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Tres horas más tarde, al borde del alba, Alfonso de León y Castilla cierra los ojos un instante y escucha el agua que corre por la escueta acequia.
Le gusta eso, escuchar los cantos del agua.
Cuando llueve, cuando corre por las acequias, cuando salta en la fuente, cuando el mar golpea con sus olas...
, el agua lo calma, lo serena. Y ahora mismo lo necesita, pues empieza a sospechar que su mejor amigo, don Nuño González de Lara, es un traidor.
Por supuesto, no tiene aún certeza de ello, ni puede acusar abiertamente al señor de la casa de Lara de tal cosa, pues don Nuño es, después de él, el hombre más poderoso de Castilla y cuenta con el apoyo de muchos grandes señores.
Así que no puede ir contra él sin tener pruebas contundentes de su traición.
De acuerdo, pero debe comenzar a desconfiar y a ser prudente... , muy prudente y vigilante.
Don Nuño se comporta de forma extraña y ha sido una suerte que su médico, Yehuda ben Moshe, se lo señalara el día del juicio de Dios.
En cualquier caso —medita a la par que abre los ojos y mira el agua de la acequia que parece aclararse como si anticipara el primer fulgor del amanecer que se aproxima—, debe apartar a Nuño del libro.
No debe saber nada sobre los progresos que hacen en su desciframiento, ni tampoco sobre la expedición que enviará a Oriente, encabezada por Tello Bermúdez.
Además, gracias a la oportuna llegada de la embajada de Constantinopla a Sevilla, podrá camuflar bajo la especie de que no es sino su propia legación regia destinada a escoltar de regreso a la emperatriz María de Brienne, así como llevar allí a un grupo de sabios que tendrán como supuesta misión buscar y copiar viejos textos en las bibliotecas de Grecia y Constantinopla.
Esa será una buena tapadera para ocultar el verdadero propósito que encomendará a Tello Bermúdez y a los cuatro sabios que partirán con él.
¿Se tragará don Nuño la mentira? No lo sabe.
Pero sí sabe que ya no confía en él, y eso le causa un dolor que no esperaba a estas alturas de su vida, el de la decepción.
Mueren las sombras de la madrugada ante el nuevo amanecer que se anuncia cuando, alejándose del agua mansa que riega sus jardines y huertas, un rey con el alma herida por la posible traición de un amigo regresa a sus habitaciones y al estudio de un libro que se ha transformado en su obsesión y en su más loco anhelo de futuro.
Sentado en el scriptorium donde el volumen permanece abierto, los ojos del rey vuelven a posarse sobre los enigmáticos dibujos de astros, símbolos, bestias y monstruos.
Entre los vivos colores, cree atisbar los rostros de Tello Bermúdez y Nuño González de Lara. Sin duda, existen los presentimientos.
—Nuño, mi amigo y consejero. Tello, mi caballero más fiel y valiente. ¿Seguirán siéndolo cuando todo esto concluya?
Está solo y nadie, ni siquiera su yo más profundo, contesta a la pregunta. Así que apaga las velas y, cansado, deja al libro maldito a solas y entre las últimas sombras de la noche que perece.
Justo en ese mismo instante, amanece y, aun antes de que el sol asome, don Nuño González de Lara está de nuevo de caza. ¿Por qué tan temprano? Porque no puede dormir. El sentimiento de culpa y la rabia lo consumen desde hace días y necesita agotar su cuerpo para poder calmar su mente.
Culpa y rabia. La imagen de su niña desangrada y yerta, además de la rabia de ver cómo mengua la influencia que ejerce sobre el rey, se le suman en las entrañas en un solo nombre que lo colma de deseos de venganza: Tello Bermúdez.
Retiene a su caballo y trata de serenarse mientras lo envuelven el frío, el ladrido de los perros, el relinchar de los caballos y la premura de sus hombres, quienes ansían derramar sangre.
Es una partida numerosa la que encabeza: seis alaneros que se las ven y se las desean para sujetar a los treinta feroces alanos que componen la jauría; ocho monteros que conocen las bestias salvajes y los montes mejor que nadie, y doce caballeros y ocho escuderos que le sirven tanto de guardia como de compañeros de caza.
En total, treinta y cinco hombres, veintiún caballos y treinta perros, o lo que es lo mismo, una algarabía similar a la que puedan organizar cien demonios en el infierno.
Pero el infierno lo lleva dentro y no le da tregua, sino que se le revuelve de continuo en la cabeza trayéndole una confusión de sentimientos y pensamientos que trata de embridar para no meterse de lleno en una locura que presiente y teme.
Hace apenas unas horas, en mitad de la noche, mandó traer a su insomne presencia al joven Miguel, el aterrorizado discípulo de Julián de Ávila, para meterle miedo en el cuerpo y ponerlo a su servicio.
Por tanto, puesto que el canónigo Martín Pérez no sabe griego, necesita a alguien que pueda comprenderlo para descifrar el sentido de las palabras helenas que fueron transcritas a la miserable e inconclusa traducción del Secretum Secretorum que tiene en su poder.
