Muerte en Toledo 1 #2
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—Cuando os vi a los pies del rey, roto, sufriendo, supe que yo también os amaba. Es una locura, pero ¿acaso la vida puede ser otra cosa? Será el nuestro un amor secreto, ya que ni la costumbre, ni el honor, ni mi hermano consentirán nunca en que pueda ser de otra manera.

—No me importa, señora. Me basta con saber y con sentir lo que ahora sé y siento. Para mí sois la rúbrica con la que Dios ha completado la creación del universo.

—Creía que erais matemático, maestro al-Ricutí, pero veo que en realidad sois poeta —le replica Isabel a la par que sus labios operan el prodigio de que su sonrisa deje de ser nieve tenue de noviembre para tornarse lluvia alegre de septiembre.

—Recordad, mi señora, que los números son perfección, y que esta última siempre me remite a vos —responde con una chispa de picardía que alumbra sus ojos enfebrecidos.

Ella no puede entonces contener la risa, y para al-Ricutí es como si sobre él se derramara luz que disipa su fiebre.

Es un instante mágico en el que las manos de los dos, de la dama castellana y del maestro moro, se rozan en un murmullo dulce de dedos entrelazados.

Solo un instante, pues, al siguiente, oyen pasos y se separan con premura.

Quien en la sala penetra es Sancha, y trae el semblante un tanto demudado.

—Los hombres del rey se han presentado en nuestra puerta para transmitir una orden de nuestro señor Alfonso: en tres días el maestro al-Ricutí y don Tello Bermúdez deben incorporarse a la comitiva real que partirá para Sevilla.

Isabel no responde. Al menos no con la palabra.

Pero, tras intercambiar una mirada con el postrado andalusí, sale de la estancia y, sin aguardar a Sancha, abre la puerta de la casa y se enfrenta a los mensajeros del rey.

Están encabezados por un caballero muy joven que Isabel no conoce y que le ofrece un cortés saludo.

—Mi señora. El rey parte a Sevilla en tres días y ordena que vuestro hermano y el maestro al-Ricutí se incorporen a su comitiva. Tiene asuntos importantes que tratar con ellos. Le serán comunicados mañana mismo a don Tello en el palacio de la Vega del rey.

Isabel no contesta al rubio muchacho. Es evidente que una orden real se cumple y, en el caso de Tello, nada puede hacerse, pues, como caballero del rey, está obligado a seguirlo a donde su señor vaya o le ordene.

Pero al-Ricutí es otra cosa. El sabio está postrado, y sus lesiones necesitan de reposo y no de largos y azarosos viajes.

En verdad, emprender y afrontar el camino a Sevilla podría costarle la vida.

—Decid a nuestro señor, el rey, buen caballero, que transmitiré a mi hermano sus órdenes. En cuanto al maestro al-Ricutí, su cuerpo está quebrado, y su salud, dañada. Es, pues, imposible que se ponga en camino en tres días. —Y al decir esto, se dispone a cerrar la puerta.

El joven caballero la detiene antes de que se cierre y los ojos de ambos, de la dama madura y fuerte y del muchacho inexperto pero pagado de sí mismo, se enfrentan en duelo: una mujer decidida a proteger a quien en secreto ama y un muchacho metido a caballero, dispuesto a cumplir, cueste lo que cueste, lo que su rey ordena. El choque está servido.

—Las órdenes de un rey, doña Isabel, se cumplen —insiste, y su tono es insolente—. Tres días ha dicho el rey, y una vez pasados, me presentaré de nuevo aquí para escoltar al maestro al-Ricutí o para llevármelo por la fuerza si no viene por voluntad propia.

Son duras palabras que habrían hecho vacilar a muchos. Pero la dama alta, pálida y valiente como una leona no se cuenta entre esos «muchos».

—Podéis hacer lo que os plazca. Pero una cosa os digo ahora: no consentiré que saquéis de mi casa a un hombre postrado y roto para llevarlo a morir a los caminos de Castilla.

—Y lo dice clavando una mirada tan severa y decidida que el joven caballero, sin que sus pies puedan evitarlo ni su mente comprenderlo, da dos pasos atrás.

Pero la sorpresa es reemplazada de inmediato por la furia que se le prende en el pecho al ver que ha bastado la oposición de una mujer para que él, un bisoño caballero que necesita demostrar su valentía, retroceda.

—¡Por todos los santos que me llevaré de esta casa a ese maestro moro! —grita con el rostro encarnado.

Atraídos por las voces, Ramiro y Alvar acuden desde los establos donde estaban herrando a los caballos y a las mulas, y, al contemplar cómo la dama Isabel se enfrenta a los hombres del rey, se interponen de forma violenta entre ella y los soldados.

