Muerte en Toledo 5
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Y los días se suceden. Lentamente, a razón de unas tres o cuatro leguas por jornada, la enorme comitiva real de Alfonso X atraviesa los campos del reino de Toledo, aproximándose a Sierra Morena.

Cada tarde, cuando se acampa o cuando se entra en una villa, el rey manda hacer ondear el pendón real, y las gentes, curiosas de novedades, acuden de toda la comarca a ver a un monarca del que recelan y al que, cada día que pasa, detestan más y más.

Alfonso exige de continuo más y más dinero.

A los impuestos inclementes se agrega que, escaso de oro y de plata, el rey, dos años atrás, mandara acuñar moneda de mala ley, y eso, claro está, ha hecho subir los precios y los ha empobrecido a todos.

Súmese a lo anterior que el rey ha ofendido sin razón a su esposa, la reina Violante; a su propio hermano, Enrique, al que el pueblo adora, y a la viuda de su padre, doña Juana Danmartín, tan querida por las gentes sencillas, y se entenderá por qué en Castilla el pueblo ha pasado de aclamarlo con entusiasmo a recibirlo con frialdad.

Pero lo que más duele al pueblo es el asunto de la moneda, pues las viejas, de buen oro y buena plata, ya no salen de las cecas de Castilla, sino que han sido sustituidas por otras de baja ley con las que el soberano paga a jueces, oficiales, soldados y demás servidores de la corona, y se reservan para sus sueños imperiales las buenas.

De modo que del reino salen riquezas sin cuento hacia Alemania, mientras los labradores, pastores, artesanos, hidalgos y caballeros pasan penurias sin cuento.

A su vez, en cada villa, prudente y discreto, don Nuño González de Lara toma nota del descontento de las gentes de Castilla con su soberano y, en el secreto de su corazón, se siente satisfecho, ya que la tela de araña en la que quiere atrapar a Alfonso necesita de los hilos del descontento hacia el monarca.

Cuando esté tejida, cuando cuente con dinero para terminar de sujetarla en torno al rey, obligará a este a someterse a su voluntad y se presentará ante todos como el salvador de Castilla.

El hombre bueno y diligente que pone coto a los desmanes de un soberano que, incapaz de reinar con acierto, será mejor que se dedique a sus libros y deje las cosas del gobierno en manos del conde de Lara en favor del bienestar del pueblo.

Aunque ese pueblo no puede saberlo, Alfonso cree estar ya rozando con los dedos, por así decir, la solución a sus problemas: una montaña de plata lo aguarda oculta entre las páginas de un viejo libro.

Justo esa plata con la que comprar su ansiada corona imperial y volver a acuñar moneda de buena ley que embride los precios en Castilla y devuelva a todos la prosperidad.

Mas nada de eso se sabe, ya que el rey ya no confía en nadie: ni en su propia sangre, ni en sus amigos más próximos, sino tan solo en cuatro sabios a los que admira y en un caballero que nunca le ha fallado.

Ahora, cuando la noche es más recia, en soledad, en el interior de su espléndida tienda, plantada a tres jornadas de Almadén, Alfonso, décimo de su nombre, aguarda a los cinco hombres en los que deposita sus esperanzas de recuperar fama y fortuna.

Y no se engaña: aunque en toda la cristiandad se le llama «sabio» y se ensalza su docto dominio de las letras y la astrología, en su propio reino la discordia es dueña y señora.

De hecho, incluso su hermano Enrique está ahora mismo en Inglaterra urdiendo contra él conjuras con sus peores enemigos.

Del mismo modo, sus espías, ese mismo día, acaban de informarle de que Enrique se dispone a abandonar Inglaterra para ir a Aragón a pactar con Jaime el Conquistador una alianza que le permita destronarlo.

Y no solo debe protegerse de Enrique, del que se dice que anda en tratos carnales con Juana de Danmartín, la viuda de su difunto padre, sino que también debe recelar de su otro hermano, Fadrique, de los grandes nobles y, muy particularmente, de Nuño González de Lara, y esto último le duele en especial, puesto que en los demás nunca confió de verdad y, si es sincero consigo mismo, todos ellos tienen motivos sobrados para odiarlo, ya que con todos fue injusto en extremo.

Pero Nuño... a Nuño siempre lo ha querido como a su más fiel amigo y de él jamás esperó otra cosa que la que uno aguarda de aquel en quien más confía.

Ahora está solo; ya se sabe, un rey, antes o después, se queda solo.

A solas con el poder. Pero cuando no hay más compañero, más amante que ese, la amargura te llena el alma y solo la ambición te permite seguir adelante.

Por eso espera a cuatro sabios y a un caballero en mitad de la noche oscura para hablar de los misterios del libro secreto de Aristóteles y de los planes para desvelarlos y apoderarse así de una montaña de plata con la que enderezarlo todo.

