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—No sabemos aún todo lo que ocultó Aristóteles en este folio del códice, pero hay tres cosas que sí hemos podido dilucidar: las letras griegas ιδ ’ designan al número 14, mientras que la palabra Daisios es la que les servía para denominar al mes de septiembre.
Esto es, lo primero que podemos leer es «14 de septiembre».
Por lo mismo ιδ ’ Heliostásion indica 14 Heliostásion , y esta última palabra es el nombre que los griegos usaban para llamar al solsticio, y puesto que hay dos por año, el de verano y el de invierno, 14 heliostásion señala un periodo de siete años.
¿Me seguís, don Tello? —Y Tello, aunque no las tiene todas consigo, se esfuerza y asiente—.
Bien, me alegra saber que así es, pues ahora viene lo mejor —continúa Alfonso con un triunfal brillo en los ojos—.
Recitaré de nuevo el verso: «El Delfín señala y prevalece a orillas de mi tormento».
Eso dice, y he aquí que «el Delfín» es una constelación de los antiguos griegos.
¿Qué tenemos? Os lo revelaré: estamos seguros de que, si el 14 de septiembre próximo, al caer la noche, os halláis a orillas del canal del Euripo, el mismo que señalaba la serpiente monstruosa y cuyas misteriosas corrientes tanto atormentaron a Aristóteles, los sabios aquí presentes podrán medir con el astrolabio la posición y la altura sobre el horizonte de la constelación del Delfín, y entonces, sin duda, os será revelado el lugar exacto donde fue ocultado el tesoro de Alejandro.
Aquello es, sencillamente, maravilloso. Tello, por supuesto, no lo entiende por completo.
Pero el método usado por el ingenioso autor del códice para ocultar las pistas que conducían a su tesoro le parece casi mágico y, sobre todo, portentoso.
De súbito, siente que le duele un poco la cabeza al pensar una y otra vez en aquella madeja de enigmas y acertijos oculta en un libro escrito por Aristóteles, el preceptor del más grande de los conquistadores, Alejandro el Grande de Macedonia.
—Aún falta mucho por descubrir en este libro maravilloso —interviene de nuevo Yehuda ben Moshe—.
Por ahora, hemos hallado el lugar donde comenzar la búsqueda: el canal del Euripo, junto a Calcis, en la isla de Negroponte.
Donde Aristóteles halló la muerte. Pero llegar allí solo será el comienzo de nuestras aventuras y peligros.
Como he dicho, en este códice aún quedan por resolver muchos acertijos que, sin duda, desvelan las trampas y enredos que el Estagirita ingenió para mantener a salvo su tesoro hasta que un sabio entre los sabios fuera capaz de descifrarlos.
Más aún, todo indica que este libro que aquí ves es solo la primera parte de la obra original y que Aristóteles se cuidó mucho de esconder también la segunda parte, y que, sin ella, no podremos concluir con éxito nuestra empresa.
Así que, cuando alcancemos Atenas, también deberemos buscar un segundo volumen, y, cuando lo tengamos en nuestro poder, podremos en verdad resolver todos los misterios.
—Sí, pero, para culminar lo que aquí ha sido expuesto, primero tendremos que echar mano de las habilidades matemáticas del maestro al-Ricutí —apunta Juan de Aspa.
—Por cierto, ¿cómo se está recuperando el maestre al-Ricutí? —pregunta entonces el rey muy oportunamente para el propósito de Tello de suplicar al rey que dispense a su amigo moro de tener que viajar en su lamentable estado.
—Si mi señor rey me lo permite, diré que no es conveniente ordenarle que se ponga en camino.
Siguiendo sus propias indicaciones, como sabéis, amén de matemático, es diestro galeno, le recompusimos las articulaciones, y la fiebre, al fin, lo ha abandonado, pero mi hermana opina que no soportará tan largo viaje sin que empeore de forma grave su estado.
Ante las razones de Tello, el rey se limita a negar con la cabeza, pesaroso, pero decidido a mantener su orden de que al-Ricutí tiene que partir con ellos a Sevilla.
—Lo necesitamos. Es el mejor matemático del que podemos disponer, y todo indica que las matemáticas y la astronomía desempeñarán un papel fundamental en esta empresa. Además, conoce como nadie la vida de Aristóteles y habla el griego con soltura.
—Mi señor rey... —amaga una nueva protesta Tello.
—No puedo concederos esto, buen caballero —lo corta el rey—.
A cambio, os prometo que el maestro al-Ricutí será atendido durante el viaje por mi propio médico, Yehuda ben Moshe, y que viajará en un cómodo carro dotado de lecho y de todo lo necesario para que su cuerpo sufra lo menos posible los avatares de los caminos.
El rey ha hablado y, como para señalar que no moverá su postura sobre la cuestión, levanta la mano derecha interrumpiendo la nueva súplica que Tello iba a hacerle.
—No os preocupéis, mi señor caballero. El maestro al-Ricutí es hombre fuerte y joven, y yo lo cuidaré como a la niña de mis ojos —dice el viejo Yehuda ben Moshe, quien no solo es el médico personal del rey, sino también el mejor galeno de Espanna.
