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—La clave está en la palabra Kaikías —interviene Juan de Aspa, quien, por lo visto, es de los que gustan de interrumpir extensas disertaciones aunque las haga un rey—.
Kaikías es el nombre que los antiguos griegos daban al viento del noreste y, dado que la lechuza simboliza a Atenas y Kaikías está escrita a continuación de ella y precede a la criatura serpentina, lo lógico es pensar que, simbolice lo que simbolice esta última, se corresponderá con un lugar situado al noreste de Atenas.
—Entonces, la cifra 380 debe indicar la distancia que separa Atenas de ese misterioso lugar, del mismo modo en que la palabra Kaikías marca la dirección —se le escapa a Tello para sorpresa de los sabios que lo rodean, y justo en ese momento la podadera del jardinero se detiene.
—Eso que acabáis de concluir nos ha llevado tres días de estudio y debate —concluye el rey cuando logra recuperarse de la sorpresa y, vencida esta última, regresa también el chasquido metálico de la podadera.
—Tiempos extraños estos en los que un simple caballero necesita solo un instante para resolver lo que cuatro sabios tardaron días en concluir —añade Juan de Aspa, quien adopta un falso tono de pesar que no puede ocultar lo divertido que le parece todo aquello.
—Tello Bermúdez no es un «simple caballero» —interviene Yehuda ben Moshe—.
Ha viajado mucho, sabe leer y, por lo que sé, ama las historias de los héroes antiguos y, muy particularmente, las de Alejandro, César y Heraclio.
¿No es cierto que siempre andáis hablando con el maestro al-Ricutí de las guerras y hazañas de los antiguos?
Tello asiente y la mención del sabio musulmán atrae una sombra de preocupación a los ojos del rey y, a la par, recuerda al caballero que debe tratar de convencer al soberano de que dispense al maestro moro de viajar a Sevilla.
Pero Alfonso está tan concentrado en explicar los avances logrados en el desciframiento de las claves que conducen al tesoro que Alejandro de Macedonia envió a su maestro Aristóteles que Tello no se atreve a distraerlo.
Hace bien, pues el rey está tan abstraído que mueve de manera descuidada sobre el manchado folio del códice la piedra de lectura y hace que la matutina luz saque destellos del pulido cristal de roca.
—Bien, don Tello Bermúdez, retomemos el asunto que aquí nos convoca.
Habéis demostrado ser hombre despierto en grado sumo y habéis acertado en vuestra suposición: la cifra 380 representa la distancia que une Atenas con el lugar misterioso que señala la figura serpentina y, puesto que conocemos la dirección, hacia el noreste desde Atenas, si también pudiésemos conocer con precisión la distancia real que separa ambos lugares...
—concluye el rey, y deja en el aire el final de la frase como una invitación a Tello para que vuelva a sorprenderlos.
—Identificaríamos el segundo lugar y, por ende, dónde comenzar la búsqueda.
—¡Magnífico! —exclama Juan de Aspa, y su entusiasmo es de inmediato acompañado por el de los demás.
—En efecto, pero ¿qué distancia marca la cifra? ¿Qué representan esos 380 que Aristóteles anotó? —pregunta el rey en una suerte de intelectual «más difícil todavía».
—No sé cómo medían las distancias los antiguos griegos —confiesa Tello mientras abre sus manos de guerrero en un gesto de impotencia.
—En estadios, don Tello, en estadios —le aclara el rey, satisfecho de saber algo que no sabe su sagaz caballero—.
Lo que Aristóteles indicó es que desde Atenas había que caminar 380 estadios en dirección noreste hasta llegar al lugar que marca esa horrible serpiente de monstruosa cabeza —concluye Alfonso.
—Trescientos ochenta estadios equivalen, más o menos, a cuarenta y seis millas y media de los antiguos romanos, o, si lo preferís, a dieciséis leguas y media de las que usamos en Castilla 5 —aclara entonces Yehuda ben Moshe y, de inmediato, la podadera, que había callado otra vez, renueva su insistente quehacer.
—Pues bien, esos 380 estadios en dirección noreste, medidos desde Atenas, nos llevan, directamente, al sinuoso y estrecho canal que separa el Ática, la región del continente donde se halla Atenas, de la gran isla de Negroponte —añade Pedro de Regio sumándose a ellos tras prolongado silencio, y quien, como para consolidar sus palabras, acerca al scriptorium una carta de marear genovesa y señala en ella una isla alargada situada a Oriente, en las costas de Grecia.
—Y ahí es donde debemos volver, sobre la horrible figura de la serpiente con cabellos en espiral, siete ojos y siete bocas —apunta a su vez, casi triunfal, el rey.
Los cuatro sabios, Yehuda ben Moshe, Juan de Aspa, Pedro de Regio y Alfonso de León y Castilla, se quedan mirando a Tello en espera de que también resuelva en un nuevo destello de ingenio lo que a ellos les llevó días de estudio y discusión.
