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Palabras que son como sangre de alma rota derramándose en la penumbra fría de una madrugada.
Con ellas clavadas muy adentro, tras echar una última mirada a la partida de caza que se pierde entre los montes, Tello deja el olivar, es hora de prepararse para acudir a presencia del rey.
Camina en dirección a su casa mientras las sombras pierden la partida y en el levante se apagan las estrellas.
Bajo esa luz indecisa, lo espían los ojos que de día y de noche lo acechan y vigilan.
Una hora más tarde, con los primeros rayos de sol encendiéndole los leonados ojos, Tello se aproxima a las puertas que dan acceso a los jardines y huertas que anteceden al palacio de la Vega del rey.
Es la residencia que Alfonso, a menudo, usa para alojar a las embajadas y potentados extranjeros, y en la que, por lo visto, ha decidido reunir a los sabios que laboran descifrando los enigmas del Secretum Secretorum .
En la puerta del recinto palaciego, el guarda mayor del rey 2 custodia el acceso al frente de un grupo de hombres armados y, al ver a Tello, lo saluda y le franquea el paso.
—Nuestro señor el rey os aguarda, caballero —lo saluda el oficial del rey.
—Y lo hace con impaciencia, agregaría yo.
Quien ha intervenido es el viejo Juan de Aspa 3 .
El monje, de cortos cabellos en los que el negro y las albas canas se disputan el espacio, ojos traviesos y azules, de rostro moreno dominado por una boca amable siempre dispuesta a la sonrisa, es un reputado sabio, amigo de Yehuda ben Moshe, el médico judío del rey, y, sin duda, uno de los astrónomos más versados de cuantos laboran en los reinos de Alfonso.
—Si os parece, señor caballero, seré yo quien os conduzca a presencia de nuestro rey —agrega el viejo sabio, y Tello, que desmonta y entrega las riendas de Granizo a uno de los guardias, sigue de inmediato a Juan de Aspa, quien lo conduce por el recinto palaciego con paso sorprendentemente alegre para sus muchos años.
Es un largo paseo por entre jardines y huertas donde cantan acequias, norias y fuentes que alimentan cultivos y estanques, y en donde los perfumes de plantas aromáticas, flores y árboles frutales anticipan la inminente primavera.
Mientras el monje y el caballero avanzan entre rosales que se disponen a florecer, un jardinero los mira con atención y disimulo, y los sigue aparentando estar en sus labores.
Al cabo, a su paso por una garbosa puerta de arco de herradura, Tello y Juan de Aspa desembocan en un amplio patio ceñido por setos de aromático mirto y avanzan a través de él hasta desembocar en una luminosa estancia en donde se ha dispuesto un scriptorium y se ha juntado una pequeña biblioteca en la que se afanan Yehuda ben Moshe, médico hebreo de Alfonso X, y el italiano Pedro de Regio.
Una pareja de eruditos a la que se ha sumado, con entusiasmo a tenor por su rostro encendido de gozo, el mismísimo rey de León y Castilla, Alfonso X, que no en balde se considera sabio y que, al igual que los dos astrónomos y matemáticos allí presentes, se afana en descifrar los enigmas dejados por Aristóteles antes de consumirse por completo y perder la vida.
—Mi señor rey, os traigo al caballero Tello Bermúdez —anuncia, jovial como siempre, el viejo Juan de Aspa.
Alfonso levanta la vista del libro que estudia con el auxilio de una piedra de lectura 4 y ofrece una sonrisa de bienvenida a Tello.
—Me satisface comprobar que os reponéis con premura de vuestras heridas —dice a modo de saludo.
Tello, que aún luce varios vendajes y cardenales, no lo tiene tan claro. Pero lo cierto es que su capacidad de recuperación es sorprendente, y que heridas que a otros postran durante semanas a él solo lo obligan a guardar cama durante unos días.
—Me habéis llamado, mi señor rey, y aquí estoy.
—Sé que aún deberíais guardar reposo durante unas cuantas jornadas más, pero necesito de vuestros servicios. Sentaos, pues lo que tengo que contaros a todos concierne.
En la sala, además del scriptorium y los anaqueles repletos de viejos libros, hay pequeñas mesas exquisitamente talladas y multitud de grandes cojines de seda, en uno de los cuales, bordado con estrellas de Salomón, toma asiento Alfonso, que se cubre la cabeza con un turbante de seda verde y se envuelve en una cómoda y suelta túnica roja, ceñida a la cintura con una faja de hilos de oro, bajo la cual asoman unos holgados pantalones.
El soberano de Castilla parece un rey moro, pero su aspecto no extraña a nadie, pues es su costumbre y la de otros reyes cristianos vestirse de tal guisa cuando se hallan en la intimidad que les brindan sus palacios de recreo.
