Muerte en Toledo 4
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Partieron muy temprano. El rey; su esposa, la reina Violante de Aragón, sus hijos, la corte toda; tres millares de caballeros, jinetes, peones y ballesteros; otros tantos de sirvientes, artesanos, mercaderes, vivanderos, adivinos, prostitutas y demás gentes de las que siguen a los reyes y a sus ejércitos.

Y, junto a tan regia horda, las comitivas de muchos grandes señores de Castilla, entre ellas la del conde de Lara.

En total, no menos de ocho mil personas dejaron Toledo camino de Sevilla.

En un gran carro entoldado tirado por cuatro magníficas mulas procedentes de los establos reales, va el maestro al-Ricutí sujeto con correas de cuero blando a una cómoda cama de campaña, acompañado por el médico del rey, Yehuda ben Moshe, por la dama Isabel y por la doncella de esta última, Sancha.

Ni Tello, ni el rey, ni todas las razones que juntarse pudieran en Castilla han podido apartar a Isabel del maestro andalusí.

—Soy mujer libre. No tengo marido al que obedecer ni padre al que atender —dijo, testaruda, cuando Tello trató de convencerla.

—Soy tu hermano mayor —deslizó él sin mucha convicción.

—Pues prueba a no dejarme ir —lo desafió ella.

Pocos hombres habían seguido viviendo tras desafiar a Tello Bermúdez.

Pero Isabel no era un hombre, y Tello, que nunca había podido negarle nada, aceptó lo inevitable.

Además, al-Ricutí había recibido, por fin, una respuesta positiva a sus pesquisas sobre quién podría curar a Isabel de su extraño mal: Magistra Hersend, la célebre médico y cirujana del rey de Francia, Luis IX, y de su esposa, Margarita, había respondido asegurando que podría tratarla siempre y cuando Isabel se desplazara hasta Acre, en el reino de Jerusalén, en donde, a la sazón y tras la cruzada de Luis IX en Egipto, residía.

Aquello, que en el fondo no era para él sino la excusa perfecta para dar su brazo a torcer, permitió a Tello convencerse de que era necesario que todos partieran juntos de viaje hacia el fabuloso Oriente.

De camino, Tello cabalga delante del carro, y tiene bastantes preocupaciones en la cabeza como para pensar en demasía en el extraño proceder de su hermana.

Y es que en aquellas breves jornadas ha tenido que escoger a los cuarenta hombres que componen su tropa, aparejar dos carros, uno para el maestro al-Ricutí, para Yehuda y para las mujeres, otro para los víveres, y asegurarse de que el resto de los sabios, el viejo Juan de Aspa y el taciturno Pedro de Regio, van bien montados y obedecen sus órdenes de mantenerse a cubierto de la escolta que ha dispuesto.

Pese a que forman parte de la gran columna que avanza con lentitud por los caminos del reino de Toledo en dirección a la Transierra y la populosa Sevilla 1 , Tello, tras el ataque del ballestero, no se fía de nadie y, de continuo, recelosamente, observa a cuantos se les aproximan.

Además, por si el temor a los asesinos no bastara, está la responsabilidad de la salvaguarda del códice.

El rey se lo ha confiado, ya que en nadie más confía para su custodia durante el viaje.

Tello lo lleva metido en un pequeño cofre de cedro y cuero, atado a la silla de montar, y lo desengancha para llevárselo consigo en cuanto desmonta de Granizo para así no separarse de él ni un instante.

Y el libro, como dijera Isabel, debe de estar maldito, pues su gran caballo de batalla, el por lo general impasible Granizo, corcoveó y relinchó cuando se vio obligado a cargar por primera vez con el viejo tomo.

Tras dos leguas de viaje, el noble bruto va más tranquilo, y Tello se permite una discreta sonrisa y serenarse un tanto, viendo cabalgar a su lado a su sobrino, Alvar.

El muchacho luce las armas que Tello, con la plata que el rey le ha dado, le ha comprado en las mejores armerías de Toledo.

Cabalga muy erguido, henchido de orgullo, y esa pose suya, tan de gallardo mozo, hace que Ramiro, el escudero de Tello, le guiñe un ojo a este último y le señale, sin que Alvar se percate, cómo el joven lleva mal ceñida la misericordia 2 que porta al lado contrario de la espada.

Y su señor, recogiendo la cariñosa chanza de su escudero, baja la cabeza para ocultar una nueva y más amplia sonrisa.

Ramiro y Tello llevan diez años juntos y se conocen mejor de lo que logran hacerlo en toda su vida muchos hermanos.

Las batallas y aventuras compartidas crean lazos más íntimos que los de sangre.

Por eso, porque ha vivido tanto con Ramiro, Tello lleva en la cabeza, desde que gracias al rey cuenta con dinero suficiente para ello, armar caballero a su escudero cuando lleguen a Sevilla y dotarlo con armas y montura dignas de los diez años de abnegado servicio que Ramiro le ha entregado.

—Presiento que esta será la más peligrosa de todas nuestras cabalgadas —dice de repente Ramiro, aprovechando que Alvar ha dirigido a su caballo hacia el carro donde va su madre para tomar un odre de vino.

