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El rey hace entonces una larga pausa y los mira a los ojos, uno tras otro.
La podadera del jardinero hace tiempo que no se oye, mientras que Tello y los tres viejos sabios siguen fascinados por completo por lo que acaban de escuchar y, ante todo, por la estampa que ofrece su rey.
Alfonso parece poseído de una fuerza, de una convicción, que nunca antes le habían conocido y que, en verdad, no parecen provenir de este mundo, sino de Dios.
—¿Sabéis por qué estoy seguro de que el tesoro será mío y de nadie más?
Porque así lo profetizó el mismísimo Aristóteles.
Y si eso os asombra, escuchad, Tello, lo que el gran filósofo escribió al inicio de este códice: «Este libro fue ocultado a los hombres cuando Mercurio estaba creciente en Virgo, la Luna estaba en Géminis bajo la regencia de Mercurio y Saturno estaba en Capricornio, conformándose así los astros en una configuración favorable.
Se hizo así para que los secretos que contiene solo puedan ser desvelados por un rey amante de la sabiduría, que con este “tesoro” gane plenitud y felicidad».
El rey ha recitado de memoria las palabras que Aristóteles escribió más de mil quinientos años atrás y que Juan de Aspa ha traducido para él, con una voz enronquecida, ardiente como fuego celeste, pues, sin duda, las ha repetido diez, cien, mil veces...
Y sin duda también, todos comprenden en ese momento que el rey cree en todas y cada una de ellas, y lo hace porque está plenamente seguro de que la profecía en él se ha cumplido.
—¡Eso escribió el gran filósofo! —sentencia, y alza de nuevo la voz estampando su puño con tal fuerza sobre el scriptorium que la piedra de lectura casi rueda por el suelo—.
Decid, ¿quién sino yo puede ser ese rey sabio?
Yo ya no tengo duda de ello y os revelaré por qué.
¿Sabéis, don Tello? Cuando vos combatíais a muerte contra el gigante normando, yo me encomendé a nuestro Creador y le pedí que dictara su sentencia sobre mi reinado conforme al resultado de vuestro duelo, para esclarecer así de una vez por todas si mis ambiciones imperiales son justas.
¡Eso pedí a Dios! ¡Que dictaminara por medio de vuestra espada si yo debía perseverar en mi ambición o si tenía que abandonarla!
¿Y qué dijo Dios? ¡Dios os dio la victoria y, con ella, me envió a mí una sagrada señal!
¡Pues os concedió el triunfo en mortal combate y, con él, no solo señaló que el maestro al-Ricutí era inocente, sino también que yo, Alfonso, debo ser emperador del Sacro Imperio!
¡Sí, esa es la voluntad divina y, para cumplirla, necesito la plata del tesoro de Alejandro!
¡Dios lo quiere! —grita el rey como poseído por un ángel poderoso e inquietante—.
¡Y con la montaña de plata que escondió Aristóteles me impondré a ese perro inglés de Ricardo de Cornualles!
Ha sido impactante para Tello ver a su rey de esa manera, tan exaltado, repleto de ambición y codicia.
Lo creía conocer bien... ¿Acaso no lleva sirviéndole desde que Alfonso era un joven príncipe y juntos batallaron en las guerras de Murcia y Sevilla?
Pero supone que esto, ser presa de estas pasiones, también es ser rey.
Como notando su azoramiento, el viejo médico judío de Alfonso, Yehuda ben Moshe, aprovecha que el rey parece un poco más calmado tras exponer sus planes para encauzar la conversación hacia cuestiones más prácticas que los serenen.
—Hay algo que todos debemos tener en cuenta y que es vital para triunfar en la empresa —dice, atrayendo la atención—.
De nada servirán nuestros esfuerzos si no logramos estar el 14 de septiembre a orillas del canal de la isla de Negroponte para poder medir allí la altura de la constelación del Delfín.
No hemos errado en nuestra interpretación de los enigmas planteados en el libro, así lo confirma el propio Aristóteles al escribir: «Este libro fue ocultado a los hombres cuando Mercurio estaba creciente en Virgo, la Luna estaba en Géminis bajo la regencia de Mercurio y Saturno estaba en Capricornio, conformándose así los astros en una configuración favorable».
Como todos los astrólogos aquí presentes sabemos, esa configuración astral solo acontece en septiembre, por lo que no hay duda de que el gran filósofo nos confirma, mediante los cielos, que solo en esa fecha puede ser desvelado por completo el misterio que nos plantea y, por ende, ser hallado su tesoro.