—Hablaré con claridad, ya que estáis aquí, ante mí, todos los que habéis sido elegidos para conocer los secretos del libro y de la búsqueda que a partir de ellos se emprenderá.
Al escuchar aquello, Tello, sentado sobre un mullido cojín forrado de seda dorada, tiene el presentimiento de que, con tan escasas palabras, el rey acaba de encaminarlo hacia la boca del lobo.
Inquieto, mira en derredor en busca de las reacciones de los tres eruditos, pero los sabios, Yehuda ben Moshe, Pedro de Regio y Juan de Aspa, lejos de demostrar temor ante la promesa de una arriesgada empresa, parecen alegres como niños a punto de devorar una bandeja de pasteles.
—Hemos avanzado mucho en estos días —prosigue el rey, y en su «hemos» hay un poco de vanidad, pues también él ha hecho alguna pequeña aportación al desciframiento de los enigmas ocultos en el libro—.
Y puesto que el caballero Tello Bermúdez los desconoce, se los revelaré ahora bajo juramento de no comunicar a nadie lo que a partir de ahora escuche.
—Y diciendo esto, el rey se incorpora, se acerca al scriptorium y sitúa la piedra de lectura sobre uno de los folios del códice del Secretum Secretorum a la par que invita a Tello a acercarse y mirar a través de la convexa semiesfera de pulido cuarzo translúcido.
En el silencio de la sala iluminada por una enorme ventana geminada, los sabios miran expectantes al caballero.
Solo se oye, algo alejado, el insistente sonido de corte que hace la podadera de un jardinero mientras recorta los mirtos del patio que da a la estancia.
Tello ya está ante el libro, y con esa precaución que uno pone cuando se enfrenta a lo sorprendente, mira a través de la piedra y no puede evitar un respingo cuando comprueba que el pétreo artilugio aumenta de forma significativa el tamaño de letras y dibujos, un prodigio que le parece magia, puesto que, aunque había oído de estas maravillas, nunca había podido mirar a través de una de ellas.
—También usamos lentes de cristal pulido, pero esta piedra de lectura no es inferior a ellas y bastará para mostraros con nitidez lo que contiene esta línea —le explica el rey mientras desplaza el pulido cristal de cuarzo sobre la vitela del códice y lo sitúa sobre una diminuta lechuza—.
El libro es, en esencia, un compendio de sabiduría sin igual.
Ofrece consejos y advertencias sobre el arte de gobernar.
Pero, además, aquí y allá, inserta mensajes que podemos identificar como enigmas que conducen al famoso tesoro que Alejandro el Grande entregó a su maestro Aristóteles a la par que desvelan los peligros y trampas que lo guardan.
Por ejemplo, fijaos en esta lechuza que señala el inicio de esta línea.
Como veis, está coloreada de azul y, si supieseis griego, os percataríais de que no tiene relación con lo que viene a continuación de ella, sino con el inicio de cada uno de los renglones que siguen.
Dicho de otro modo, debemos leer el mensaje secreto que anuncia la lechuza, de arriba abajo y no de izquierda a derecha.
Creemos que las miniaturas y letras aquí anotadas y que encabezan cada uno de los renglones de este folio en particular señalan el lugar a donde deberéis dirigiros cuando partáis hacia Oriente en busca del tesoro.
Intrigado, Tello vuelve a mirar a través de la piedra de lectura y contempla la ahora aumentada diminuta figura de la lechuza, vivamente coloreada de azul, bajo la cual, al inicio de cada uno de los renglones que bajo ella quedan, le siguen unos extraños signos.
Con toda certeza, deben de ser las letras que usan los griegos.
Al final, encabezando el último renglón, el dibujo de una gran serpiente con cabeza humana de ensortijados cabellos, rostro feroz, siete ojos y siete bocas.
—La lechuza que veis señala a la ciudad de Atenas —comienza a explicarle el rey mientras la podadera sigue recortando los mirtos del patio, acercándose más y más en su incesante labor—.
La lechuza es el símbolo de Atenea, diosa de la sabiduría y de la guerra, y protectora de Atenas.
En cuanto a las letras que pueden verse de inmediato bajo la rapaz nocturna, Juan de Aspa ha tenido a bien esclarecernos que no conforman palabra alguna, sino que expresan un número conforme al sistema jónico, usado en tiempos de Aristóteles y que empleaba las letras del alfabeto heleno para representar las diversas cifras.
En concreto, aquí —el rey señala lo que dice moviendo la semiesfera de cuarzo translúcido—, están las letras que corresponden a trescientos, τ ’, y a ochenta, π ’.
Es decir, la cifra anotada es 380. Un número que, como sin duda advertiréis, es seguido, si pasamos al renglón siguiente, por una palabra griega: Καικίας , esto es, Kaikías , que, a su vez, precede al dibujo del monstruo con cuerpo de serpiente con el que termina el folio iniciado por la lechuza.