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Para salir del enredo... una mano lava a otra, o eso se dice.
Entretanto, Beatriz llega a la conclusión de que traicionar al conde, recoger beneficios de tal acción y asegurarse un refugio lejano serán acciones muy convenientes para ella.
Además, la corte se traslada a Sevilla y don Nuño, claro está, también se irá, y eso es para ella tan claro como un redoble de campanas indicándole que se le echa encima la hora en que dejará de ser útil al conde.
Por eso está allí. Aguardando a que aparezca el hombre de Ricardo de Cornualles que la contactó esa misma mañana.
Y aparece. Viene solo, montado sobre un caballo que a Beatriz le parece gigantesco y que detiene a tres pasos de la meretriz y de su guardián.
Beatriz tiene mucho frío, o tal vez miedo, da igual.
Lejos, a oriente, se van apagando las estrellas, y en algún lugar canta una alondra madrugadora y ella sabe que solo puede ir hacia delante.
—Mi señor, Ricardo, rey de los romanos y conde de Cornualles 1 , está inquieto.
Sus cartas secretas al señor de la casa de Lara reciben respuestas evasivas y las últimas acciones del rey de Castilla indican que algo muy importante y que se quiere mantener oculto está ocurriendo, y él, mi señor, debe saberlo cuanto antes.
¿Qué tienes que decirme, mujer? —suelta el extranjero sin más saludo que el de su rostro embozado y el de la mirada helada de sus ojos verdes.
—¿Traes el oro? —le espeta ella tratando de aparentar que sabe de conjuras y traiciones.
—El oro, mujer, te lo tienes que ganar con la lengua —le replica, negando con la cabeza y mostrando el brillo de sus ojos. Beatriz sabe que, bajo el embozo que le cubre la cara, sonríe con malicia.
Pero la Loba sabe cuándo hablar y, además, tiene prisa por acabar con aquello.
No se fía de este hombre; de hecho, no se fía de ninguno.
Así que, mientras piensa en lo que debe decir y en lo que debe callar, evalúa la situación.
Su bellaco es más grande y corpulento que el extranjero, y este, por su parte, no lleva espada, sino tan solo una daga y algo colgado de la silla de montar que parece un palo.
Eso le da a Beatriz un poco de confianza, pues su rufián porta espada, hacha y daga y, además, se cubre el torso con una loriga de cuero.
Puede entonces sentirse segura y en buenas condiciones para entregar la «mercancía» y llevarse su oro.
—El señor de la casa de Lara anda tras un libro.
Un libro que está en manos del rey y que conduce a un enorme tesoro.
Si el rey se hace con él, tendrá dinero suficiente como para poder coronarse emperador; si es don Nuño quien logra adelantarse y tomarlo para sí, creo que ya no necesitará a vuestro señor, pues contará con plata de sobra para proseguir con sus propios planes.
Las revelaciones de la meretriz dejan impactado al jefe de los espías de Ricardo de Cornualles en Castilla.
Por supuesto, ni él ni su señor se fiaron nunca por completo del conde de Lara, pero esto no se lo esperaban, ya que nada sabían sobre un misterioso libro y sobre el tesoro que supuestamente guarda y, por lo que acaba de oír, puede marcar la diferencia entre si Ricardo logre la corona imperial o esta última quede para el rey de Castilla.
Sin decir nada, el espía del conde de Cornualles saca de la alforja que lleva pendida de la silla una pesada bolsa de oro que arroja a Beatriz.
La Loba la atrapa al vuelo y, codiciosa, la abre y mira dentro: trescientas monedas de buen oro italiano la llenan por completo.
Suficiente como para que ella pueda dejar Toledo y buscar casa en algún lugar donde nadie pueda encontrarla, e, incluso, para empezar allí una nueva y acomodada vida en donde la llamen «señora» en vez de «puta».
Entonces quizá ha llegado el momento de esforzarse un poquito para ser buena y darle así el gusto a su santa madre, que Dios guarde en el cielo.
Cierra la bolsa, la ata al cinto y, sin despedirse —uno no se despide de un espía—, tira de las riendas y se aleja hacia una nueva y maravillosa vida.
Al parecer, a veces las historias tienen final feliz hasta para las niñas malas.
Aunque son finales breves. Silba una flecha al filo de la madrugada, golpea y atraviesa la espalda de Beatriz, quien, empujada con brutalidad, se va al suelo.
Un instante después, se oye un segundo golpe y, a su lado, con la garganta atravesada de parte a parte por otra flecha, cae su protector.
Beatriz se muere, le duelen horriblemente la espalda y el costado, pues el proyectil, al impactar contra una vértebra, se desvió y le ha reventado el hígado. Llora, gime, se arrastra, porque las piernas no le obedecen y quiere huir. ¿De qué? Del hombre que se le aproxima a caballo.
Cascos de caballo acompañan el alba y una mujer bella se muere entre pánico y dolores mientras busca, de forma inútil, un lugar donde esconderse.
El extranjero desmonta junto a ella y, sin prisas, desarma su largo arco inglés.
De nuevo sin cuerda, es solo una larga y curvada vara aparentemente inofensiva que sujeta a la silla de montar antes de agacharse al lado de Beatriz.
La sujeta por la espléndida cabellera rubia, le alza la cara y la besa en la boca.
—Siempre quise saber qué se sentía al besar a una puta tan cara como tú —le espeta, y ella, sorprendida pese al dolor y el pánico ante su inminente muerte, abre mucho los ojos antes de que se le queden yertos.
Su asesino no se inmuta. La suelta, le quita la bolsa de oro y se la guarda.
Luego, con cierto metódico fastidio, arrastra y entierra los cadáveres antes de regresar a Toledo para comenzar allí a tramar un plan que lleve a la ruina tanto al rey de Castilla como a don Nuño González de Lara.