Muerte en Toledo 6 #2
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—¡Matad, matad, matad! —chilla Yáñez mientras arrastra ladera abajo su pie deforme para echarse sobre Tello desde una roca que se asoma al sendero.

Entonces salta desde la gran piedra y vuela como lo haría un buitre deforme e impacta con tal fuerza sobre Tello que lo descabalga y los dos ruedan, aplastando jara y brezo, pendiente abajo hacia el barranco.

Mientras se voltean, se dan puñetazos, se muerden, se endosan cuchilladas que tratan de atravesar las apretadas anillas de hierro de las cotas de malla, atacándose con frenesí y con toda la brutalidad que encuentran en sus entrañas, cayendo al agua del somero arroyo que los envuelve con su frío y de la que se alzan chorreando y buscándose con los aceros.

—¡Hijo de puta! —grita Yáñez.

Pero Tello ni le contesta. Él habla con la espada, y esta, haciendo silbar el aire quieto del desfiladero, destroza el hombro de su enemigo y, de inmediato, en un centelleo que Yáñez no advierte, se alza de nuevo la larga espada del caballero para destrozarle la boca al lisiado cuando este chillaba de dolor y miedo.

Tello recupera su hoja y, sin detenerse un momento, trepa por la pendiente del barranco para volver al sendero.

Allí encuentra un torbellino de hombres que se matan con saña y, entre ellos, ve a Alvar que, interponiendo su caballo, trata de proteger a su madre y a Sancha.

Pero es imposible salvarlas: son demasiados los que atacan y uno de ellos burla la guarda de Alvar, tiene ya a Sancha cogida por los negros cabellos y se dispone a degollarla.

Lo habría hecho si Isabel no se le hubiera echado encima para sacarle los ojos con las uñas.

Inútil, el bruto se la quita de encima dándole tal golpe en la sien con el pomo de su bracamarte que Isabel cae fulminada.

El implacable asesino aferra de nuevo a una Sancha que, en vez de huir, trata de ayudar a su señora, quien, ahora sí, siente el filo del acero en la garganta.

Así muere. El asesino que iba a degollarla muere.

No porque lo alcance Tello, que aún sigue tratando de salir del barranco, sino porque el viejo Juan de Aspa, pese a su hábito de monje y a sus muchos años, le ha metido en la cara el palmo de hierro de la moharra de una azcona que ha recogido del suelo.

—¡A mí, hombres del rey, a mí y por Santiago! —grita ahora Tello, que ya está de nuevo en el camino matando sin freno, tratando de reunir en torno a él a su mesnada.

Aunque son pocos, los manda el mejor caballero de Castilla y, ante ellos, aunque son muchos, solo tienen a rufianes y bandidos que hace años que olvidaron lo que era enfrentarse en batalla a hombres bien adiestrados que tienen por oficio la matanza y, por solaz, el júbilo del combate.

Se batalla en una senda coronada de águilas.

Espadas, azconas y hachas siembran el serpenteante sendero de sangre y cadáveres, y los ecos de los gritos de batalla aturden a los hombres, que luchan como demonios entre peñas negras mientras los sobrevuelan los buitres que, pacientes, aguardan saciarse con su carne.

Entonces, Tello, fuera de sí, enajenado porque ha visto caer a su hermana, es espuma de cólera en los labios, hierro afilado blandido a dos manos y ojos de fuego que, desde las profundidades de un yelmo con cimera de rugiente oso, fulminan a quien se le opone.

Pese a su destreza y su furia, pese a que sus hombres luchan con desesperada valentía, el camino es estrecho, y los enemigos, muchos.

Así que los de Tello han sido desbordados, rodeados y diezmados.

Mientras tanto, en el carro, al-Ricutí defiende el libro.

Sus piernas no le han permitido echar a correr para tratar de ayudar en el sendero, pero sus manos han tenido suficiente fuerza como para empuñar la lanza que se le cayó al conductor del carro cuando un virote le atravesó el pecho.

Ahora, por primera vez en su vida, empuña un arma y, por primera vez también, mata a un hombre.

Pero no es un hombre quien a continuación lo enfrenta, sino un diablo de ojos fríos que, apuntándolo con la ballesta, ha sellado su destino.

Lejos, una legua por delante, hasta la salida del desfiladero llegan los apagados ecos de la batalla que se ha desencadenado en el corazón de la garganta de los Carneros.

El rey, inquieto, manda tocar el corno y enviar un centenar de caballeros y otros tantos peones en socorro de los que han sido atacados, y a su vera, impasible, don Nuño de Lara reza para que el ballestero y Yáñez hayan tenido tiempo de matar a Tello Bermúdez y apoderarse del libro.

El virote alcanza a al-Ricutí en el hombro y lo derriba en el interior del carro.

Allí, su sangre salpica el cofre donde se guarda el códice, pues Tello, inquieto, se lo había confiado previamente a su entrada en el desfiladero.

