Muerte en Toledo 1
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Don Nuño González de Lara cierra los ojos un instante y trata de despedir al fantasma de su hija Juana.

De noche y de día, la imagen de su niña permanece visible en un rincón de su mente.

Haga lo que haga, piense en lo que piense, sueñe o esté de vigilia, Juana está ahí, ante él, silente: blanca como la muerte, con las manos y las faldas empapadas en su propia sangre, con la más triste sonrisa en los labios y su última mirada cargada con un desesperado reproche, lo golpea desde sus ojos de muchacha.

Sabe, porque los malvados también pueden ser sabios, que aquello no es real, sino que son su delirio y su inconsolable dolor como padre, los que convocan de continuo a su Juana.

Nuño podrá ser duro como el pedernal e implacable como el hierro forjado para dañar, pero amaba a su hija.

No es de extrañar, pues también el mal, aunque se aloje en el pecho de un hombre sin piedad como don Nuño González de Lara, es capaz de amar.

Sin embargo, aunque lo haga, nunca olvida su verdadero ser, y en el caso de don Nuño, ese ser es ambición, venganza y poder.

Por eso, ahora que sabe que será el caballero Tello Bermúdez quien capitaneará la secreta expedición que el rey pretende enviar a Oriente en busca del tesoro de Alejandro, se esfuerza por tener más clara que nunca su afilada mente.

Y una cosa tiene clara: hará fracasar esa empresa y, de paso, aprovechará para dispensarle a Tello Bermúdez la peor muerte que pueda imaginarle.

En el regazo, abandonada desde hace un rato, descansa la carta cifrada que le ha enviado Ricardo de Cornualles.

El inglés, que tiene sus propios agentes en Castilla, le pide razones para entender en qué anda Alfonso, pues hasta sus norteños oídos han llegado rumores de que su rival por el trono imperial se muestra de nuevo muy activo en sus empeños por ser coronado.

Mas nadie sabe de dónde piensa Alfonso sacar la plata necesaria para tantas y tan costosas empresas, pues no hay constancia de que tan crecidos sean los préstamos que los judíos le ofrecen.

Por si fuera poco, también se desconoce con qué prenda garantizó el rey semejantes créditos.

Podría decirse que todo es un misterio. Aunque don Nuño supone que la garantía en cuestión está relacionada con el maldito códice griego a cuyo desciframiento ha consagrado el rey los esfuerzos de sus sabios y sus propios desvelos, y que, por lo visto, ofrece ya expectativas...

jugosas. Tanto que Alfonso parece, de repente, muy seguro en sus imperiales proyectos y hasta se permite derrochar plata como si estuviera ya en posesión de un inagotable tesoro.

—¡Necio! —se le escapa a Nuño González de Lara al pensar en su amigo y rey.

Pero, necio o sabio, es indudable que Alfonso X parece ya saber algo que él desconoce y que debe de estar relacionado con los misterios y las promesas que se ayuntan en las páginas del Secretum Secretorum .

—Ese libro maldito no debe ser descifrado por los sabios de Alfonso —se dice ahora el conde, muy quedamente, muy despacio, aunque nadie puede oírlo, ya que está a solas con su rencor y su ambición.

Se trata de una compañía estimulante que le recuerda que la mejor manera de acabar con todo aquello es poner punto final, con discreción, a la vida de unos cuantos sabios y de un caballero, y, de paso, si le es posible, apoderarse del códice.

—Así será —concede a sus invisibles y particulares demonios—. Deben morir, y deben hacerlo de manera que nadie pueda mirar en mi dirección.

Nuño medita y encuentra la respuesta. La mejor opción se le presentará durante el largo viaje que la corte al completo debe emprender desde Toledo a Sevilla: todo viaje entraña riesgos, y este, en particular, al pasar cerca de la tumultuosa frontera con el reino de los moros de Granada, los ofrecerá en demasía.

Sucede que de Toledo saldrá una gran y rica comitiva que, aunque irá guardada por muchos caballeros y soldados, también formará una larga columna de miles de hombres y animales que, a menudo, quedarán rezagados o separados unos de otros, con lo que se volverán entonces vulnerables a emboscadas y desgracias.

Es más, no sería la primera vez que una tropa de bandidos, ya sea un grupo de almogávares de la frontera que se han quedado sin señor o una banda de salteadores musulmanes echados al monte, ataca una columna de viajeros para robarles y asesinarlos.

—Será una pena, desde luego —musita con regocijada y anticipada crueldad—.

Pero así acabará la vida de Tello Bermúdez y de los sabios que el rey ha designado para descifrar y guardar el códice del Tesoro de Alejandro —termina de meditar en voz alta con suprema y maligna ironía.

Como si pudiera ya paladear en sus finos labios la sangre de Tello Bermúdez.

Al pronunciar tan odiado nombre, una dolorosa imagen se forma en su torturada mente: la de su hija yaciendo desnuda en brazos del caballero, ofreciendo su doncellez y solazándose con él...

Entonces, impulsado por un súbito ramalazo de ingobernable cólera, arruga la misiva secreta de Ricardo de Cornualles.

