Muerte en Toledo 3 #2
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El ballestero se traga el orgullo, la saliva que vuelve a su boca y hasta la lengua se habría tragado si se lo hubieran pedido, pues sabe que ha estado a punto de irse al infierno gritando de dolor.

—Y una cosa más, ballestero —agrega don Nuño—: te pago una buena cantidad de plata porque juraste que nunca fallas con tu ballesta.

La próxima vez que lo hagas, la próxima vez que falles un disparo contra Tello Bermúdez, te atormentaré de tal manera que me dirás a gritos ese nombre tuyo que con tanto afán escondes —concluye con él, y el genovés se da cuenta entonces de que está temblando—.

Eso, mi señor canónigo y mi fiel Yáñez, también va por vosotros. No quiero más fallos.

Todos se apresuran a asegurarle que así será. Y su señor, desde las sombras, sonríe con cruel satisfacción al ver cómo es capaz de meter miedo en hombres tan implacables como aquellos.

—Ha llegado la hora —anuncia entonces—. El rey desconfía de mí y, por tanto, debo ser más cuidadoso que nunca.

Pero se nos presenta una gran oportunidad: el rey parte en dos días para Sevilla.

Allí recibirá con pompa y esplendor a su prima, la emperatriz de Constantinopla.

Pero he aquí que, para ir a Sevilla, hay que atravesar extensas llanuras, montañas bravías y ríos tumultuosos.

No me importa cómo lo hagáis, Yáñez y el ballestero, pero quiero que, durante ese largo camino, caigáis sobre Tello Bermúdez y los sabios que el rey ha puesto bajo su protección, les arrebatéis el códice y les deis muerte.

Reclutad cuantos hombres os sean necesarios y disfrazaos todos de moros algareros, de almogávares sin señor, de salteadores o de lo que se os ocurra.

Pero, pase lo que pase, nadie debe saber que yo estoy detrás de vosotros.

¿Entendido? —Los dos aludidos asienten, y el ballestero, que tiene los labios partidos, se los lame nervioso—.

Y recordad: no admitiré más errores. —Y haciendo un ademán apenas perceptible por mor de las sombras que lo cobijan, despide a los dos asesinos—.

Y ahora es vuestro turno, señor canónigo —retoma el conde cuando se quedan solos—.

Tú, el nigromante y el joven Miguel partiréis de inmediato para la costa de Valencia y allí buscaréis un barco que os lleve a Atenas.

Os quiero allí, descifrando lo que podáis de cuanto tradujo y anotó ese maldito inútil de Julián de Ávila, buscando el tesoro, y, si no sois capaces de hallarlo, aguardad por si al final ese Tello Bermúdez y los sabios logran burlar a Yáñez y al ballestero, y ponen rumbo a Grecia.

Si así fuera, seguidlos y arrebatadles el premio.

El canónigo no se esperaba aquello y le disgusta.

—Mi señor, yo no puedo faltar de Toledo. Soy canónigo de la catedral —explica, nervioso, inseguro—. Me echarían en falta y entonces puede que alguien sospechara... —añade al ver que sus palabras solo cosechan silencio.

—Eso que decís es cierto, señor canónigo —conviene, comprensivo, don Nuño para alivio de Martín Pérez.

No dura mucho—: Por eso he ordenado al nigromante Egidio que busque un hombre de hechuras similares a las vuestras, que lo asesine, que le destroce la cara a golpes, que lo vista con vuestras ropas y que lo deje sin bolsa y abandonado no lejos de vuestra morada, para que sea hallado con rapidez y todos crean que habéis muerto víctima de un violento robo.

Así que estáis muerto, mi señor canónigo, y ya sabéis, los muertos nada tienen que temer.

Nada, excepto a mí. Porque, si me falláis, os aseguro que la muerte os parecerá el cielo.

Eso es todo. Dos horas más tarde, Martín Pérez, el asustado Miguel y el nigromante Egidio, escoltados por veinte hombres del señor de la casa de Lara, dejan discretamente Toledo y cabalgan por los caminos que llevan a Valencia.

Mientras, en su habitación, Nuño González de Lara aguarda la mañana.

Estaba agotado y, tras dejarlo todo bien atado, se echó a dormir.

Pero el sueño, maldito, no ha acudido en su auxilio, pues, cuando cerró los ojos, siguió viendo dos cosas: el rostro de su hija y el códice griego que tanto desea tener.

Ahora sigue invocando de continuo esas dos obsesiones suyas y, para su desazón, la que contempla con nitidez, ya tenga los ojos abiertos o cerrados, es el libro.

—Al fin y al cabo, amo más mi ambición que a mi propia sangre —concluye, expresando en un susurro apagado la pena que lo embarga.

Está decepcionado consigo mismo. Se sabía malvado, pero confiaba en que su maldad tuviera causa justa: la de encumbrar a su familia. Pero ahora, cuando se da cuenta de que su ambición personal es más fuerte que el amor debido a Juana, se sabe podrido hasta el tuétano.

Saber eso no es agradable. Una lágrima se le escurre por la ajada mejilla y, cuando llega a sus finos labios, le sabe a la sangre que manaba de las cortadas venas de su hija.

—La verdad duele, pero se ha de convivir con ella —se dice en un herido murmullo.

Luego, haciendo un supremo esfuerzo, destierra al fantasma de Juana y vuelve a centrarse en su ambición.

Se halla en un momento peligroso que requiere de toda su atención: Alfonso desconfía de él y, sin duda, lo observa, y espera a que haga algo, esto es, que cometa un error, que le confirme que es el traidor que busca.

En semejante circunstancia, lo prudente es alejarse de Ricardo de Cornualles.

Además, el inglés ya no le es tan necesario, pues, si logra adelantarse al rey y apoderarse del tesoro, ya no necesitará el oro extranjero para llevar adelante sus planes.

—Ya no me eres necesario, inglés.

Así, creer eso, creer que es un poco menos traidor que un momento antes, le sienta bien y, sin darse cuenta, se queda, al fin, dormido.

Mientras duerme, Beatriz la Loba lo está traicionando.

Es la hora en que la noche y el día se dan la mano; la hora en que las sombras se perfilan, pero no se muestran por completo.

Es, pues, la hora de la traición, y Beatriz la está aprovechando.

Envuelta en un oscuro manto con capucha, a lomos de una mula, escoltada por un bellaco armado hasta los dientes al que ha entregado veinte doblas de oro a cambio de su protección, Beatriz aguarda junto a las ruinas de una casa rodeada de campos abandonados.

Un lugar solitario, ideal para no ser vista ni escuchada.

Ya sabe que es una niña mala —o eso le dijo siempre su madre—, y ese tipo de «niñas» no son tontas y, en los días que quedan atrás, los días en que ha recibido oro de manos del señor de la casa de Lara, Beatriz ata cabos y, como chica despierta que es, ha llegado a una inquietante conclusión: los hombres poderosos como Nuño González de Lara, antes o después, se deshacen de aquellos que les han sido útiles para hacer el mal.

Y cuando eso ocurre, la gente como Beatriz, por muy fielmente que sirvieran a semejantes señores, amanecen un día con la garganta abierta, y, mira tú por dónde, ella le tiene especial cariño a su cuello.