Tello, que conoce bien al rey y, por tanto, sabe que no modificará su decisión, se conforma con eso, y práctico, como todo hombre de guerra, decide dejar la cuestión y pasar a la otra que le ronda la cabeza.
—Mi señor rey, habéis mencionado varias veces la existencia de un gran tesoro y vuestro propósito de apoderaros de él. ¿Estáis seguro de que existe en realidad y de que no se trata de una leyenda? —pregunta, aunque ya sabe la respuesta.
Aunque Alfonso es un rey sabio que ha gastado mucha plata en comprar, copiar y traducir innumerables libros, este que tienen ante ellos es un libro por el que se ha matado y torturado y que parece exhalar de entre sus viejas y sucias páginas el fuerte aroma de la codicia, y ese perfume nunca engaña a los hombres, sino que se limita a seducirlos.
—Sí, don Tello, ese es mi propósito, y debe permanecer oculto a todos.
El tesoro existe, no nos cabe duda de ello.
Es el que Alejandro entregó a Aristóteles.
El mismo que el filósofo escondió y que nunca ha sido hallado.
Existe y lo necesito para hacer de Castilla el reino más poderoso de la Tierra.
—Y al decir esto último, ya poseído por la pasión que pone en un futuro que tanto anhela, Alfonso da una fuerte palmada sobre el scriptorium —.
¡Y yo, con esa montaña de plata que Aristóteles ocultó, podré ser coronado emperador!
—exclama alzando la voz más de lo necesario y con los ojos calmos, encendidos como meteoros—.
¡Sí, con esa plata podré ser emperador y sumar entonces el poder de los reinos de Espanna al del Sacro Imperio!
¿Quién podrá resistírseme entonces? ¡Nadie!
Seré el más fuerte... ¡Sí, el más fuerte, y someteré a los moros de Granada y, tras ellos, a los benimerines de África, y al cabo, tras tales hazañas, cuando mi suegro muera, reclamaré Aragón y restauraré a la par el reino de los godos y el imperio de los romanos!
Ante semejante emocionada declaración de imperiales intenciones, todos se quedan mirando al rey, ya que Alfonso, por lo general un hombre reflexivo, tiene el rostro enrojecido de pasión y los ojos, casi siempre tristes, los muestra ahora brillantes, enfebrecidos por el sueño de ambición y gloria que acaba de trazar con palabras.
Aunque los sabios y Tello lo miran perplejos, el rey sigue ensimismado en sus planes de futuro poder y grandeza.
—Así que marcharéis a Oriente, a Grecia, llevando con vos, caballero, a estos sabios y al maestro al-Ricutí.
Una vez allí, os enfrentaréis a las trampas y acertijos que, sin duda, Aristóteles dispuso para guardar su tesoro.
Y cuando os alcéis con la victoria, regresaréis a Castilla.
¡Eso es lo que os ordeno y eso es lo que cumpliréis!
—sentencia con la impetuosa fuerza de un rey que no admite que acontezca otra cosa que la que ordena.
Como el silencio y la sobrecogida perplejidad que su ambición desatada ha impuesto a los que lo escuchan continúa, el rey se cree obligado a seguir desgranando sus secretos planes:
—Ya sabéis todos que la emperatriz de Constantinopla, mi prima, María de Brienne, va a arribar a Sevilla.
Iremos allí a recibirla. Viene a pedirme plata con la que rescatar de los venecianos a su hijo.
Es una triste historia la suya. ¿Os lo podéis imaginar?
¡Su esposo, el emperador Balduino II, no tuvo mejor idea que ofrecer a su propio hijo como prenda de garantía del préstamo que solicitó a esa patria de usureros que es Venecia!
Por supuesto, lo hizo desatendiendo de forma cruel los ruegos de su esposa, la emperatriz María.
Ahora, esa pobre madre vaga por las cortes de la cristiandad pidiendo plata con la que rescatar a su hijo.
¿Sabéis qué? Se la daré. Pero eso, escuchadme todos, eso no será un gesto magnánimo por mi parte, sino la tapadera con la que vosotros viajaréis a Oriente.
Nombraré a don Tello jefe de la escolta que llevará la plata del rescate a Venecia y a la emperatriz de regreso a Constantinopla, y también le encomendaré otra cosa más.
Que os proteja a vosotros, sabios maestros, en la tarea que os asignaré: ir a Atenas y Constantinopla en busca de viejos libros que traducir y copiar.
De esta manera nadie sospechará sobre mis verdaderas intenciones.
—Es un plan magnífico. Eso, piensa Tello, hay que convenirlo.
Sin poder evitarlo, la idea de un largo viaje hacia tierras lejanas y llenas de aventura le tienta el alma como lo harían unos dedos traviesos.
Pero el rey no ha terminado—. No hay duda de que esa estratagema os servirá de cobertura con la que llegar con seguridad a Atenas y, una vez allí, como ya hemos convenido, cabalgaréis a todo galope hasta el canal del Euripo, junto a la vieja ciudad de Calcis, en la isla de Negroponte, y allí buscaréis el tesoro de Alejandro.