Muerte en Toledo 2 #6
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—¡Prended a ese hombre, guardias del rey, prended a ese hombre! —grita Tello mientras se levanta y corre tras el espía.

Ya no tiene duda alguna de que es un espía.

Corren por los jardines y las huertas del palacio de la Vega del rey, saltando acequias, esquivando setos y árboles, forzando al máximo sus músculos.

Mientras, Tello va acercándose al falso jardinero, zancada a zancada, y alarga la mano para agarrarlo por el cuello.

Entonces, el afilado acero casi le corta los dedos cuando se cerraban en torno al cogote del desgraciado.

La punta de una saeta ha atravesado limpiamente la garganta del jardinero, y lo ha hecho con tanta fuerza que le ha salido por la nuca.

—¡Santiago! —exclama Tello mientras retira la mano y la sangre ajena lo empapa, a la par que el espía se derrumba ante él y se lleva las manos a la garganta tratando de arrancarse la flecha.

De nuevo Tello obedece a su instinto de guerrero.

Justo a tiempo, pues, recuperado de la sorpresa, se ha tirado al suelo junto al muerto a tiempo de sentir, más que ver, cómo una segunda saeta pasa por encima de él y va a clavarse en el marco de la ventana geminada que embistió para tratar de atrapar al espía.

Entonces la saeta, vibrando, se queda allí, clavada a un palmo de la cara del rey, quien, tras haberse precipitado a su vez hacia la ventana para ver qué ocurría, está ahora tan pálido como la cal.

—¡Santo Dios! —dice Alfonso mirando la negra flecha que casi lo mata.

Eso es todo. Un rey paralizado y con un nudo en el estómago, un caballero que se levanta como un león, mirando a un lado y otro en busca del ballestero que los amenaza, y dos o tres docenas de guardias del rey que, alarmados, corren de un lado para otro dando grandes voces, buscando a un asesino que no hallarán.

Tello se gira y mira a su rey. Durante un instante, ambos, el caballero y Alfonso X, vuelven a ser dos jóvenes batallando en su primera guerra. El mismo miedo, el mismo desconcierto.

—Teníais razón, mi señor rey. Los peligros nos acechan incluso aquí, en vuestra corte —dice al fin Tello.

Alfonso asiente muy despacio. Tiene los ojos clavados en el muerto que yace a pocos pasos con la saeta en el cuello de parte a parte.

—La muerte nos ha rozado, don Tello. Pero recordad que Dios está con nosotros. Con traidores o sin ellos, partiréis y llevaréis a buen término la empresa, mientras que yo, antes o después, desenmascararé al traidor que me acecha, y entonces os juro que ese perro deseará no haber nacido.

Alfonso se da la vuelta y sale de la estancia escoltado por una nube protectora de hombres de armas capitaneada por su azorado guardia mayor, quien, avergonzado, no se atreve a mirar a los ojos de su soberano porque sabe que, como responsable de su seguridad, ese día le ha fallado.

Por su parte, Tello solo sabe una cosa: el traidor que teme su rey debe de ser un hombre muy cercano a Alfonso, cercano y poderoso.

De no ser así, no habría podido introducir a un espía entre los sirvientes del monarca.

Entonces, arranca la saeta del cadáver y la examina en busca de alguna marca.

No la halla, por supuesto. Pero mientras sopesa la ensangrentada flecha, a su mente llega otro pensamiento: el ballestero emboscado que ha matado al falso jardinero es, claro está, otro hombre del traidor, y eso quiere decir que este último no comete errores, sabe que sus espías pueden ser descubiertos.

Por eso, detrás de cada uno de ellos con toda seguridad habrá un asesino dispuesto a sellarle los labios.

A eso y también a llevarse por delante, en cuanto se lo ordenen, a cualquier enemigo de su señor.

—¿Eres tú, Nuño González de Lara? —murmura Tello.

Eso sospecha, y sabe que también lo hace el rey.

Pero el señor de la casa de Lara es demasiado poderoso para que alguien, incluso aunque ese «alguien» sea Alfonso X de Castilla y León, pueda acusarlo de tal cosa sin poseer buenas pruebas de ello.

Entonces se percata de que los tres sabios, Yehuda, Pedro de Regio y Juan de Aspa, han llegado a su lado y de que miran, silenciosos e impresionados, al cadáver del espía.

En el rostro venerable de los viejos maestros ya no hay esa infantil ilusión por emprender un largo viaje a Oriente en busca de un legendario tesoro guardado por los enigmas del más afamado de los filósofos, sino la súbita y desazonadora convicción de que un peligro mortal será, desde el primer paso que den, su más fiel compañero en dicha empresa.

Y Juan de Aspa, que no puede apartar sus inquietos ojos de los del muerto y que hasta ese día siempre ha frecuentado la ironía, recuerda el epigrama de un antiguo filósofo griego: «El camino hacia el Hades debe de ser muy fácil, pues todos van por él con los ojos cerrados».

Y mientras lo recita, se arrodilla y piadosamente se los cierra al jardinero.

Al ver aquel gesto cristiano, Tello no puede impedir preguntarse si antes de que acabe aquello no le cerrarán también a él los ojos para encaminarlo al reino de los muertos.