Tello asiente antes de hablar. Él también presiente que esta vez la muerte cabalgará más cerca de ellos que nunca antes.

—Presiento lo mismo que tú, Ramiro, y que mi hermana, Sancha y Alvar vengan con nosotros es lo que más me inquieta. Estoy seguro de que el señor de la casa de Lara nos acecha y no creo que haya peor enemigo que él sobre la faz de Castilla.

Alvar regresa y lleva consigo el pellejo de vino que de inmediato tiende a su tío y a Ramiro. Los dos veteranos beben y bromean de nuevo con el muchacho que con este viaje se inicia en el mundo de las armas, y deja así de lado sus temores para que Alvar no se inquiete con ellos.

Por debajo de su aparente despreocupación, los dos veteranos vigilan con atención.

Resulta que, durante toda la jornada en dirección al Meridión, sus experimentados ojos se cansan de mirar y remirar hasta la última aldea, casa aislada, viña, olivar, dehesa, peña o vaguada que se suceden a lo largo del camino que debe llevarlos, en dos jornadas, hasta Orgaz.

Al cabo, suena un bronco corno que da la orden del rey para acampar.

Pese a que la larga columna no se ha dado descanso, los pesados carros la han retrasado mucho y la tarde, al caer, les señala que solo han logrado avanzar cuatro leguas y que al día siguiente tendrán que esforzarse aún más si pretenden hacer noche en Orgaz.

Inquieto por la perspectiva de que el viaje sea aún más largo y azaroso de lo que ya preveía, Tello galopa hacia una colina más alta que las demás y otea los horizontes.

A sus pies, contempla la larga columna que conforma la gran comitiva regia, que justo empieza a detenerse: miles de hombres, caballos, mulas y bueyes, no menos de cien carros y una polvareda que se tiñe con cinco tonos de naranja mientras el sol huye de este mundo.

Sí, todo eso y mucho desorden, como no podía ser de otro modo.

Por eso, aunque solo llevan una larga jornada de camino de las veinticuatro que tienen por delante hasta llegar a Sevilla, la ordenada columna que salió de Toledo por la mañana temprano es ahora una deshilachada e interminable hilera de gentes y bestias agotadas, cada vez más desordenadas y dispersas.

En efecto, aquí y allá, donde un carro se ha detenido para reparar una rueda, o donde una mula ha perdido una herradura, o donde un jinete con demasiado vino en la barriga se ha caído del caballo, se han formado grupos de rezagados.

Mientras, allá a lo lejos, una legua por delante, en la cabeza de la columna, ya están plantando las espléndidas tiendas y los pabellones que albergarán al rey y a su corte.

Tello menea la cabeza y escupe al suelo.

Sabe que en todo lo que ve en ese momento reside el riesgo que teme.

Conforme pasen los días, la enorme comitiva se fragmentará más y más y los huecos que se formarán entonces entre los distintos grupos ya no serán de unos cientos de pasos, sino de leguas enteras, y eso dará oportunidad a los salteadores y quienes quieran tentar su suerte apoderándose de cuanto de valor lleven los viajeros.

Así será. Y pensando en eso, Tello da una palmada sobre el pequeño cofre de cuero que lleva sujeto a la silla de montar y tanto recelo causó al principio a Granizo.

—No es un jodido libro lo que llevas encima, buen amigo —le dice al caballo—, sino una montaña de plata. Una tan grande que atraerá sobre nosotros una enorme bandada de asesinos.

Como si el cielo quisiera confirmárselo, al levantar los leonados ojos y mirar hacia el dilatado sur, Tello observa allí seis buitres que giran y giran, formando un inquietante círculo sobre la cabeza de alguna desdichada bestia agonizante sobre la que en breve, sin duda, caerán los carroñeros para desgarrarle las carnes con sus inmisericordes garras y crueles picos.

¡Peligro!, le vuelven a gritar todos sus sentidos y hasta el último poro de su piel. No sabe cuándo será o dónde, pero lo presiente, y eso de presentir, cuando te has pasado veinte años guerreando, es la manera más cierta de saber algo.

—Será en la garganta de los Carneros 3 —concluye dejando vía libre a su instinto. Su mirada, preocupada, se engancha a continuación en el pesado carro que, allá abajo, en el camino, rueda con lentitud y lleva en su interior a su hermana, a Sancha y al maestro al-Ricutí.

Daría cualquier cosa por no tener que avanzar lastrado por los carros... Pero las cosas son como son y el maestro moro no puede todavía ni cabalgar ni andar. Así que se tendrán que meter con los carros en la garganta de los Carneros y eso los volverá extremadamente vulnerables.

—En diez días estaremos en esa endiablada garganta, y entonces sabremos si tengo razón o si solo veo fantasmas por todas partes.

¿Tú qué opinas? —pregunta en tono ligero al caballo tratando de aliviar un poco la sensación de peligro y desastre que lo embarga.

Granizo, que percibe la inquietud de su dueño, patea el suelo, y Tello, sin darse cuenta de lo que hace, aferra con fuerza la empuñadura de la espada.