Sin embargo, Tello nota la expectación, traga saliva, vuelve a desplazar la piedra de lectura sobre el manchado y dañado folio de vitela del viejo códice griego, y la coloca otra vez sobre el diminuto dibujo de la serpiente.
Esta última se le muestra brillantemente azul, y sus revueltos cabellos, múltiples bocas y desenfocados ojos parecen invitar a la confusión, a la violencia, al caos...
Durante un largo rato contempla aquello y nada se le ocurre al principio, pero entonces se fija en el ondulado cuerpo serpentino, en que los cabellos de la bestia semejan remolinos y en que sus múltiples ojos son, en verdad, espirales, y todo cobra sentido.
—La serpiente indica un lugar donde el canal que separa la isla de Negroponte del Ática está sometido a fuertes y contrarias corrientes —concluye, y los cuatro sabios que aguardaban su respuesta casi se transforman en piedra.
—¡Santa María bendita! —suelta al fin el rey.
—Este caballero debería dejar la lanza y tomar la pluma —añade el también asombrado Pedro de Regio.
—Bueno, tampoco es para tanto —apunta el pequeño Juan de Aspa—.
Solo se trata de sentido común, y este último, después de todo, no necesita ni de saber griego ni de la lectura de incontables libros, ni de otra cosa que no sea un poco de buen seso.
Si este caballero lleva veinte años guerreando y sigue vivo, eso quiere decir que posee, no un poco, sino una buena cantidad de buen sentido.
Y todos ríen. Indudablemente, es la salida perfecta para que ellos sigan sintiéndose sabios, pese a que estuvieron días enteros meditando sin provecho sobre lo que Tello ha resuelto con un poco de lógica.
—De nuevo acertasteis en vuestra conclusión, don Tello, pues el lugar señalado por la serpiente monstruosa es el Euripo.
El punto más estrecho del canal que separa Negroponte del Ática, un lugar famoso desde antiguo por sus misteriosas, caóticas y formidables corrientes.
Un fenómeno natural tan intrigante que Aristóteles, al huir de Atenas y refugiarse en Calcis, la ciudad de Negroponte que está junto al Euripo, le consagró sus últimos días para tratar de resolverlo —le aclara Pedro de Regio.
—Vanamente lo intentó el Estagirita 6 —apostilla Juan de Aspa.
—Sí, y según cuentan algunos, su fracaso al tratar de descifrar la razón de las cambiantes corrientes del Euripo lo consumió de tal manera que lo llevó a la muerte 7 —interviene Yehuda.
Pero el rey no quiere distraerse con las historias relativas a la muerte de Aristóteles, ni con las que versan sobre su pasión por desentrañar fenómenos naturales, sino que quiere que todos sigan concentrados en los enigmas que el filósofo escondió en su último libro para que solo los más sabios pudieran hallar su tesoro.
—A continuación, atraeré la atención de todos sobre el folio que precede al que hemos descifrado —dice el rey, y pasa la hoja de vitela colocando sobre la nueva página manchada de sangre la semiesfera de cuarzo translúcido—.
Fue así, don Tello, que, tras descifrar el folio que os he mostrado en primer lugar, decidí que viajarais hasta Atenas y, desde ella, hasta el canal que separa el Ática de la isla de Negroponte.
Pero, una vez allí, queda por resolver cuál es el lugar exacto del Euripo que eligió Aristóteles para ocultar su tesoro.
Así pues, creemos que en este otro folio se esconden las claves para solventar el nuevo misterio.
Aún no lo hemos desentrañado por completo, pero, en cualquier caso, la línea que ahora os señalo parece indicar que se debe llegar a ese lugar en un día concreto del año.
Escuchad lo que lee y traduce el sabio Juan de Aspa.
—Y cede el sitio junto al scriptorium al alegre y viejo fraile que, tras una pausa un tanto teatral, recita en voz alta:
— ιδ ’ Δαίσιος, ιδ ’ Ἡλιοστάσιον. Δελφὶς πρὸς αἰγιαλ ὸν τοῦ ὀδύνης μου σημαίνει καὶ κρατε .
—Después de haber leído en la lengua de los antiguos griegos, el viejo y pícaro monje hace una larga pausa que aprovecha para pellizcarse la nudosa nariz antes de continuar—.
Es decir y en buen latín: «14 Daisios, 14 Heliostásion.
Delphinus ad litora tormenti mei signat atque praevalet».
Y ahora lo pondré en lengua romance de Castilla para que este sagaz caballero lo entienda sin esfuerzo: «14 Daisios, 14 Heliostásion.
El Delfín señala y prevalece a orillas de mi tormento... ».
El enigmático verso parece flotar en la luminosa sala, pues todos guardan un meditativo silencio que solo rasga el canto de los pájaros y, por lo visto, la silente podadera del jardinero.
Tello, subyugado completamente por aquel juego de acertijos y motivado por sus anteriores aciertos, se repite para sí las enigmáticas palabras, pero no halla nada que le permita dilucidar qué ocultan.
Entonces el rey acude en su auxilio con lo que ya saben.