Muerte en Toledo 5 #2
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Pues allí, no lejos de la población, en el costado de un cerro colorado coronado por un castillo, están las minas de rojo cinabrio que desde los tiempos de los romanos han hecho famosa y rica a Almadén.

Y desgraciados a los cautivos, penados y hombres desesperados que trabajan en ellas a cambio de un magro jornal.

Y es que el polvo de cinabrio y sus tóxicas emanaciones terminan por matar o por volver loco a quien pasa demasiado tiempo en aquel laberinto maldito de profundos pozos excavados en la roca, rojas galerías que se adentran en las entrañas de la tierra e inmensos socavones donde se pica sin descanso en busca del codiciado cinabrio.

Almadén, olor a metal maldito, a roca saqueada, a sudor de hombres agotados; y clamor de demonios engarzados en repiqueteo de picos y palas, de poleas chirriantes y crujido de serones de esparto acarreados por seres desfondados con los rostros teñidos con un polvo colorado que, brillante, los va envenenando.

Al pasar junto a una hilera de cautivos que regresan de su trabajo en los pozos y galerías, Isabel, sentada en el pescante del carro junto a Sancha y el viejo Yehuda, advierte cómo más de uno de aquellos desgraciados tiene las manos incontroladamente temblorosas y la mirada perdida, señales inequívocas del envenenamiento por mercurio.

—No tardarán mucho en morir —le señala con pesar el venerable Yehuda.

Isabel asiente y se persigna, pues son muchos los desdichados que muestran esos macabros síntomas.

—La codicia de los hombres es fuente infinita de crueldad —explica Yehuda—.

Sin azogue, sin cinabrio, no se podría laborar en las minas de plata y de oro, ni tampoco se podrían fabricar fármacos preciosos, ni tintas costosísimas, ni un sinfín más de mercancías valiosas.

A cambio, cada año, cientos de hombres se dejan aquí la salud, la cordura y la vida.

Esa noche, los fuegos de campamento, encendidos no lejos de los afloramientos del bermejo cinabrio, arrancan chispas y destellos de las vetas de mineral, y entre esas luces fantasmagóricas, Isabel y al-Ricutí hacen fluir sus miradas como mercurio líquido, amalgamándose con deseo.

Así, dos que se aman en secreto se buscan, aunque sea en mitad del más rojo infierno.

Al día siguiente, bajan al valle del Valdeazogue.

El río, rumoroso y claro, corre entre encinares y alcornocales y, de tanto en tanto, como si tuviera líquida memoria de una sangrienta batalla, arrastra consigo solitarias y rojas partículas de cinabrio.

Son aquellos campos la soledad infinita, y parece que ellos, los integrantes de la cada vez más deshilachada columna, son ya los únicos seres humanos sobre la faz de la tierra.

Al caer la tarde, justo antes de que el sol arda en el oeste, ven pasar un inmenso rebaño de ovejas conducidas por una docena de pastores que tienen como empeño llevar a sus cinco mil cabezas de ganado desde los pastos de Burgos hasta los del sur de Extremadura 1 .

Es, en verdad, una tierra salvaje y hermosa.

Aquí y allá, al pie de las arboladas colinas, se ven manadas de ciervos y gamos pastando, y a lo lejos, saliendo de una vaguada densamente cubierta de jaras, una jabalina atraviesa la dehesa seguida por sus jabatos.

De súbito, cruza una manada de rápidos encebros las arboladas pasturas como un centelleo dorado coronado por crines negras.

Roban el aliento de Isabel y Sancha, que nunca antes habían visto a los magníficos caballos salvajes de Espanna.

Cuando se aproxima la noche, acampan a la vera de las orillas del Guadalmez, cuyo curso alimentan las aguas del Valdeazogues.

Se hallan a una sola legua de la garganta de los Carneros, la cual tendrán que cruzar al día siguiente.

Tello deja a los demás montando el campamento, y galopa hasta la boca del desfiladero para, con la última luz, otear las soledades en donde presiente que lo aguardan la maldad y el acero.

Cinco horas más tarde, en el secreto de la madrugada, de pie ante la puerta de su tienda de rojo fieltro y seda, don Nuño González de Lara ve en la lejanía una luz que se alza a los cielos desde el seno de la profunda garganta de los Carneros.

El diminuto meteoro es en verdad una flecha con la punta envuelta en fuego, y el señor de la casa de Lara sonríe al verla, pues sabe que la ha disparado el ballestero conforme a la señal convenida.

—Mañana me cobraré venganza, Tello Bermúdez; será tu último día y el primero de mi camino hacia la regencia de Castilla —se oye decir a sí mismo en el sombrío silencio de su mente, y esa noche, don Nuño duerme feliz y tranquilo como un niño.

Mientras le desean la muerte, Tello, junto a su hoguera, taciturno, afila la espada.

A su lado, como siempre, Ramiro también se afana en bruñir sus armas y Alvar se entretiene arreglando una hebilla suelta de su cota de malla.

A continuación del danzante círculo de la candela, al-Ricutí debate con Yehuda, Juan de Aspa y Pedro de Regio sobre qué nombres tenían las distintas constelaciones en tiempos de Aristóteles, y lo hacen bajo la atenta mirada de Isabel, que se bebe todo ese conocimiento como si fuera preciada ambrosía.

Y justo enfrente de Tello, al otro lado del fuego, Sancha solo tiene ojos para él.

Junto a la hoguera, la muchacha sueña. Sueña con que Tello algún día deje de verla como a una niña, como a una sirvienta, y la mire como ella se siente, como una mujer que desea y que suspira por un hombre.

Crepita un tronco y desde su candente interior saltan chispas.

Tello alza los ojos y se topa con los de Sancha.

La muchacha es de una belleza casi salvaje: morena como las montañas que se alzan ante ellos, de ojos intensos como noche de invierno y boca que dibuja sueños.

Ahora, con las llamas danzando entre ellos, Tello, por primera vez en su vida, se percata de todo eso y un calambre extraño lo sacude por dentro y lo hace sentir sucio y culpable.

Es solo un instante, pero lo hiere en profundidad, pues Juana sigue ahí, en su corazón, clavada como un puñal.

Así que aparta sus ojos del hermoso rostro de Sancha y se concentra en dar filo a su espada.