No es cuestión baladí la planteada por el médico de Alfonso X, quien ahora, expectante, espera lo que los demás tengan que decir sobre la larga carrera que van a tener que emprender de extremo a extremo del Mediterráneo para cumplir con la orden del rey.
Yehuda es un hombre alto, un tanto corpulento, de albos cabellos y luenga barba blanca sobre la que asoman una boca generosa y una nariz aguileña que parece proyectarse por orden de unos ojos grandes y verdes.
Tello se pregunta entonces por la edad del sabio, pues desde que es un muchacho siempre lo ha visto así: vigoroso, pero viejo como los montes de Toledo.
Pero, aunque Yehuda aguarda que alguien diga algo, todos, sus dos compañeros sabios, el rey y el caballero, guardan silencio, uno largo y ominoso.
Hace tiempo que no se oye ni la podadera del jardinero ni el trino de los pájaros.
Todo sonido ajeno a la sala parece haber perecido, hasta tal punto que es como si los astros y planetas que Aristóteles señaló en su último y arcano libro impusieran en aquella estancia el helado vacío que los sujeta en los inabarcables cielos.
—Será no solo un largo y peligroso viaje, sino, además, también una carrera contra el rápido pasar de los días, ya que desde este en el que nos encontramos y hasta el crepúsculo en el que debéis medir la altura de la constelación del Delfín sobre el horizonte del Euripo tan solo quedan ciento ochenta y cinco noches —dice al fin el rey rompiendo el pesado silencio—.
Ciento ochenta y cinco jornadas en las que os amenazarán muchos peligros, y temo que alguno de ellos pueda, incluso, acecharos desde el seno de mi propia corte.
Os lo repito: no confiéis en nadie y menos aún en don Nuño González de Lara.
Y si Tello ya tenía dolor de cabeza, aquello, la revelación de que el rey ya no confía en quien hasta entonces ha sido su mano derecha, su mejor amigo y consejero, le acelera el pulso y lo pone en alerta, estimulando en su pecho un feroz regocijo.
Quién sabe, tal vez esta desconfianza del rey es el inicio de la caída del señor de Lara y, huelga decir, esa caída sería la mejor venganza que él podría ofrecer al espíritu de su amada Juana.
—Mi señor rey, ¿debo entender entonces que, si don Nuño González de Lara confirma vuestros temores y trata de arrebatarnos los secretos aquí expuestos, podré usar contra él mi espada?
Alfonso calla un instante. Por su mente pasan todos los momentos en que Nuño González de Lara le prestó buenos servicios, los días de amistad compartidos, los regalos y honores que entregó, gozoso y agradecido, al señor de la casa de Lara.
Luego, se abre camino en su pecho la amargura de la sospecha y, tras ella, un destello de cólera fría.
—Sí, caballero. Tenéis mi permiso para dar muerte a cualquiera que trate de oponerse a la misión que os he encomendado. ¡A cualquiera! Incluso a don Nuño González de Lara si os da motivo para ello.
Al escuchar aquello, satisfecho, Tello asiente y ruega a Dios que el conde sea un traidor y él, entonces, pueda darle muerte.
Así la podadera retoma su trabajo y el instinto de quien ha enfrentado mil veces a la muerte despierta al fin.
Tello, dando tres rápidas zancadas, se precipita hacia la gran ventana geminada, y lo hace con tanto ímpetu que el gesto lleva a saltar por los aires la delicada celosía que la velaba.
El rey grita de sorpresa mientras que los tres sabios no aciertan ni a respirar ante tan inesperada embestida del caballero contra la ventana por la que ya se está asomando.
Tampoco esperaba aquello el jardinero, que mira a Tello con el gesto contraído de sorpresa y miedo.
Pero el hombre es rápido, y alzando la podadera lanza un golpe salvaje al cuello del caballero, quien le atrapa la muñeca, detiene el tajo y le retuerce el brazo a su agresor. Después de un rodillazo, termina de romper la celosía para pasar por completo a través de ella.
—¡Maldito seas! —grita Tello. El jardinero se retuerce como una serpiente y se tira al suelo; librado de su presa, rueda por tierra, lanza una patada a la única pierna que su captor tiene apoyada en el ajardinado patio y lo hace caer, si bien le da la oportunidad de levantarse como un rayo y echar a correr.