Muerte en Toledo 1 #3
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Unas horas más tarde, Miguel, el joven discípulo del malogrado Julián de Ávila, se mea encima.

Cualquiera lo haría si en mitad de la noche, en el mejor de los sueños, lo amordazan, le vendan los ojos, le atan con violencia manos y pies, lo cargan como si fuera un fardo y lo llevan a un lugar en el que reinan las sombras y el terror.

Miguel no sabe qué lugar es. Por lo pronto, le acaban de quitar la venda que le tapaba los ojos y casi no ve nada, pues la gran estancia donde se halla solo está iluminada por una mezquina luminaria que, más que disipar, parece atraer tinieblas y, de entre ellas, al fondo, una sombra entre las sombras le habla con voz de afilado hielo.

—Has hecho bien en mearte encima. ¿Sabes por qué, joven monje?

Miguel niega con la cabeza. Tiene tanto miedo que no recuerda que le han quitado también la mordaza y que podría hablar con libertad.

—Porque ahora sé que estás muerto de miedo y no voy a tener que hacerte daño para aumentar el terror que ya sientes. ¿Verdad que estoy en lo cierto y que no va a ser necesario atormentarte para que sientas aún más miedo y me obedezcas?

Hay un maligno regocijo en aquella voz. Uno profundo, nacido de una maldad arraigada y pura.

Miguel lo percibe, pues siempre fue un chico despierto y, además, se le pasa por la cabeza que a lo mejor, su llorado maestro, Julián de Ávila, también escuchó esa voz fría e inmisericorde antes de comenzar a ser torturado más allá de todo límite y medida.

—Joven Miguel, te voy a explicar por qué estás aquí. Tu maestro, Julián de Ávila, te enseñó griego, ¿verdad?

Miguel asiente y, mientras lo hace, con todo el disimulo que puede, lanza miradas desesperadas a las sombras en busca de una salida de aquella ratonera.

Pero no la halla. Ya que se encuentra en una sala de piedra y rodeado de oscuridad, presiente que hay hombres implacables que lo vigilan prestos a someterlo a tormento en cuanto la voz de hielo se lo ordene.

—Pues eso, mira tú por dónde, te puede salvar la vida —sigue diciéndole la sombra entre tinieblas con su voz helada y cruel—.

Voy a decirte una cosa y solo te la diré una vez: esta noche se decide tu destino.

Puedes entrar a mi servicio o puedes negarte, y entonces ordenaré que te corten en pedacitos aquí y ahora, delante de mí. ¿Qué decides?

La pregunta es fácil de responder. Evidentemente, el joven Miguel quiere seguir entero y vivo.

—Mi señor, no conozco vuestro nombre, pero, seáis quien seáis, juro por Dios que os serviré con devoción —responde de manera atropellada el joven monje, y, como la desvaída figura hecha de tinieblas permanece en ominoso silencio, agrega con pánico incontenible—: ¡Lo juro, lo juro por Dios!

¡Pero por la Santa Virgen María, os suplico que no me hagáis daño!

La respuesta al desesperado ruego de Miguel es una risa despiadada que resuena tétricamente en aquella sala de piedra amortajada con intimidantes sombras. Miguel, al escucharla, se pone a temblar de manera incontrolada.

—¿Que no te haga daño? No, no te lo haré mientras me seas útil y fiel. De ti, pues, dependerá seguir entero o convertirte en ensangrentados despojos que alimentarán a mis perros.

—¡No, no, mi señor, os juro que haré todo lo que me ordenéis! —Y las súplicas de Miguel van acompañadas de lágrimas de puro miedo.

—Entonces ya no es necesario que siga aquí.

Reza, joven monje, para que no tengas que volver a escuchar mi voz.

Ahora te juraré una cosa: si no consigues hacer lo que te vamos a pedir, si me fallas o si me traicionas, volverás a escucharla y sabrás que la hora del dolor más infernal ha llegado para ti.

Se va. La sombra entre tinieblas se va. Y Miguel, con los nervios rotos, se echa a llorar de forma histérica.

Luego casi se muere del susto, ya que una nueva figura informe se le acerca y se pone ante él, y, de súbito, enciende una vela y Miguel se queda helado al reconocer el rostro que la luz revela.

—Muchacho, la sombra se ha ido, pero te ha puesto en mis manos, y eso debería preocuparte —diciendo aquello, Martín Pérez, canónigo de la catedral de Santa María de Toledo y juez pesquisidor del rey, las alza, y Miguel advierte que una de ellas está mutilada—.

Sí, fue la sombra que te habló quien me mutiló la mano.

Fue un aviso y, desde entonces, le sirvo fielmente.

Me ha ordenado descifrar un enigma, ¿te gustan los enigmas?

Espero que sí, porque si no me ayudas a descifrar este, suplicarás tu muerte.

—Yo..., yo, no..., quiero decir que sí, que me gustan los enigmas.

—Te explicas muy mal, muchacho, pero deduzco que vas a ser bueno y que esta noche no tendré que cortarte ningún dedo.

—Y esas palabras van acompañadas de una aviesa sonrisa—.

¡Traedlo conmigo! —ordena a la oscuridad, y unas manos recias sujetan por los brazos al joven Miguel para conducirlo tras Martín Pérez, quien, señalando el camino con la escasa luz que porta, los conduce por una larga galería.

Miguel, mientras avanza, pese al terror que lo atenaza, advierte que uno de los hombres que lo aferran con fuerza, un gigante de manos tan grandes como zarpas de oso, arrastra un pie deforme.

De repente comprende por qué los asesinos de su maestro se tomaron tantas molestias en borrar las huellas de sus pisadas.