Muerte en Toledo 6
43%

6

Esa mañana, al amanecer, la comitiva regia dejó atrás los campos del Guadalmez y se internó en la garganta de los Carneros.

Tello y los suyos aguardaron con paciencia su turno, pues el rey, la corte y los grandes nobles debían pasar primero.

El lugar era tan bronco y estrecho que tardarían horas y horas en cruzarlo, por tanto, era imposible pasar todos juntos.

No quedaba otra opción que esperar a que el zigzagueante y estrecho camino quedara de nuevo libre y expedito.

Asfixiada entre peñas oscuras va la senda.

A sus lados, agobiándola, se tienden las ramas de las encinas, de los madroños, lentiscos y quejigos, y las jaras, cargadas de pegajosa resina.

Estorban el paso de las ruedas de los carros, que apenas tienen espacio para pasar por un camino pegado a un barranco en cuyo fondo rumorea un riachuelo entre chopos y helechos, y gira y gira sobre sí mismo, mientras rocas descomunales y pétreas paredes recogen ecos que atemorizan a los viajeros que se internan en la garganta de los Carneros.

En el interior del desfiladero, cabalga tras el rey don Nuño González de Lara.

Escudriña con atención los cerros buscando dónde se ocultan los hombres a los que ha pagado para que, cuando les toque pasar a Tello Bermúdez y los suyos, caigan sobre ellos como lobos hambrientos.

Mas nada ve y sonríe, sus asesinos están bien escondidos y su habilidad para no ser vistos es aviso de que son gente que sabe matar.

Y eso a él, que siempre le ha gustado gastar con tino el dinero, lo satisface sobremanera.

Avanza el día. La cabeza de la columna regia tarda mucho en pasar y no es sino hasta la primera hora de la tarde que el sendero que cruza la garganta de los Carneros queda despejado para que el siguiente grupo, el de Tello Bermúdez, afronte el paso.

Tello, que ha ordenado a sus hombres que se revistan con las cotas de malla y lleven dispuestas las armas, da entonces la orden de internarse en el paso por la estrecha senda deshecha debido al transitar de tantas carretas y caballerías.

En realidad, casi no hay suelo firme y espacio para que pasen sus dos carros.

Tienen por delante una legua de mal camino y tan ceñido por los montes y la espesura que, si a una de las carretas se le parte un eje o se le rompe una rueda durante el trayecto, sacarla de allí será imposible.

Al fondo, en el lecho del barranco, sin que las jaras espesas permitan verla, suena la corriente de agua que cava con paciencia su cauce.

Arriba, por encima de ellos, arañando los cielos, peñas oscuras y una umbría de encinas que oculta hondonadas y trepa rompiendo en mil fragmentos de oro y verde la luz plena de la tarde.

Huele a resina de jara, a savia de brezo, a esencia de romero y a piedra arropada por húmedo musgo, y el aire que respiran, de tan calmo, parece detenido, inmóvil como tiempo desechado.

Siguen avanzando. Paso tras paso por el estrecho sendero, revuelta tras revuelta, bajo las peñas morenas y las redondeadas copas de las encinas, y de repente, a un lado del camino, empujado para dejar paso, yace el cuerpo de un mulo que se rompió una pata, sacrificado por los que ya han pasado.

—¡Cuidado con los carros! —advierte Tello, pues en la siguiente curva el sendero se estrecha aún más si cabe y la vegetación se agolpa de tal manera que parece que se internan en un túnel vivo hecho de quejigos, terebintos, brezos y jaras.

Es un lugar inquietante aquel desfiladero, y allí, cada pisada de caballo, cada giro de rueda de carreta, cada palabra y hasta la respiración de los hombres, se transforma de inmediato en eco.

Y este crece y se multiplica, y rebota mil veces contra las grandes rocas y se dispersa de tal forma que uno no puede saber si fue quien emitió el sonido o si procede de cien lugares distintos.

Tello se está poniendo nervioso. Es un lugar perfecto para tender una emboscada, demasiado...

Y aunque no puede verlo, pues el sendero apenas permite que vayan en fila, sabe que Ramiro, detrás, cabalga igual de alerta e inquieto.

A tres pasos van Ramiro y Alvar, y tras ellos, a otros diez, camina Isabel delante del primer carro.

A su lado lo hace Sancha y, por detrás de ellas, con dificultad por sus muchos años y por el mal estado del camino, van los tres sabios.

Al-Ricutí está en el pescante del carro, sentado junto al conductor.

Sus piernas, aún resentidas, no le permiten andar por tan malos parajes.

Grazna una corneja. Isabel mira a un lado y otro.

Algo la inquieta. Algo que le dice que será el último de los días de su vida.

En algún lugar de la floresta, se parte una rama de encina y toda una bandada de cuervos echa a volar graznando sobre ellos y en lo que puede verse de cielo.

Chillan las águilas que han colgado sus nidos de los riscos más altos y todo, de súbito, en aquella tarde, deja de oler a jara y hiede a muerte.

