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Eso exige al tambaleante Carlos de Bayeux, quien, borracho de dolor, debilitado por la sangría, agotado y gravemente herido, busca con la mirada el rostro de su señor, el conde de Lara.
Lara niega con la cabeza.
—¡Podéis iros al infierno! ¡Vuestra hermana es una puta y vuestro amigo, el moro, un asesino! —brama el normando alzando la maza para afrontar el que, sin duda, será el último lance del duelo.
Es demasiado para Tello. Rugiendo, esquiva el torpe mazazo de su contrario y le encaja dos con su arma, y, al hacer retroceder al golpeado normando, logra espacio para endiñarle un nuevo y desconsolador golpe en la rodilla izquierda que se quiebra como caña de río.
El chasquido se oye en toda la palestra.
El gigante cae apoyado sobre su rodilla buena y solo Dios sabe por qué aún se mantiene con conciencia y empuñando la maza.
Todo está decidido. El rey, con el rostro arrebolado de emoción, siente en el pecho que, en verdad, Dios habla con la lengua de hierro de las armas de Tello y que aquella señal confirma su reinado y sus anhelos.
Por el contrario, el conde de Lara se siente enfermo de odio y frustración, como si lo envolviera una llamarada de cólera.
—¡El duelo aún no ha terminado! ¡Mi caballero sigue sujetando su maza y ofrece combate! —grita el conde, implacable, inmisericorde.
Carlos de Bayeux debe de haberlo oído, pues sacude la cabeza como para despejarse los ojos de la sangre que le cubre el rostro bajo el yelmo.
Es un despojo, ya que se halla con una pierna y un brazo inútiles, de rodillas y empapado por completo en sangre.
Pero, aunque nunca tuvo piedad por nadie y jamás concedió perdón a ningún vencido, tiene los arrestos de morir matando y, con un supremo esfuerzo, arroja su maza contra el rostro de Tello.
La cabeza de hierro golpea el costado izquierdo de la cara de Tello y, pese a que no le ha dado de lleno, el golpe lo hace girar sobre sí mismo y le empaña de negro los ojos.
Carlos de Bayeux, venteando su última y agónica oportunidad, se arrastra por el suelo y, en su camino, aferra la quebrada hoja de la espada de su contendiente.
Cuando Tello, atontado, termina por irse también al suelo, el normando lanza un grito de desesperada victoria y, renovando sus esfuerzos por acercarse al ahora postrado castellano, consigue al fin tenerlo a su merced, alza la espada rota y dirige su quebrado filo contra el rostro inerme del vencido.
Pero no golpea. Tello, pese a estar momentáneamente cegado, ha acertado a sujetar con su mano la del normando, y ahora, aferrándose las muñecas, ambos pugnan como salvajes.
Se golpean como pueden, con lo que fue una espada, con los puños, con la cabeza...
Son dos hombres de hierro transformados en bestias.
Sí, pero Tello se alza, se pone en pie, recoge la maza y, esta vez, ni ofrece ni da tregua, sino que golpea con fuerza el hombro derecho de su enemigo y le inutiliza también ese brazo.
—¡Rendíos! —grita Tello con la voz tan quebrada como su espada, pues apenas le alcanzan ya las fuerzas para seguir en pie—. ¡Dios ha hablado a través de mis armas! ¡Dios ha hablado! ¡Dios dice que el maestro al-Ricutí es inocente y que mi hermana ha sido injuriada de forma injusta!
Eso grita, eso brama y, mientras lo hace, gira en torno a los límites del medido campo de duelo, echando miradas de fuego a quienes lo contemplan y, espantados por tanta furia, por tanta fiereza, se echan atrás como temiendo que, si hacen el más mínimo gesto de desafío, aquel caballero invencible y ensangrentado se les eche encima como un colérico león.
Un grito de la multitud alerta a Tello. Y al girarse, ve algo inaudito: el gigante normando se ha puesto de nuevo en pie.
Aunque el brazo derecho debería tenerlo tan inútil como el izquierdo, puede, sin embargo, moverlo para recoger la otra maza y alzarla en desafío, despertando con su valor y su gesto un griterío de entusiasmo que se concreta en el nombre de Carlos el normando.
Nombre francés, rugido del gentío que de nuevo alcanza a Juana, que ya apenas oye otra cosa que el pulso de sus venas repitiéndole, sin descanso, que Tello ha muerto.
En el campo del duelo judicial, Carlos de Bayeux, roto pero altivo, a través del dolor, esboza una sonrisa ante el griterío que lo aclama como valiente imposible de ser vencido.
—¡Os cubriré de oro, Carlos, os lo juro, pero matad a ese perjuro! —lo anima el conde de Lara, que ve renacer su esperanza cuando ya la creía perdida.
Breve renacer. Exasperado, Tello carga contra el mercenario, esquiva su golpe y lo alcanza con su maza en la barbilla, y el mazazo, tan diestro, tan formidable, le hace girar la cabeza con tanta violencia al coloso del norte que le parte el cuello.
Carlos de Bayeux cae al suelo muerto, derrumbándose a los pies de Tello, quien, fuera de sí, alza los brazos al cielo y ruge como lo haría la más salvaje de las fieras.
Y es el delirio. Porque Dios ha hablado en Toledo y su voz de trueno se ha encarnado en la lanza, en la espada y en la maza de Tello, caballero del rey Alfonso, campeón del Juicio de Dios.