? Lo siento, los espías no cuentan esas cosas.

Cuando el rey y su corte dejan a su izquierda las dependencias del viejo palacio del califa almohade para, a continuación, atravesar el patio del yeso y desembocar en el dédalo de jardines, patios y edificios del nuevo alcázar erigido por Fernando III y que Alfonso está ampliando, allí, barriendo entre columnas, subidos en un andamio o apresurándose en las cocinas, hay hombres que reciben oro de un vizcaíno y que obedecerán lo que disponga un inglés.

Se alojan allí. Un lugar que sigue creciendo, por así decir.

No hay día en que no se escuche el ruido del incesante trabajo que artesanos mudéjares y cristianos llevan a cabo en la gran fortaleza-palacio que se erige y despliega en una ensoñadora confusión de patios sombreados de naranjos, paredes cubiertas de yeserías geométricas y señoriales escudos, arcos de herradura, ventanas geminadas y salas de techos de madera tallada con lacerías.

Placentera y arquitectónica anarquía en la que se alternan los viejos estilos andalusíes y los nuevos llegados desde Castilla y Francia.

En aquel lugar de cuento, en habitaciones que giran en torno a un discreto patio gobernado por una fuente de blanco mármol, se alojan Tello y los suyos.

Fueron buenos días aquellos. Días en los que al-Ricutí terminó de recuperarse por completo.

En los que Isabel y el maestro moro recorrieron los jardines del alcázar soñando con un mundo que no existía y en el que hubieran podido amarse sin miedo a ser señalados.

Días en los que Tello sanó también de las heridas recibidas en el combate de la garganta de los Carneros, y en los que enseñó a Alvar la disciplina del acero y los principios de la caballería, cruzando espadas bajo una vieja torre almohade o hablando hasta tarde asomados a las calles de Sevilla desde las rojas almenas.

Mientras, Sancha, sin que aquellos lo advirtieran, los observaba con sus ojos negros encendidos por un mal de amor que no contaba con presente y que quizá nunca tuviera futuro.

Días, en fin, en los que Alfonso preparó todo lo necesario para recibir a su imperial prima, María de Brienne, y en los que sabios, caballero y monarca, en largos, nocturnos y secretos concilios, continuaron con el desciframiento de los misterios del códice de Aristóteles y con los preparativos de un largo y peligroso viaje a Oriente.

Llega la noche del inglés. Noche sin luna, preñada de sombras cargadas de azahar y rumor de fuentes, y, ajeno a esas cosas, los pasos de un espía o de un asesino, según convenga.

Por lo pronto, ha estado «entretenido» sorteando a los guardias del rey y al enjambre de sirvientes que trabajan en el alcázar de Sevilla.

Salta un muro, corre bajo una galería y, acuclillado entre unos naranjos para recuperar aliento, duda durante un instante si dirigirse a las habitaciones que ocupa don Nuño González de Lara para recordarle, con amabilidad, que distanciarse de Ricardo de Cornualles puede acarrearle graves, insuperables problemas de salud, o continuar hacia el lugar que le ha señalado el vizcaíno y en el que se reúnen el rey, el caballero y los sabios en torno al libro.

No tiene aún idea de qué trata ese maldito códice, pero las palabras de Beatriz la Loba sí dejaban clara una cosa: trate de lo que trate, guarda los secretos que llevan a un inmenso tesoro, y su señor, Ricardo de Cornualles, ya tiene suficientes problemas con Alfonso de Castilla como para que este último se los multiplique si logra echar mano de una enorme cantidad de dinero.

Así que esa noche, práctico como es, opta por ser espía en vez de asesino.

Deja las protectoras sombras que le ofrecen los naranjos, corre hacia una columna, trepa por ella y se encarama al techo de una elegante arcada por el que progresa hasta poder subir un poco más alto, hasta un tejado.

Desde este, se descuelga como un gato, hasta un segundo y más resguardado patio en el que una fuente de mármol blanco parece tener hechizadas a dos mujeres que hablan en susurros arropadas por las sombras.

Se trata de la hermana del caballero y de su criada.

Lo sabe bien, pues de ellas le ha hablado el vizcaíno.

Se pregunta si sería útil secuestrarlas.

Puede que sí. Puede que, teniendo a una o a las dos en su poder, pudiera chantajear al caballero y ponerlo así a su servicio.

Pensará en esa opción si esta noche fracasa o si no consigue toda la información que precisa.

Mientras el inglés atraviesa el patio como un fantasma y desaparece bajo una grácil arquivolta, en el extremo contrario, en una sala cubierta con vigas exquisitamente talladas y paredes cubiertas con tapices y yeserías, Alfonso recibe, una noche más, a los sabios y a su caballero.

Primero entran Tello y al-Ricutí. Los dos hombres, tan distintos entre sí, son amigos, pero la cada vez más evidente complicidad entre Isabel y al-Ricutí los ha distanciado al levantar entre ellos un invisible muro.

Ese que se alza cuando quien ama mucho a alguien teme que le hagan daño, y Tello, que sabe de amores imposibles, teme que la frágil salud de Isabel no soporte la desdicha de una relación prohibida e imposible.

No alberga ya duda alguna, Isabel y al-Ricutí se aman, y, aunque ellos creen, como todos los amantes, que disimulan su amor con acierto, quienes los ven son conscientes de que se mueren el uno por el otro.

—¡Bienvenidos seáis! —los saluda el rey tras una larga jornada atendiendo mil asuntos de gobierno y una cena bien provista de vino. Está de excelente humor y prescinde de protocolos que considera innecesarios entre sabios.