Muerte en Toledo 3
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Esa noche, Yáñez abre la puerta al ballestero y, de paso, le endosa la peor sonrisa de desprecio que puedan albergar sus gruesos labios.

Yáñez y el ballestero no se tienen aprecio.

El primero lleva al servicio de don Nuño desde que era un niño.

En realidad, tan chico era que el señor, enfadado con él por haberle manchado la sobreveste, lo agarró sin más por los cabellos y lo arrojó por la ventana de una torre, con tan mala o buena fortuna —elíjase lo que se quiera—, que el pequeño Yáñez se rompió de tal forma el pie izquierdo que se le quedó lisiado y deforme.

Eso nunca le ha importado demasiado. Arrastra el pie deforme, es cierto, pero puede moverse como un rayo cuando lo necesita, y con su tamaño descomunal nunca ha tenido que salir corriendo, lo cual, como se sabe, es cosa de cobardes.

En cuanto al ballestero, nadie conoce su nombre, pues se niega a revelarlo, pero, por su acento, debe de ser genovés y, de paso, un hijo de puta extremadamente cruel.

Llegó hace un año y su habilidad sin par con la ballesta le permitió entrar al servicio del señor de la casa de Lara, quien, por su parte y al poco, advirtió la otra «cualidad» que tenía el italiano: el gusto por el asesinato.

Y cuanto más salvaje, mejor. No es que a Yáñez le cause excesivo reparo matar a alguien, pero lo que el ballestero hizo con el pobre monje traductor...

, eso es otra cosa, eso es tener todos los demonios del infierno metidos muy adentro.

Además, y esto para qué negarlo, fue lo que en realidad ha sembrado mala sangre entre ellos.

El muy cabrón de la ballesta se puso hecho una fiera cuando se percató de las particulares huellas de sangre que Yáñez dejaba con su pie lisiado y le ordenó de malas maneras que limpiara el suelo mientras él terminaba la «faena».

¿Limpiar el suelo? Una humillación que jamás perdonaría a esa escoria genovesa. Por lo pronto, lo tiene ante sí, malencarado como siempre y acompañado de malas noticias que atraerán sobre su pelirroja cabeza la ira del señor.

—Te están esperando, ballestero.

El ballestero no contesta al grandullón de Yáñez. El rufián, lisiado de un pie y feo como el culo de un buey, le desagrada en extremo, pero el señor confía en ese bruto más que en ningún otro de sus asesinos.

Siguiendo al grandullón de Yáñez, el ballestero pasa al interior de un oculto pasaje y desemboca en la red de pasillos y cámaras de piedra que el señor de la casa de Lara, con paciencia y disimulo, ha ido excavando bajo el palacio que ocupa cuando reside en Toledo.

Allí, bajo tierra, entre sombras, recibe a los hombres perversos que, como alimañas, alimenta con plata y oro, y a los que encarga los ocultos trabajos que sus intrigas reclaman.

Y allí también tortura y castiga, y si el ballestero no supiera de sobra que así es, el alarido de puro terror que acompaña los últimos pasos que da antes de entrar a presencia de don Nuño se lo confirma sin ningún género de duda.

La sala de piedra está escasamente iluminada, pero, aun así, el ballestero puede ver que don Nuño no está solo, sino que, en un rincón, el único de verdad iluminado con tres velas, hay dos figuras que se inclinan sobre lo que parece un libro apoyado sobre una mesa, y una de ellas, por lo visto, ha sido la que ha gritado y la que ahora se lleva la mano izquierda a un costado de la cara en un vano intento de darse alivio.

—¡Concéntrate, muchacho, o te cortaré también la otra oreja! —ruge el canónigo Martín Pérez.

Al ballestero tampoco le gusta el canónigo. Disfruta tanto como él haciendo daño, y ver en otro la maldad que uno posee en grado sumo siempre, paradójicamente, suele causar desagrado.

—¡No me hagáis más daño, os lo suplico! —clama el pobre Miguel.

—¡Pues recuerda, maldita sea, recuerda!

Miguel recuerda. El miedo es así, y que te corten con frialdad una oreja suele dar mucho miedo.

—¡La lechuza es Atenas! ¡Sí, no tengo duda, mi maestro, Julián de Ávila me lo explicó y ahora lo recuerdo! ¡La lechuza es el símbolo de Atenea, diosa protectora de Atenas!

—¡Eso está mucho mejor! —lo alienta el canónigo—. ¿Y la palabra? ¿Qué significan el número y la palabra?

Miguel tiene la cara chorreada de sangre.

La afilada daga que empuña el canónigo, como si fuera un demoniaco maestro que exige a su alumno recitar la lección bajo la amenaza de los golpes de una vara, le ha cercenado de forma limpia la parte inferior de la oreja izquierda, y el dolor, sumado al terror, brincan en su mente confundiéndola.

—Yo...., yo creo...

—¿Crees? —Y Martín Pérez prepara, gozoso, la daga.

—¡Es el nombre que los antiguos griegos daban al viento del noreste! —grita desesperado, y logra recordar hasta lo que creía no saber.

—Es suficiente por esta noche —interrumpe una voz helada en un susurro inapelable.

