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Ha sido tan rápido, tan fulgurante el choque de escudos y lanzas largas, de caballos y hombres, que pocos se percatan de que la lanza de Carlos de Bayeux logra golpear a Tello entre las hombreras y el escudo.
Pero así ha sido, y Tello, empujado brutalmente hacia atrás por el golpe, siente como si la espalda se le quebrara y, sin duda, habría caído al suelo en este primer lance si su peso, su destreza como jinete y su desesperación no lo hubieran mantenido sobre la silla.
Pero si el golpe de Carlos de Bayeux ha sido tan certero como formidable, a cambio, la lanza de Tello le ha arrancado el escudo.
Ante esa contingencia, como está previsto, un heraldo del rey se vuelve hacia el escudero del normando y lo autoriza a entrar en el delimitado campo de duelo para entregar un segundo escudo a su caballero.
Carlos de Bayeux es presa de negra ira. Le duele el brazo y brama como una bestia enloquecida mientras embraza el escudo de repuesto y dispone de nuevo su arma, a la par que su enorme bruto negro, tan furioso como su dueño, pisotea la tierra.
Tello, buen caballero, ha dado tiempo a su contrario para que tome su nuevo escudo, aunque sabe que Carlos de Bayeux no se lo habría concedido a él.
No le importa, uno es lo que es, y él, por añadidura, no quiere ser otra cosa.
Mientras se prepara para el segundo cruce de lanzas, observa al normando y a su bestia.
Granizo ha demostrado ser más rápido y estar mejor adiestrado que el negro caballo del de Bayeux, pero este último, a su vez, ha dejado claro que su lanza es temible, y su fuerza, brutal.
Cargan de nuevo los caballeros. Cascos de caballo que golpean la tierra, y Tello, con la lanza bien embrazada y enfilada, se echa hacia delante en el momento preciso: cuando su enemigo lo busca con su hierro, y justo en ese instante, la lanza de Tello, adelantándose a la del normando por una fracción de segundo, impacta contra el ángulo izquierdo superior del escudo de su rival, mientras que este último, a su vez y al instante siguiente, le dispensa con su lanza un tremendo empellón que se estrella contra el centro del escudo de Tello.
El estruendo de las armas es ensordecedor.
La fuerza combinada de hombres y caballos, concentrada en las puntas de sus armas, es devastadora.
Ambos, Tello y Carlos de Bayeux, son arrancados del lomo de sus corceles de guerra, que trabados, empujándose, trastabillan para no caer, se cocean y muerden en una bestial tormenta de enloquecida y equina ira.
Una que amenaza con machacar a sus respectivos caballeros, que se arrastran tratando de librarse de las patas de sus monturas.
Mientras los dos duelistas se van al suelo entre los cascos de sus caballos, todos, desde el rey Alfonso hasta el último de los villanos, gritan de asombro, de horror o de malsana exaltación. Los lances del duelo los han apresado a todos como puño de acero.
Pero no a Isabel, ni tampoco a Sancha. Ellas no quieren ver más y, sin embargo, abren con insuperable pavor los ojos para poder comprobar si Tello está muerto o si sigue vivo y se alzará del polvo para volver a enfrentar a la muerte.
Y en la muerte, lejos de allí, en la ciudad, en el secreto de su cámara, es en lo que piensa Juana mientras desgrana las últimas notas de una dolorosa cantiga en su arpa.
Pero su música no se oye en la Vega Baja.
Allí, en el campo donde se dirime el duelo judicial, los dos caballeros enfrentados, levantándose al fin del polvo, echan mano de sus espadas y, a pie, pues sus caballos han sido retirados conforme a las reglas del duelo, se aproximan el uno al otro, con los filos prestos y los escudos alzados.
Y en estos, pintados, el jabalí y el oso que los blasonan parecen ir uno contra otro en furiosa carga.
Estruendo de hierro y madera que se buscan y golpean con saña.
El arma de Tello es una buena y vieja espada forjada en Toledo en los días de juventud de su padre, quien ha visto muchas batallas y recibido las atenciones de muchos herreros que, con férreo mimo, restablecieron sus filos y su temple.
El espadón de Carlos de Bayeux es tan largo como un hombre de baja estatura y, aun así, para sorpresa de quienes no conocen su brutal fuerza, puede blandirlo con una sola mano y con tal pericia que es un fulgor de acero de Nantes que busca beber sangre.
La sangre de Tello, quien, recibiendo con su hoja la del coloso del norte, retrocede en busca de espacio y lanza un tajo ascendente que obliga a Carlos de Bayeux a retroceder para no ser abierto en canal por el filo del castellano.
Mientras da dos pasos atrás, el normando propina golpes a diestra y siniestra, pero Tello, rompiendo con una estocada el molinete, pincha cerca de la descubierta axila del de Bayeux, quien, dando un respingo de dolor, gira sobre sí mismo para no ser herido más seriamente.