Los guardias del rey dan el alto y, al escucharlos, Alfonso, sumido en sus amargas reflexiones, las aparta y se permite una sonrisa cansada: ya llegan Tello y los sabios.

Debe olvidarlo todo y concentrarse en el libro...

Una noche más, un rey ambicioso al que todos llaman «sabio» pone sus esperanzas en las páginas manchadas de sangre de un códice maldito por la soberbia y la codicia.

Al día siguiente, al caer la tarde, la octava desde que salieran de Toledo, al-Ricutí se siente lo suficientemente fuerte como para bajar por su propio pie del carro cuando este se aparta un tanto del camino para que todos puedan refrescarse junto a un pequeño curso de aguas cristalinas.

Es un dulce ocaso el que los espera. La luz, esa luz tan cierta que despierta los perfiles y alarga los horizontes, parece invitarlos a dar un corto paseo junto a las aguas vivas que corren entre álamos y sauces.

Aprovechando que las cabalgaduras y bestias de tiro aún abrevan, y que Tello y los demás se afanan con ellas, Isabel, escoltada por Sancha, con una sonrisa tiende la mano al maestro moro y juntos dan los primeros vacilantes pasos tras tantos días de guardar cama.

A al-Ricutí aún le duelen mucho las piernas, pero estar así, tomado de la mano de Isabel, paseando a la vera de los susurrantes chopos, le parece un sueño.

—Pronto acudirán las estrellas —comenta ella deteniéndose junto al pálido tronco de una mimbre y virando hacia el levante, que ya se baña en sombras.

—La mayoría de los sabios, Isabel, creen que esas luminarias están fijas en su lejana esfera, pero yo creo que se mueven y que Ptolomeo yerra en su idea del universo.

He observado, con mis ojos y con lo que anotaron los antiguos, que las estrellas nacen y mueren, y que, con el paso de los milenios, hasta mudan un poco de lugar en los cielos.

Ella sonríe, le gusta que él se atreva a confesarle sus teorías más disparatadas, esas que nadie más conocerá. Isabel va vestida de azul y dorado, y su rostro, pálido y un tanto demacrado por la enfermedad, parece recoger vida y brío del sol que agoniza.

—¿Seguís haciendo cálculos sobre lo que en realidad quiso decir Aristóteles al anotar en el códice la configuración de planetas y constelaciones?

—pregunta, pues al-Ricutí ha compartido con ella (otro secreto que compartir junto con el de su amor) lo que el rey, los demás sabios y Tello le han ido revelando.

—Sí, y creo haber dado con la respuesta. Pero necesitaré vuestra ayuda para confirmarlo.

—¿Mi ayuda? —pregunta, fingiendo que se extraña.

—Sois mejor que yo con los números —le concede, y es cierto: al-Ricutí nunca ha conocido a nadie que sea tan hábil con las cifras como ella.

Echando una rápida mirada de complicidad a Sancha, Isabel asiente, y él, rozando el paraíso, la besa hasta que las primeras estrellas los arropan con la noche.

Al día siguiente retoman el viaje por la dilatada llanura.

Conforme se aproximan a Sierra Morena, la tierra se muestra cada vez más despoblada.

Enormes dehesas se suceden ante sus ojos y, de tanto en tanto, rebaños de ovejas y vacas entorpecen su marcha.

Al pasar junto a uno de esos enormes rebaños de ovejas, uno de los pastores, fingiendo sujetar a un mastín, intercambia una significativa mirada con el conde de Lara, que así, de forma tan discreta, se entera de que sus asesinos aguardan en la garganta de los Carneros a caer sobre Tello Bermúdez para arrebatarle la vida y el libro.

Feliz por lo que anticipa, el señor de la casa de Lara compra cincuenta corderos a los pastores para ofrecer al rey y a su corte un banquete.

—Así, Alfonso, sin saber lo que haces, brindarás por el fracaso de tus planes —murmura don Nuño para sí con regocijo mientras paga a los pastores y manda a sus servidores que vayan por delante con los corderos para ir preparando el festín con el que agasajará al rey.

El viaje sigue como si no tuviera fin, y en la novena jornada, lentamente, la tierra comienza a elevarse de nuevo y se vuelve más bravía si cabe.

Para ese entonces, ya no forman una sola columna, sino varias que marchan con hasta una jornada de diferencia entre ellas.

Incluso ha habido quien, enfermo o agotado más allá de sus fuerzas, ha desistido de seguir a la corte y regresa a su casa.

Ese mismo día, pasado el mediodía, avistan los rojizos montes de Almadén y hasta ellos llega también el insano metálico olor de las emanaciones y humaredas que brotan de las minas.