Muerte en Toledo 4 #2
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—Mil monedas de oro ahora y otras mil cuando tengamos sus cabezas.

Eso es más de lo que todos juntos ganaríais como bandidos en todo lo que os queda de vida.

¡Dos mil piezas de buen oro por una sola jornada de matanza!

Y además os podréis quedar con los caballos, con las mulas y con todo lo que lleven encima o en los carros.

¡Con todo! Siempre y cuando no dejéis supervivientes.

Yáñez lo ha soltado sin bajarse del caballo.

Le gusta montar, pues sobre el lomo de una buena yegua se le olvida que tiene que arrastrar el pie izquierdo.

Ante él hay seis hombres. Bueno, también podrían ser seis bestias feroces.

Y es que los enmarañados y largos cabellos, las luengas barbas y los ojos encendidos de brutalidad y codicia que lucen les dan el aspecto de una manada de lobos famélicos desesperados por salir de un largo invierno.

Una manada brutal y peligrosa que va a entrar a su servicio.

—¡Pero que quede claro: nosotros estaremos al mando! —agrega a modo de conclusión que pretende no dejar duda alguna en la mente retorcida de los desalmados que está contratando.

A su lado, el ballestero se remueve sobre su caballo negro.

El genovés sabe mucho de mercenarios y bandidos, ya que esos han sido siempre sus oficios y, por eso, no desconoce que se están jugando la vida; un solo error y los salteadores que pretenden enrolar se convertirán en sus asesinos.

Están en mitad de la nada. En el interior de una densa espesura situada a veinte leguas 4 por delante de la comitiva regia.

Salieron a uña de caballo de Toledo y, tras tres jornadas sin descanso, contactaron con estos lobos sarnosos que ahora los rodean y que capitanean las bandas de forajidos más arrojadas de cuantas vagan por las soledades de los reinos de Alfonso X.

Asaltan viajeros descuidados y acechan las haciendas y aldeas más aisladas de las regiones fronterizas que se dilatan entre Sierra Morena y las montañosas lindes del reino moro de Granada.

Se trata de gentes sin señor ni Dios, que forman una mezcolanza violenta de moros y cristianos, de castellanos y aragoneses, de andalusíes, bereberes y hasta de algún que otro turco mameluco llegado a Espanna como mercenario del desaparecido califa de los almohades.

De hecho, solo una cosa los suma: que son gente desesperada y, a cambio de oro o de buena plata, roban o matan sin hacer preguntas.

—¿Cuántos hombres podéis reunir cada uno de vosotros?

Quien ahora pregunta es el ballestero. El genovés aún luce moratones en la cara y Yáñez sabe que se la tiene jurada y tiene que vigilar bien su espalda. Pero también sabe que, hasta que cumplan con la orden dada por el señor de la casa de Lara, el italiano no intentará ninguna sucia jugada.

Ante la pregunta del ballestero, los seis jefes de salteadores hacen sus cálculos y luego, desconfiados, se miran de reojo.

Pueden reunirse para dar un golpe, pero también son rivales, y desvelar a los otros sus verdaderas fuerzas puede ponerlos en riesgo al día siguiente de esta empresa, cuando, con las bolsas rebosantes de monedas, dejen de mirarse entre sí como aliados y vuelvan a ver a los otros como potenciales presas.

—Treinta —dice al fin uno de ellos. Un rufián gordo, bajo y de cara picada por la viruela que nació en Orgaz, aunque allí nadie lo recuerda.

—Veintitrés. —confiesa otro. Un moro bizco al que le faltan la mitad de los dientes.

—Dieciocho —agrega un aragonés de enredada y sucia barba negra al que le faltan dos dedos de la mano derecha.

—Cuarenta —dice el cuarto de los lobos. Otro moro que, por su rostro de pómulos altos, su rala barba y sus ojos rasgados, debe de ser uno de esos mercenarios turcos que los almohades trajeron, veinte y más años atrás, desde Oriente a Espanna para que luchasen por ellos.

—Veinticinco —suelta a continuación el quinto de los jefes de bandoleros, un castellano delgado como una vara y con ojos tan crueles como los de un águila.

—Treinta y dos —completa el más corpulento de los seis, quien, por su acento, debió de nacer en el señorío de Vizcaya.

Ciento sesenta y ocho, suma Yáñez, y por el rabillo del ojo ve cómo el ballestero aún se está peleando con los números.

¡El muy bestia apenas sabe contar! Pero él, Yáñez, creció como criado en la casa del conde de Lara y un poco de números y letras sí que aprendió.

Por eso, con rapidez, suma los ciento sesenta y ocho bandidos a los hombres que han traído con ellos y el resultado le gusta: doscientos ocho demonios que deberían bastar y sobrar para tender una buena emboscada, cobrarse la cabeza de Tello Bermúdez y, de paso, llevarse con ella el jodido libro.

En ese momento, en el silencio del bosque, se oye el chasquido de una rama vieja partida por el viento, y el caballo del jefe bandido que tiene toda la pinta de ser un antiguo mameluco, desertor de los desaparecidos ejércitos del califa almohade, corcovea inquieto.

El ballestero desiste de conseguir sumar las cifras que los salteadores les han dado, se tensa y lleva una mano hacia la espada, mientras de reojo mira a su ballesta para preguntarse cuánto tardaría en montarla y dispararla.

Pero no hay nada que temer. Yáñez lo sabe porque ha visto mucha hambre en los ojos del turco mameluco, y los hombres con el estómago vacío, cuando les ofreces oro, no piensan sino en extender la mano.

Oro, plata, caballos, armas, tierras, mujeres...

Esas son las cosas que importan a hombres como estos...

, y también a ellos, al ballestero y a él mismo —reflexiona Yáñez—.

No acaba de comprender por qué el señor estará tan obsesionado entonces con ese manojo de pergaminos apolillados, pero, bueno, ahora no dispone de tiempo para pensar en eso, pues tiene que «dar de comer a los lobos».

Así que hace una seña y uno de sus hombres se acerca tirando de una mula.

Sin bajarse del caballo, Yáñez rebusca en las alforjas que lleva la bestia y arroja a los seis jefes de salteadores bolsas repletas de tintineantes monedas de oro.

Una hora más tarde, doscientos ocho demonios cabalgan detrás de Yáñez y el ballestero en dirección suroeste. Hacia el lugar más propicio para llevar a cabo una discreta matanza: la garganta de los Carneros.