Entonces, Alvar, un muchacho que aún no ha cumplido los quince, al ver que un hombre del rey alarga la mano para sujetar a su madre, le asesta un golpe con el martillo de herrar.

La cosa podía haber terminado en desgracia si en ese momento no hubiera acudido Tello.

Regresaba a toda prisa desde el cercano olivar, como un león furioso que llevara prendido fuego en los iracundos ojos.

Ante esa ira, ya legendaria, los hombres del rey se echan atrás.

—¡Son órdenes del rey! —grita, asustado aunque no lo confiese nunca, el joven caballero que capitanea la pequeña tropa.

Sí, y las órdenes de un rey se cumplen. Así que Tello, caballero de Alfonso, aunque sigue echando fuego por los ojos, asiente con lentitud.

—Y será cumplida su orden. Hablaré con el rey.

—Os aguarda mañana a primera hora —explica de forma innecesaria el joven caballero buscando recuperar algo de su perdida compostura.

Se fija, de paso, en que Tello luce vendajes y cardenales que señalan las muchas lesiones sufridas días atrás durante el juicio de Dios en el que dio muerte al gigante normando.

—Pues, si ya habéis dicho lo que teníais que decir, aquí no sois bienvenido. —Le espeta Tello desabrido.

El joven caballero se vuelve a tragar el orgullo y, sin decir nada más, monta en su caballo y conduce a su pequeña tropa de regreso a Toledo, y mientras van camino adelante, avergonzado, no se atreve a mirar a los que lo siguen.

Sabe que ha sido humillado, desde luego, pero también sabe que, de haberse enfrentado a Tello Bermúdez, habría salido mal parado, pues el otro ha combatido en cientos de batallas y sobrevivido a todas ellas.

Mientras ven marchar a los hombres del rey, permanecen en silencio, como si quisieran que el mundo, al no oírlos, se olvidara de ellos y los dejara tranquilos.

—No temas, Isabel —dice al fin Tello—. Todo irá bien. —Mientras lo dice, sabe que no es verdad.

—Es ese libro maldito, ¿no?

La pregunta de Isabel es certera, como todas las suyas. Tello, mirándola de frente, iluminada por el último sol de la tarde, asiente despacio mientras vuelve a alarmarse al constatar, una vez más, lo delgada y pálida que está su hermana.

—El rey se ha encerrado con sus sabios para estudiarlo y creo que necesitan el auxilio de al-Ricutí para coronar por completo esa empresa.

Tiene prisa nuestro soberano y no quiere darse descanso ni aunque tenga que partir para Sevilla —explica—.

Nadie lo esperaba. Pero la embajada de la emperatriz de Constantinopla arriba a Sevilla y nuestro señor el rey debe partir a recibirla, y eso trastoca sus planes.

—¿Sus planes? ¡Sean los que sean, no valen más que la vida de al-Ricutí! —sentencia Isabel y, sin esperar respuesta, se da la vuelta y deja a Tello.

Durante un instante, sorprendidos, Alvar, Ramiro y Tello intercambian miradas.

Luego, sin saber qué decir, su escudero y su sobrino regresan a los establos.

Tello, sin atreverse todavía a entrar en la casa, se pregunta qué está pasando en el corazón de su hermana y qué hará él cuando se desencadene la tormenta que presiente.

Mientras teme al futuro y maldice su presente, el sol, al fin, se hunde bajo el inalcanzable horizonte, y entre los resplandores del moribundo astro, la silueta de Tello se define con nitidez y arroja largas sombras.

Él no lo sabe, pero allá, entre las encinas, sobre la cumbre de una de las dos colinas que dominan su propiedad, dos hombres lo vigilan.

—¿Lo mato ya? —pregunta uno de ellos, quien, con una ballesta cargada y dispuesta, apunta a Tello.

—No. Todavía no.

—¿Por qué no, brujo?

—Porque solo nos han ordenado vigilarlo y porque su muerte debe ocurrir lejos de nuestro señor para que no puedan relacionarla con él, y también porque morir así, tan rápido, no le daría satisfacción a don Nuño, quiere que sufra, recuérdalo.

Ante aquello, el ballestero refunfuña molesto y baja la pesada arma para destensar la cuerda.

—¿Y qué hacemos entonces aquí toda la maldita tarde? —se queja.

—Antes de abatir a un león, hay que acecharlo, y eso debes seguir haciendo tú, día tras día, hasta que llegue el momento de matarlo —le espeta el nigromante sin apartar los ojos de un Tello que, ajeno a la muerte que lo ronda, se decide al fin a entrar en su casa mientras un brujo cuya existencia ignora le lanza una maldición con la mirada.