Antes de que el maestro moro pueda incorporarse siquiera, el ballestero, cuchillo en mano, ya está sobre él, y la hoja afilada golpea sin misericordia.

Sin embargo, antes lo hace el palo que Pedro de Regio descarga en la cabeza del genovés.

—¡Maldita sea tu sangre! —exclama el ballestero revolviéndose y matando de una seca puñalada al viejo sabio calabrés, quien cae fulminado—. ¡Y ahora morirás tú! —brama el asesino arrancando el arma y girándose de nuevo hacia el moro murciano.

Pero al-Ricutí se ha arrastrado a toda prisa hacia el fondo del carro llevándose consigo el cofre, en un desesperado intento de escapar por la trasera del carromato.

Mas no irá a ninguna parte: el ballestero, estirándose, lo ha aferrado por el talón y se lo retuerce para inmovilizarlo y matarlo a cuchilladas.

No obstante, la desesperación le da alas al moro y, de paso, lo provee de diestras patadas, y con una de ellas acierta en la cara del ballestero, le rompe la nariz y logra tiempo para arrojarse fuera del carro.

Al caer, se le va el cofre, que se rompe al impactar contra una piedra.

Entonces, liberado el viejo códice, el libro más preciado del orbe, se va cuesta abajo resbalando entre la jara y la sangre, y sobre ellas se dispone también a morir al-Ricutí.

El ballestero ya está allí, monta con rápidos y hábiles movimientos su ballesta, la apoya en la nuca del andalusí, y presiona el gatillo para ejecutarlo.

Unos pasos por delante, Tello se abre camino a base de devastadores mandobles hasta donde ha caído su hermana.

Allí, como una leona, Sancha blande una daga defendiendo el caído cuerpo de su ama, y el caballero se sorprende al verla así, salvaje y bella como el mar en la tormenta; y a la vera de la muchacha, Alvar llora y mata.

Lucha por su vida y por la de su madre, y a sus catorce años solo le sale matar como un loco furioso y llorar como lo que en realidad es: un ser inocente que se hace adulto de la peor manera posible.

Tello no es inocente, sino que es un ángel exterminador y trata de llegar hasta ellos para salvarlos. Acuchilla, destroza, pisotea, maldice, escupe sangre y mata. Sobre todo esto último, con la espada, con la daga, con las manos enguantadas en hierro y cuero, con todo su ser, mata y mata.

Así, rugiendo, fuera de sí, con la espada esparciendo sangre y vísceras, Tello llega hasta donde yace Isabel. Está viva.

—¡Gracias a Dios! —grita de alivio al ver que su hermana, defendida por Sancha y Alvar, se levanta.

Entonces, en el cénit de la curva del sendero, alcanza a ver, a unos pasos de donde se encuentra, el libro tirado sobre la jara y a al-Ricutí tratando de abrazarlo para ponerlo de nuevo a salvo, pero tras el andalusí, buscando su nuca con la ballesta, Tello también ve a un hombre grande y pelirrojo.

No hay tiempo para nada. No lo piensa, actúa y echa atrás el brazo que empuña la daga, y la lanza.

La hoja de acero vuela y, a la par, el dedo del ballestero aprieta el gatillo de la ballesta.

Sin embargo, el pasador se encasquilla.

—¡Maldición! —chilla el genovés y, de pura frustración, arroja a un lado el arma y echa mano de un bracamarte.

Aun antes de que termine la frase y de que su mano empuñe el bracamarte, la daga de Tello se le hunde en el brazo derecho y lo obliga a retroceder en busca de amparo entre la floresta, mientras llama a roncas voces a sus hombres para que lo socorran.

La batalla sigue. Tello, ahora a horcajadas sobre el libro y al-Ricutí, se arranca el yelmo con rabia y se lo tira a sus enemigos, desafiándolos con una carcajada tétrica y feroz que les hiela la sangre.

Tello está poseído por el demonio del combate y, aunque él no lo sabe, por sus venas corre sangre belicosa y antigua.

La misma que alentó a los reyes y los héroes de los días antiguos y que tantas veces ha manado de la tierra brava de Espanna para realizar hazañas.

Poseído por una niebla roja, encomienda a cuervos y buitres el destino de la horda de salteadores que caen sobre él desde todos los lados.

Silba la espada del caballero, y aquí y allá, cuando besa otros aceros, arranca chispas o atrae hacia sí resplandores robados al moribundo sol de la tarde.

Mientras mata defendiendo a los suyos y cumpliendo lo que juró a su rey, el mundo se vuelve oscuro torbellino, y la sangre que se le escapa, los golpes que sin cesar recibe, le nublan la vista y lo encaminan hacia el supremo abismo.

Se hundirá en él, pero se llevará por delante a cuantos pueda.

Él es Tello Bermúdez, caballero del rey y campeón de Castilla.