La Parca, en verdad, está muy cerca: agazapada en una hondonada, oculta entre las encinas, escondida tras las rocas, tendida sobre las cimas de las peñas...

La muerte son doscientos ocho asesinos comandados por dos hombres despiadados: Yáñez y el ballestero, quienes, desde su oculta guarida, aguardan su momento.

Se aproxima, y ahora, Tello y los suyos, dos carros, cuarenta hombres armados, dos mujeres y cuatro sabios afrontan el lugar más estrecho de la garganta de los Carneros: allí donde una cerrada curva de la senda los obligará a estirar al máximo su línea de avance y a que, cuando la cabeza de la pequeña columna pase dejando atrás la cola, ambas estarán encajonadas entre la pared de roca, la enmarañada espesura y el abismo del barranco.

Ahí es cuando el ballestero apresta su ballesta: echa al suelo la arbalestrilla y la aferra con fuerza a la par que clava su pie derecho en el estribo, el arco metálico situado en la punta de la ballesta, diseñado para meter el pie y tensar la cuerda del arco.

Esta última es llevada hasta la nuez, en donde la deja encordada, lista para propulsar con fuerza brutal el virote, que, con sumo cuidado, coloca en la reguera de la arbalestrilla, antes de echarse al hombro la pesada arma para apuntarla.

Apunta a Tello, que acaba de asomar por la cerrada curva, detiene su caballo, mira inquieto a un lado y otro sin ver nada; y Granizo, cuyos agudos instintos de bestia lo ponen también en alerta, dilata los hollares, echa hacia atrás las orejas y golpea con los cascos la tierra levantando ecos que hacen resonar la espesura y los farallones de roca oscura.

Lo tiene, pues el dedo del ballestero está en el gatillo y Tello está muerto.

Para que se cumpla su destino, el ballestero aprieta el gatillo, liberando el pasador para que la nuez suelte la cuerda y esta propulse el virote de pesada y puntiaguda cabeza de hierro.

Ya vuela la saeta hacia el caballero, que, sin saberlo, tiene en los pulmones su último aliento.

Virote que vuela y hombre que muere, pero no es Tello.

Ramiro, que había pasado tras su señor, ha perdido el control de su caballo asustado por el corcoveo de Granizo.

Aquel ha dado dos pasos adelante y situado a su jinete entre el caballero y la mortífera saeta.

Le da de lleno en el pecho, rompe los anillos de la cota de malla y el cuero del gambesón para ir a clavárselo muy adentro, quebrando músculo, hueso y entrañas al escudero.

Cae Ramiro de su caballo con golpe seco y convoca a la locura.

A una señal de Yáñez, un salteador corta una gruesa cuerda que sujetaba una recia encina a medio talar y, al terminar de quebrarse su tronco, cae sobre la senda cortando el camino tras Tello y los suyos.

Y entonces, desde todos los lados, sobre los viajeros llueven venablos, saetas y hombres rugiendo como bestias y cuyos alaridos, multiplicándose hasta el infinito en ecos que repiten las piedras, desconciertan y aterrorizan a sus víctimas.

Pero no a Tello. Tello ha visto caer a Ramiro, a su escudero, a su amigo, y la cólera, esa que lo posee en cada combate, le hace hervir la sangre.

Y con esa fuerza que solo te puede dar la rabia, desenvaina la espada y de un tajo desolador cercena limpiamente la cabeza de su primer atacante.

Vuela la cabeza un instante macabro en que parece suspendida en el aire: ojos desorbitados, desgreñados cabellos y barba conjuntados con una expresión de patético asombro.

Y cuando la cabeza cae, Tello ya está matando a su segundo enemigo y Granizo relincha con fuerza atronadora, y embiste a un tercero pisoteándolo con equina saña, hasta transformarlo en algo informe y ensangrentado.

Todo lo anterior da espacio y tiempo a Alvar.

El muchacho, que seguía a Ramiro, está asustado, algo lógico teniendo en cuenta que con solo catorce años ha visto matar delante de él a quien tenía por protector, maestro y hermano mayor.

Sin embargo, en el combate el miedo no es lo que importa, sino si se sabe o no sujetar, y Alvar, aunque no sea consciente de ello, lo hace con tino.

Y su espada, tan joven como su dueño, pues para él ha sido forjada, cae como guadaña en campo maduro de trigo, cortando aquí una mano, destrozando allí una boca abierta en un grito salvaje, allá partiendo el cuello de un moro bandolero y acá sacando chispas del arma de un gigante rubio que está empeñado en clavarle su bracamarte 1 .

Que se empeñe, tanto da, puesto que Tello acude en auxilio de su sobrino, y su furia es muerte forjada en acero de Toledo, y mientras mata, ruge como un león.

Brama y maldice, pues le han matado a su más querido amigo.

Detrás, su sobrino lucha por seguir vivo, y un poco más allá, su hermana Isabel, con el rostro empavorecido, los mira asustada.