Muerte en Toledo 12
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Don Nuño González de Lara se excusó de inmediato y se retiró al palacio que ocupa en la ciudad.

No quiere oír al gentío exaltar a ese maldito de Tello Bermúdez, ni dar explicación alguna de su extraña conducta, sino apaciguarse en el silencio y la soledad.

Ya ajustará cuentas con ese detestable Tello Bermúdez y se las hará pagar con creces.

Entra en su casa como un vendaval y, justo en ese momento, la música del arpa de Juana cesa por completo.

Juana ha oído el último griterío, hasta ella han alcanzado los clamores que exaltaban el valor de Carlos de Bayeux y el incontestable juicio de Dios.

Con eso todo está cumplido: Tello ha muerto y ella, también.

Las venas abiertas de sus muñecas vierten, generosas, su sangre de dama. Ella, ya sin lágrimas, sonríe un instante ante el pensamiento que se le viene en su último aliento:

—Ahora, amado Tello, ahora sí podré amarte para siempre —se le escapa de los labios, y suelta el arpa.

Atraído por el súbito silencio que presagia, ominoso, un desastre que por alguna razón presiente, Nuño González de Lara se apresura a entrar en la cámara de su hija y allí la encuentra: mirándolo de frente, con una sonrisa plena en los labios y empapada en sangre.

—¡Juana! —Es lo único que acierta a decir. ¿Qué podría decir un padre?

Nada más, excepto el nombre dado a lo más amado, y que ahora, entre sus brazos, se muere.

La terrible noticia fue conocida una hora más tarde.

El rey, al enterarse, se quedó sin palabras, y Tello, quien, tras ser aclamado por el pueblo, honrado por el rey y bendecido por el arzobispo, se había desvanecido, no supo nada de lo acontecido hasta la noche, la cual le robó el alma y casi la mente y el buen sentido.

Llorando como un niño, se refugió en los brazos de Isabel, y luego, desesperado, quiso abrirse las heridas para que también él pudiera desangrarse y así reunirse con Juana.

Pudieron contenerlo, y, con el alba, un hombre muerto por dentro, Tello Bermúdez, despertó y salió, vacilante, a la puerta de su casa.

Allí, inquietos, velaban su sobrino Alvar y su escudero Ramiro.

Ninguno le dijo nada. ¿Para qué? Ante un dolor tan profundo, cualquier palabra es vana.

Caminó hasta los olivos y se quedó allí, quieto, mudo, hasta escuchar el tañido lento de las campanas que doblaban por doña Juana de Lara.

Pasó el día de duelo. En su casa, el conde de Lara ni comía ni hablaba.

Una sola idea le calentaba el alma: la de vengarse de Tello Bermúdez; era a él a quien culpaba de la locura que había llevado a Juana a cortarse las venas.

En palacio, en la biblioteca que Alfonso ha dispuesto en su alcázar, el monarca y dos sabios, Yehuda ben Moshe y Juan de Aspa, estudian el libro maldito que desencadenó tanta desgracia y que, a pesar de todas ellas, aguarda a que alguien desvele sus misterios y se apodere del tesoro de Alejandro.

—Necesitamos al maestro al-Ricutí —dice Juan de Aspa—. Nadie conoce mejor a Aristóteles y nadie como él para enfrentar el enigma que esconden las cifras caligrafiadas en este códice.

El rey asiente. Sabe que lo que dice el astrónomo es cierto y que, aunque al-Ricutí tenga las manos inútiles, aún puede usar su penetrante ingenio.

Se siente mal por tener que exigir a un hombre lisiado por su culpa que abandone su lecho para venir a ayudarlo, pero, después del juicio de Dios, después de haber ligado en el silencio de su corazón el destino de su reinado y sus ambiciones al triunfo de Tello Bermúdez, su determinación a encontrar el tesoro y con él los fondos que necesita para ser coronado emperador se ha visto reforzada.

En la mesa, ante el rey y los dos sabios, el viejo códice de vitela y ricas tintas parece desafiarlos.

Y su desafío contiene misterio y muerte.

Al fondo de la alargada sala colmada de libros, ataviado como sirviente, Egidio de Portugal, nigromante al servicio del conde de Lara, aguarda su oportunidad.

El destino ha vuelto a girar y sus engranajes de hierro frío se disponen a triturar a los que ignoran su sino.

—Estoy seguro, mi señor rey, de que este acertijo señala el lugar donde debemos ir a buscar el tesoro de Alejandro que ocultara Aristóteles —dice, reflexivo pero seguro, Juan de Aspa, mientras se inclina sobre el códice y apoya uno de sus huesudos dedos sobre una línea en la que se ve brillantemente dibujada una lechuza, anotadas unas palabras en tinta roja, apuntadas unas cifras en azul intenso y delineado en verde vivo un monstruo en forma de serpiente dotada de cabeza humana, colmada con siete ojos y siete bocas.

El rey, satisfecho, asiente. Aún no conocen ese lugar, pero todo enigma comienza a resolverse cuando es delimitado.

—Sea donde sea a donde se tenga que ir a buscarlo, será un viaje largo y peligroso —apunta Yehuda ben Moshe, el médico de Alfonso X.

—Lo será, y por eso, cuando haya que emprenderlo, será a Tello Bermúdez a quien encargue la empresa —sentencia el monarca, quien, después del duelo, tiene por más suyo que nunca a su caballero.

Egidio de Portugal, que se agazapaba en las sombras de la gran sala, fingiendo ser atareado siervo, alcanza a escuchar y se apresura a salir sin hacer ruido para llevar la nueva a su señor, el conde de Lara.

—Del examen previo del libro podemos deducir dos cosas, mi señor rey —dice Juan de Aspa—.

La primera —y extiende uno de sus delgados y largos dedos— es que Aristóteles dividió el libro original en dos tomos para preservar aún mejor, si cabe, sus secretos.

Dicho de otro modo, antes de hallar el tesoro, habrá que encontrar la continuación de este códice.

Y la segunda —nuevo dedo extendido—, para afrontar esta empresa se necesitará a alguien con maestría en matemáticas, astronomía y la filosofía y vida de Aristóteles, amén de ser un caballero fuerte y hábil con las armas, ducho en emprender largos viajes, y no creo que exista semejante hombre sobre la faz de la tierra.

Tiene razón. Alfonso lo sabe. Pero también sabe otra cosa que le dibuja una sonrisa en los labios: lo que uno no puede reunir pueden juntarlo varios.

—Así es, maestro Juan de Aspa, y, por eso, Tello Bermúdez no irá solo a ese largo viaje, sino acompañado por vos, por el maestro al-Ricutí y por Yehuda ben Moshe. Los cuatro, sumando saberes y fuerzas, descifraréis para mí estos enigmas y me traeréis el tesoro de Alejandro que escondió Aristóteles.

Eso dice el rey, y cuando los reyes hablan, se cumple lo que dicen, y el hado estalla en carcajadas que nadie puede oír, pero que sellarán el devenir de los hombres. Fue así como el libro, de nuevo, inició un largo viaje de regreso al Oriente.