Quien ha dado la orden es Nuño González de Lara. Tras dos noches sin dormir y dos extenuantes jornadas de caza, está agotado y, de todas formas, tras esa revelación, hasta él puede concluir lo necesario e inmediato.

—Es suficiente, digo. La búsqueda debe comenzar por Atenas y desde ella habrá que ir en dirección noreste durante 380 millas —concluye.

—Los griegos no contaban en millas, señor —se atreve a corregirlo Miguel atrayendo sobre sí la mirada de fuego del canónigo Martín Pérez, quien apresta, una vez más, su afilada daga para castigarlo por su insolencia.

—¡Deteneos! —grita don Nuño, y el canónigo agacha la cabeza, obediente, pero frustrado—. ¿Y en qué medían las distancias los griegos, joven Miguel? —anima ahora el conde al ensangrentado muchacho.

—En estadios, mi señor. Según puedo recordar, hacían falta ocho estadios de Atenas para tener una milla romana.

Así que trescientos ochenta estadios son unas dieciséis leguas y media de las que usamos en Castilla, y, por lo que creo y como ya habéis apuntado, deben ser medidas desde Atenas en dirección noreste.

El saber del muchacho es tan notorio y tan rápida su habilidad de cálculo que todos callan con asombro.

—¿Sabes qué, Miguel? Eres muy listo. Así que voy a premiarte apartando de ti la daga del canónigo. No solo por esta noche, sino para siempre.

Miguel, que está al borde de la locura tras tanto maltrato y pánico, asiente, sonriendo, patéticamente agradecido.

—Para siempre, siempre y cuando sigas siendo tan eficiente —añade el señor—. Si me fallas, si me traicionas, entregaré esa afilada daga a este hombre que acaba de llegar, mi ballestero, y te aseguro que él la usará de formas que es mejor que no puedas imaginar.

Despide con la mano al atribulado y joven monje, y se queda a solas con el canónigo, con el ballestero y con el gigantesco y lisiado Yáñez.

—¿Qué nuevas traes? —pregunta al ballestero, aunque ya tiene informes de lo que ha pasado.

El ballestero traga saliva y luego, armándose de valor, narra lo sucedido esa mañana en el palacio de la Vega del rey.

—Siguiendo vuestras órdenes, señor, entré en secreto en los jardines y en las huertas del palacio para vigilar al espía que debía averiguar qué se traían entre manos los sabios y el caballero convocados por el rey.

—Al decir esto último, se detiene para poder escrutar entre las sombras el efecto de sus palabras en el implacable Nuño González de Lara—.

El jardinero hizo su trabajo y logró situarse junto a la ventana de la estancia donde se hallaban reunidos, y tengo por cierto que pudo escuchar la mayor parte de lo que allí se dijo.

Pero entonces Tello Bermúdez embistió como un toro furioso la celosía que guardaba la ventana, la hizo saltar por los aires y aferró a vuestro espía.

—Nueva pausa, y en ella, ante el inquietante silencio que acoge sus palabras, una creciente dificultad para tragar saliva—.

El hombre logró zafarse del caballero y echó a correr, pero Tello Bermúdez era más rápido y consiguió agarrarlo de nuevo.

Entonces me vi forzado a matar al jardinero para, siguiendo vuestras instrucciones, impedir que se fuera de la lengua si era capturado.

Eso es todo. Eso y el inquietante silencio, pues don Nuño sigue callado y el ballestero continúa sin poder tragar saliva con soltura.

—¿Yáñez?

—¿Mi señor?

—Golpea a este imbécil.

Yáñez, con gusto, golpea. Una y otra vez, descargando tal aluvión de golpes sobre la cabeza y la espalda del asombrado ballestero que cae al suelo hecho un ovillo. De inmediato, el lisiado patea con saña, usando para ello su pie deforme embutido en una bota reforzada con clavos de hierro.

—Es suficiente, Yáñez —dice ahora Nuño González de Lara en un tono inexpresivo, como si en vez de ordenar que cese una paliza estuviera dirigiendo una tarea rutinaria—. Levántate, ballestero.

El hombre, con la cara ensangrentada por las patadas recibidas, escupe un diente, se sacude buscando aclararse la aturdida cabeza y mira a la oscuridad, desde donde la sombra que es el conde aguarda a que se recomponga.

—Tengo muchos espías junto al rey. No lo olvides.

No dependo solo de ti para saber todo lo que ha pasado.

Y ahora agregaré que no te he castigado por matar al jardinero, sino por errar el segundo disparo que debería haber atravesado a Tello Bermúdez, pero que casi acaba con mi señor el rey.

Yo puedo conspirar contra Alfonso, pero no por eso deja de ser mi soberano, y por si eso no bastara, no hace tanto que también era mi amigo.

En verdad, te confieso: lo realmente importante es que, aunque quiero gobernar en su nombre, lo necesito vivo para poder hacerlo.

¿Comprendes, imbécil? Bueno, no me hace falta que entiendas lo que quiero decir, pero sí que nunca, nunca más pongas en peligro la vida del rey: —Don Nuño hace una larga pausa que el ballestero aprovecha para tratar de llevar algo de saliva a su reseca boca—.

Pero estate tranquilo, hoy es un día afortunado para ti, pues, en vez de ordenar que te arranquen la piel a tiras, me he conformado con que te apaleen un poco. ¿Contento?