Luego, en pie con el papel dañado, lo acerca a la llama de una vela y deja que se queme.

Pero la llama, cruel, lo traiciona, y en ella, también en ella, cree ver el rostro de la muerta doña Juana, y el conde de Lara, sin poder hacer otra cosa, deja que el fuego le hiera.

Al sentir la quemadura, aprieta los dientes y se jura, una vez más, que logrará venganza y, con ella, coronar su ambición.

Ambición... No se engaña. Fue por ella, por la sed de poder, por la que sacrificó a su hija.

Sabía a la perfección cuánto daño hacía a su niña al forzarla a casarse con el señor de los Cameros, y aun así la obligó a ello, y le trastocó la mente y la condujo a cometer la locura que se la llevó con la muerte.

—Te entregué a cambio de aumentar mi poder —confiesa al fantasma de Juana, encarnado ahora en la diminuta flama de la vela—. Cara es mi ambición. Pero ya que me ha costado tanto, a ella entrego mi alma.

Y diciendo aquello, girándose para no seguir viendo el rostro de su hija, dando largas zancadas, se encamina a las cuadras en busca de su caballo y, a grandes voces, pide a sus criados que preparen la jauría para salir de caza. Necesita matar bestias mientras aguarda la ocasión de asesinar hombres.

En ese momento, en casa de Tello Bermúdez, al-Ricutí no puede apartar los ojos de Isabel. Tendido en el lecho, sintiéndose presa de la fiebre, su único consuelo, su fuerza y su panacea es ella.

Después del juicio de Dios, Isabel insistió en que lo llevaran a su casa dado que al-Ricutí no tenía familia en Toledo.

Allí, junto a Tello, recibió los primeros cuidados.

Pero al contrario que las del caballero, las lesiones del maestro moro requerían de cuidados especiales.

Según sus propias indicaciones, Isabel y Sancha han comprobado que no tiene fracturas y le han curado las heridas con vino, mientras que Tello y Ramiro, de manos más recias, le han recolocado los huesos y las dislocadas articulaciones, conforme a las enseñanzas de Hipócrates y Albucasi.

Bueno, de acuerdo a esas enseñanzas y a un dolor insufrible.

Por supuesto, al-Ricutí pidió que le preparasen una esponja somnífera 5 empapada con adormidera.

Pero, aunque los vapores atenuaron la percepción del dolor, cuando Tello y Ramiro lo sentaron en una silla y el escudero le colocó una manzana bajo la axila para tirarle con brusquedad del brazo hacia fuera y hacia abajo, a la par que el caballero presionaba hacia arriba la cabeza del húmero con los pulgares para devolverlo a su cavidad con un horrible chasquido, fue como si mil dagas se le clavaran en el cuerpo 6 .

Pero funcionó, eso fue lo peor. Y es que, tras semejante éxito, no había excusa, por así decir, para que no le hicieran otro tanto con el otro hombro y con las articulaciones de las piernas.

Recolocarle las muñecas no fue tan terrible.

Pero aun así, cuando acabaron con aquella tortura, al-Ricutí estaba exhausto de dolor, y la fiebre, liberada por el castigo, lo hacía arder.

Vino luego la tarea de entablillarle y vendarle los miembros, para, al fin, bendito sea Dios, devolverlo al lecho.

Mientras Tello y Ramiro lo trasladaban de nuevo, al-Ricutí, agotado, enfebrecido, pudo llevarse consigo, antes de perder el sentido, el tesoro de la imagen del hermoso y preocupado rostro de Isabel.

Ahora está mucho mejor tras una noche y un día de narcótico sopor y descanso.

Bueno, tampoco hay que exagerar: el cuerpo le duele por entero y hasta cuando respira, pero alberga la esperanza de recuperar el uso de las piernas y las manos.

Lo cierto es que no tiene ninguna esperanza de poder amarla como le piden sus sentidos y su alma, y eso, amarla sin esperanza, es para él la prueba más cierta de que, en verdad, es amor puro lo que por ella siente.

—Aún tenéis fiebre, maestro al-Ricutí —le dice Isabel acercándose y posándole una de sus pálidas manos en el moreno costado del cuello.

Él se estremece, pero no por la fiebre, y ella le sonríe y lo deja sin habla. Lo besa en los labios con la levedad de la primera nieve del año y se retira de inmediato; le ofrece una nueva y tenue sonrisa, como de sol sobre helado monte.

—A veces, maestro al-Ricutí, lo que no debe suceder sucede. Vos y yo sabemos que lo que sentimos no es posible, y ambos, a la par, comprendemos que, aun así, seguiremos sintiéndolo —se explica mientras lo mira con intensidad con sus ojos alazanes.

Al-Ricutí olvida el dolor, olvida el universo al completo, pues todo él se ha quedado perdido en aquel beso leve y en la suave sonrisa, como de nieve recién caída, que ella le ofrece.

—Dicen, mi señora, que el destino solo se cumple si se vive por entero. Todo lo doy por bien vivido, hasta el tormento, si con ello he consumado mi destino, que no es otro que amaros hasta el día del juicio final.