Muerte en Toledo 11 #7
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—Vas a ver morir a tu hermano, y luego, por Cristo, que te llevaré a la ruina más absoluta. Tan grande será tu penuria, señora, que tendrás que ofrecerte como puta para alimentar a tu hijo —se dice a sí mismo el conde de Lara.

A dos pasos de él, el rey, ajeno a la maldad de su amigo y consejero, aguarda, ya sin esperanza, a que se confirme el juicio de Dios que los condenará a todos: a Tello Bermúdez, al sabio al-Ricutí, a la dama Isabel y a su propio reinado, que ahora le parece maldito.

Brama Toledo, ya que Dios se dispone a emitir su juicio. Mientras todos aguardan, el populacho, siempre bien dispuesto hacia el vencedor, corea el nombre de Carlos de Bayeux.

El nombre del normando es un eco poderoso que asciende hasta las calles de Toledo y penetra en el palacio del señor de la casa de Lara, y así llega a los oídos de doña Juana, quien, oyendo aquello, ya no tiene duda alguna de que el fin de su amado ha llegado.

Entonces la maza de Carlos de Bayeux se alza de nuevo, impulsada por la colosal fuerza del caballero normando al servicio del conde de Lara.

La muerte, al fin, extiende sus manos invisibles para llevarse a Tello Bermúdez.

Cae la maza de hierro sobre la cabeza del castellano, la muerte brinca de alegría, el conde de Lara no puede evitar gritar de triunfo, y Alfonso baja los ojos con amargura, e Isabel grita de puro desgarro del alma, y Carlos de Bayeux ruge victorioso.

Pero la espada detiene a la maza cuando el hierro de esta última roza el yelmo del hispano.

Un rugido de asombro se alza de entre los espectadores y, a su llamado, el rey Alfonso alza los ojos y doña Isabel retiene el aliento en su agitado pecho, mientras que el conde de Lara aprieta con rabia los dientes.

De nuevo trabadas, espada y maza miden sus fuerzas.

Tello, recuperándose por momentos del tremendo golpe recibido en la cabeza, con la boca llena de sangre y una furia asesina acudiendo a sus miembros, salta hacia atrás para dar sitio a su toledana, que corta el aire y se estrella con tal brío contra la maza de hierro que la hoja se le parte y cae quebrada.

El golpe ha sido tan bravo que, pese a poder pararlo, Carlos de Bayeux se trastabilla y se va al suelo, y eso da su oportunidad a Tello, quien, corriendo hacia su esquina, pide a gritos a Ramiro, su escudero, que le entregue la maza para seguir combatiendo.

Pero Carlos de Bayeux no es tan caballero como Tello, así que, levantándose, corre ya hacia él alzando la maza para descargarla sobre su enemigo antes de que pueda volver a armarse.

Tello lo ve venir y una ola de indignación sepulta cualquier chispa de miedo que pueda sentir al ver al gigante normando cargar sobre él maza en mano, mientras aún está desarmado.

Con un ronco bramido de rabia, se abalanza a su vez, y lo hace arrojando por delante lo que queda de su espada, que, girando, se estampa contra el rostro de Carlos de Bayeux.

Eso salva la vida de Tello, pues la maza de esférica cabeza de hierro sembrada de agudos pinchos se desvía lo justo para que, en vez de aplastarle yelmo y cráneo, impacte contra su hombro.

El dolor es insoportable, y así lo evidencian el aullido que el castellano lanza y el hondo y lastimero quejido con el que a continuación lo secunda.

Pero Carlos de Bayeux también se ha llevado lo suyo y, alcanzado por la quebrada hoja de Tello, tiene que echarse atrás con una mano sujetándose la cara, de la que ahora mana abundante sangre.

Es un respiro en el dolor y el agotamiento.

Uno que permite a Ramiro, ahora sí, alcanzarle la maza a Tello, que, de nuevo armado, hace un titánico esfuerzo y arremete con brío.

Dos mazas de hierro se besan con brutalidad en el aire y el trueno que resulta hace que más de un espectador apriete los dientes.

También los aprietan ellos: el normando y el castellano, quienes, pugnando por golpear al otro, se lanzan y encajan golpe tras golpe.

Nueva separación y nueva pausa en busca de aire.

A Tello le duele hasta el alma. Ha encajado varios golpes, pero ninguno ha logrado dañar tanto como el que ha recibido en el propio hombro.

Por lo demás, la boca llena de sangre, pues, cuando recibió el mazazo en el yelmo, se mordió la lengua.

Escupe la roja saliva y evalúa a su enemigo.

Carlos de Bayeux presenta un aspecto terrible.

Tiene el hombro izquierdo abierto hasta el blanco hueso y la hemorragia le empapa de continuo el negro esmalte de su armadura.

Además, en la cara, allí donde no lo protege su yelmo, tiene una brecha abierta y, sin duda, debe de estar tan dolorido por los golpes de la maza de Tello como él lo está por los de la suya.

—Si os rendís, solo perderéis vuestro honor y el de vuestra hermana. El moro, fijaos, ya está muerto, y de nada le servirá que os dejéis matar por él —le espeta Carlos señalando en dirección al postrado al-Ricutí.

Tello mira en esa misma dirección para comprobar la verdad de lo que ha sido dicho y cae en la trampa.

Carlos, como un rayo colosal y masivo, lo embiste y le lanza un golpe formidable destinado a arrancarle la cabeza.

Pero dicen que el destino puede ser burlado, y debe de ser cierto, pues Tello, centella en acero, esquiva el golpe en la última fracción de segundo y, al apartarse, aún tiene cuajo y habilidad para hacerle la zancadilla al normando, que, aunque no se va al suelo, se desequilibra lo bastante como para dar tiempo a su rival.

Tello lo aprovecha: cuando el de Bayeux logra equilibrarse y enfrentarlo de nuevo, es su maza la que golpea, y lo hace de forma inmisericorde, un golpe, dos, y el tercero le parte al normando el codo del brazo izquierdo.

Es un largo aullido de supremo dolor lo que escapa de la garganta del norteño, mas es atajado por un nuevo golpe de maza que le da de lleno en un lado de la cara, la cual, si no hubiera estado protegida por un buen yelmo, habría estallado en sangre y hueso.

Atontado, trastabilla, con el brazo izquierdo inútil y colgando, Carlos de Bayeux, y, pese al castigo, no cae ni pierde el sentido, mientras que Tello, haciendo otra vez gala de su caballerosidad, le da tiempo para que se recupere lo suficiente como para poder enfrentarlo de nuevo.

—¡Rendíos y salvad la vida! —le propone a gritos—. ¡Confesad ante nuestro rey y ante esta asamblea que Dios está de mi parte y que el maestro al-Ricutí ha sido acusado en falso, y mi hermana, la dama Isabel, afrentada sin razón!