Sangre roja. Al verla, un rugido brota de miles de gargantas, pues la habilidad de Tello con la espada y la fuerza del gigante normando a todos emocionan.
Ahora, resoplando, mirándose con odio a través de las aberturas de los yelmos, los dos combatientes se estudian un momento antes de volver a acometerse con rabia.
Entonces Tello ataca, y es el retador quien debe demostrar que Dios está de su parte.
Y lo demuestra, ya que su espada es un borrón de acero, un tizón frío y afilado que Carlos de Bayeux logra detener a duras penas.
Pero no siempre, pues uno de los golpes de Tello rompe la guardia del normando y cae con fuerza sobre el hombro izquierdo del gigante, y la toledana, pesada y afilada, corta el cuero y la doble cota de malla, abriéndose paso hasta la carne y haciendo brotar de nuevo la sangre caliente que ahora, convocada por el hierro, salta alto en el aire frío.
Tello, feroz, se permite una sonrisa de triunfo bajo el yelmo, mientras su enemigo vuelve a retroceder hasta que sus talones casi tocan las cuerdas que delimitan el campo de duelo.
Ahora, el gigante herido grita de dolor y rabia mientras el rojo tiñe su armadura esmaltada de negro y su señor, el conde de Lara, frunce el ceño, enfadado y molesto por una derrota que parece que va a ser suya y que lo humillará ante un hombre al que odia con toda su alma por haber mancillado la doncellez de su Juana.
Pero quizá se le evite tal trance. Carlos de Bayeux aún no está vencido, sino que ruge como una bestia.
Sin hacer ya más caso de su fea herida, embiste con todas sus fuerzas a Tello golpeándolo con el escudo, acosándolo con los severos golpes de su hoja francesa, y lo obliga así a retroceder.
Tello, acosado, desesperado, consigue zafarse de la furibunda carga y, girando sobre uno de sus pies, logra dar tal golpe de revés con la espada que arranca el escudo del brazo de Carlos de Bayeux, quien, fuera de sí, aferrando ahora el espadón a dos manos pese a la dolorosa herida que tiene en el hombro, lo alza como una maldición y lo descarga sobre Tello.
Lo habría partido en dos si el castellano, ágil pese a la carga de su armadura, no se hubiera zafado de la tremenda acometida que, descargándose sobre la dura tierra, es un estallido de hierro que arranca chispas del suelo y quiebra el acero.
Ante aquello, de nuevo, ruge Toledo de morboso entusiasmo, y el normando, bramando de airada frustración, se apresura a retirarse a una de las esquinas del delimitado cuadrado de la palestra para pedir a gritos a su escudero que le dé su tercera y última arma: su maza de combate.
De nuevo armado, Carlos de Bayeux emite un ronco bramido como el que emitiría el jabalí furioso que lleva blasonado en la sobreveste manchada de sangre.
Con la furia de la desesperación, embiste a Tello descargando sobre él una lluvia de golpes de maza que parecen desmenuzar, acometida a acometida, el escudo de su oponente, quien, al cabo, se ve obligado a deshacerse de lo que le queda de pavés y enfrentarlo solo con la espada.
Pero, aunque la maza es un arma terrible y más contundente que la que esgrime Tello, también es más lenta y el castellano esquiva con pericia los golpes, haciendo bailar sus piernas y volar la hoja de su toledana, y al cabo, en una colérica arremetida del normando, espada y maza se quedan trabadas.
Tello aprovecha para echarse hacia atrás, levanta la pierna derecha y le propina una patada en el pecho al normando con la suela claveteada de su sollera.
Desequilibrado, Carlos de Bayeux da un traspiés y el castellano, recuperando con rapidez el equilibrio, descarga un tajo salvaje que el paladín del conde logra parar con el mango del arma, para a continuación empujar con el hombro a Tello y lograr así espacio para retroceder tres pasos y tomar aliento.
También Tello necesita tomar aire. El sol, pese al frío, calienta el hierro que cubre a los dos hombres, y la sangre y el sudor vertidos debilitan sus fuerzas.
Se miran, se miden, se maldicen y, recuperado algo de aliento en sus forzados pulmones, se acometen de nuevo.
Esta vez, la maza de Carlos de Bayeux logra adelantarse a la espada y burla la guardia y va a dar de lleno en el yelmo de Tello.
El golpe es brutal y resuena como un martillazo sobre el yunque de un herrero.
Con la vista nublada, Tello trata de retroceder a ciegas buscando escapar de un nuevo golpe de maza, y eso le salva la vida, ya que el golpe llegó, pero surcó el aire en vez de estrellarse contra su cabeza.
Al ver aquello, don Nuño González de Lara sonríe y, en sus venas, la venganza acariciada enrojece aún más, si cabe, su noble e implacable sangre.
Luego, buscando con la mirada a doña Isabel, la hermana del hombre que más odia, ensancha aún más la sonrisa, pues la joven, cuyo rostro está tan pálido como la plata, parece a punto de desvanecerse.