Mientras no logre hacerse con el libro original, es lo único que puede usar para tratar de adelantarse al rey o, al menos, para frustrar sus planes.
Aún los desconoce, pero los descubrirá antes o después.
Para eso tiene espías en palacio y hasta en el último rincón de Toledo que vigilan de día y de noche al rey, a los sabios que Alfonso ha llamado en su auxilio para descifrar el códice y a ese perro de Tello Bermúdez.
Tello Bermúdez... Ese nombre se le hace hiel en la boca, y con esa amargura, sobre la colina, con el sol que amaga si salir o seguir amortajado por las últimas sombras de la madrugada, atisba en la lejanía el somnoliento penacho de humo que mana de la chimenea de la casa de Tello Bermúdez.
De inmediato, como si se tratara de la puñalada de una cruel centella, vuelve a sentir la cólera ardiéndole en las entrañas y se ve obligado a luchar reciamente con el impulso de mandarlo todo al diablo y tomarse ya, ese mismo amanecer, cumplida venganza.
Caer con sus cazadores sobre la hacienda de Tello Bermúdez para echarle los alanos encima y darse el gusto de ver cómo lo destrozan a dentelladas.
Se estremece de placer solo de imaginarlo, y uno de sus escuderos, pensando que su señor tiene frío, corre presuroso a ofrecerle el abrigado manto que porta consigo y que el conde, sin mirarlo siquiera, desdeña con un ademán.
Sería maravilloso azuzar a sus treinta alanos contra Tello Bermúdez y luego, para completar su dicha, degollar con sus propias manos a la puta de su hermana, al moro del que cuida, a su sobrino y hasta al último de los aparceros y sirvientes que viven en la finca.
Una matanza que le sería muy fácil perpetrar con la gente y los perros que lleva ahora consigo, y que siempre podría achacarse a una partida de moros algareros o a una banda de ladrones.
—¿Os encontráis bien, mi señor conde?
Quien ahora interrumpe sus pensamientos es uno de sus caballeros, preocupado por el extraño proceder de su señor, quien, detenido sobre la cumbre de la colina, no puede quitar los ojos del humo que señala la casa de Tello Bermúdez.
Ignora por completo a sus compañeros de caza y a los treinta escandalosos y nerviosos alanos que, ladrando, aullando, gimoteando, olfatean la sangre de sus futuras presas.
Tal vez estaban llenando sus caninas narices con el olor de Tello Bermúdez.
A fin de cuentas, no sería la primera vez en su vida que echa los perros a un desgraciado para que se lo coman vivo.
—Sería tan fácil... —se le escapa entre los crueles y pálidos labios, y lo hace sin atender a quienes lo rodean.
Pero la prudencia que debe salvaguardar su ambición política se impone a su deseo de venganza y, frustrado, lanza una patada al hocico de un perro que, ansioso, se le ha acercado demasiado.
—¡Vamos a los montes a matar osos! —grita furioso a la par que espolea a su caballo, mientras que sus hombres, perplejos por su extraño proceder, se apresuran a seguirlo.
En ese mismo momento, ajeno al mal que lo ronda, Tello está en el olivar.
El fantasma, el recuerdo de Juana, tampoco lo deja dormir.
Sus heridas, aún a medio curar, le duelen con la humedad que ha sembrado la escarcha sobre los campos que aguardan primavera y con su compañía, la del dolor, se ha adentrado en los olivos en busca de una paz que no puede hallar.
Es así como escucha, en la lejanía, los ladridos y aullidos de la jauría, y se pregunta qué gran señor habrá salido a cazar tan temprano y cuáles presas pretenderá abatir entre las sombras de la madrugada.
Como es hombre de guerra, el instinto lo alerta y sus sentidos se agudizan en busca de señales.
Y las halla: los ladridos y aullidos le dicen que se trata de una jauría de alanos numerosa y muchos también son los caballos que galopan entre ellos.
Entonces, al oeste, los contempla coronando una colina y, al ver flamear la señal 1 que portan, advierte que la partida de caza la encabeza don Nuño González de Lara.
—¡Maldito seas! —pronuncian sus labios, aunque no es consciente de que su odio se ha condensado en palabras.
Odia al conde con todas sus fuerzas, no puede evitar considerarlo culpable del suicidio de Juana.
Por Dios que así es. Y es que, aunque al principio creyó que el desdén con el que lo despidió Juana provenía de su orgullo de dama de alto linaje, tras su muerte comprendió que nacía del deseo de la muchacha por protegerlo de su padre, quien ya la había destinado al señor de los Cameros y no tendría reparo alguno en buscar la ruina de cualquier caballero que se interpusiera en sus planes de alianza matrimonial.
—Fue tu padre quien te rompió el corazón... Fue él quien te obligó a alejarte de mí para echarte en los brazos de la muerte.