Muerte en Toledo 6 #3
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Cae. Mientras la oscuridad lo envuelve, resuenan cuernos de guerra y sus atronadores ecos le dicen, antes de perder el sentido, que vienen en su auxilio.

Nada siente cuando Sancha se arroja sobre él para cubrirle el ensangrentado rostro con desesperados besos, ni cuando su hermana Isabel lo toma de la mano que aún sujeta la espada y grita su nombre con supremo desgarro.

Nada siente, nada oye, nada ve..., excepto un interminable descenso al más negro abismo.

Mientras, entre las peñas, el ballestero huye.

Lejos, tan lejos como pueda, pues sabe que, después de su fracaso, no queda sitio para él en Castilla.

Al fondo de una profunda grieta abierta entre dos rocas oscuras, están los caballos de su partida guardados por cinco de sus hombres, quienes, al verlo venir corriendo, saben que todo está perdido y, sin querer aguardarlo, montan, huyen, abandonan y, de paso, espantan a los caballos que debían guardar.

No importa —o eso se dice mientras sigue corriendo—, pues, cuando llega a la grieta, bendito sea san Siro, aún queda un caballo en ella.

Y lo más importante, hábilmente escondida entre las ramas de la copa de una encina que sombrea el final de la angostura, está la alforja con las dos mil monedas de oro que prometieron pagar a los bandidos si les traían la cabeza de Tello Bermúdez y les entregaban el libro.

Con la prisa que suele traer consigo el miedo a que en cualquier momento te apuñalen por la espalda, desata el caballo, se sube a su lomo, se estira todo lo que puede para alcanzar las más altas ramas de la encina y, de entre ellas, con supremo alivio, extrae la alforja que lo convierte en un hombre rico.

Lo tiran al suelo.

—¿Adónde crees que vas, perro?

Quien le pregunta con una espada alzada para matarlo es el antiguo mameluco convertido en jefe de una de las partidas de bandoleros que contrataron, y es la suya una buena pregunta. Desde luego, pero el ballestero le responde como no esperaba que lo hiciera:

—A Oriente, a Acre. ¿Quieres volver a tu tierra siendo un hombre rico? —le pregunta a su vez.

El mameluco, que debe de rozar la cuarentena y que salió de Egipto cuando solo tenía veinte años, se lame los labios, dividido entre la desconfianza y una repentina nostalgia.

—¿Y por qué voy a confiar en ti? ¿Acaso no me sería más provechoso matarte y quedarme con todo el oro que llevas en esa alforja? —le espeta sin bajar la guardia y aprestándose a matarlo.

—¿Y dividir el botín con tus hombres? Sabes contar, ¿verdad?

Piénsalo: mil monedas de oro para ti y otras tantas para mí.

Viajemos juntos. Un hombre que viaje en soledad con tanto oro no llegaría lejos.

Cuando arribemos, tú podrás ir a Egipto o a donde te plazca y yo recalaré en el puerto de Acre, en donde un hermano mío sirve como mercenario del rey de Jerusalén.

Además, no soy un niño de pecho y, aunque solo cuento con una daga, matarme no te será fácil, y mientras lo logras o no, llegarán los demás y tendrás que repartirte con ellos las monedas.

El ballestero ha sido persuasivo y, aparte, el mameluco sabe contar.

Entonces, se van. Dos hombres audaces, sin escrúpulos ni piedad, atraviesan los montes en dirección al primer puerto de mar que puedan encontrar para embarcar hacia San Juan de Acre.

Esa noche, Tello abre los ojos y se encuentra con la sonrisa de Yehuda ben Moshe, el médico del rey. Un poco más allá, están los demás, Isabel, Sancha, Alvar, Juan de Aspa y al-Ricutí. Y para sorpresa de Tello, también está el rey.

—¡Dios sea alabado! —exclama Alfonso—. ¡Volvéis de la muerte!

Tello no está muy seguro de eso, pero, como le duele hasta el aliento, concluye que debe de ser cierto.

—¡Habéis preservado el libro, y por tal hazaña os entregaré un señorío! —promete el rey, y lo hace con lágrimas en los ojos.

Tal vez las que haya derramado por el maestro Pedro de Regio.

Quizá ni sepa que Ramiro yace ya enterrado ni que veintiséis de los cuarenta mesnaderos que le confió a Tello dejaron sus huesos en las soledades de la garganta de los Carneros.

Es bien sabido que los reyes nunca se preocupan por esas cosas.

—Nos estaban esperando, mi señor rey —es lo único que acierta a decir.

Alfonso asiente y en sus ojos, además de lágrimas, se enciende la rabia.

—Lo sé, y antes o después sabré quién ha sido y lo condenaré a la peor muerte que sea capaz de encontrar.

—Tuvo que ser don Nuño González de Lara... —se atreve a deslizar Tello.

El rey tarda mucho en responder a su acusadora insinuación y, mientras tanto, un relámpago de sentimientos encontrados le cruza las facciones.

—Es posible... —concede—, pero también pudo ser mi hermano Enrique, o mi suegro, Jaime el Conquistador, o ese perro inglés de Ricardo de Cornualles.

Cualquiera de ellos desea mi ruina y todos cuentan con espías y oro más que de sobra para pagar asesinos —concluye, y se le ve muy agotado—.

Pero ahora tenéis que descansar. Acamparemos aquí tres días antes de cruzar Sierra Morena y emprender el descenso hacia las campiñas de Córdoba y Sevilla.

Y diciendo aquello, los deja a solas, se lleva consigo la decepción de saberse traicionado por un amigo o un pariente cercano y la inquietud de no estar por completo seguro de su identidad.

Así fue. Tras tres días de descanso, emprendieron de nuevo el viaje y al fin, acompañando a abril, entraron en Sevilla.