Muerte en Toledo 11 #5
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—Juro que Dios está de mi parte, pues siempre está de parte de la verdad, y aquí, acusado falsamente el maestro al-Ricutí y manchado el buen nombre de mi hermana, la verdad y la justicia han sido infamadas.

Juro también que he puesto mi espada y mis armas al servicio de Dios para que él, sirviéndose de ellas, emita su sentencia.

Así pues, me encomiendo a la justicia divina, para que la verdad sea restablecida por la fuerza de mi brazo.

Pero si mi causa no es justa, que mi sangre sea derramada, y mi alma, condenada.

Todo lo que ha dicho ha sido proclamado en voz alta y clara, y luego repetido, una y otra vez, por los heraldos del rey para que todos allí, el soberano, su corte y la población entera de Toledo sean testigos del juramento.

—¿Y vos, Carlos de Bayeux, paladín del señor de la casa de Lara, os oponéis con justicia a la causa que defiende el caballero Tello Bermúdez?

Carlos de Bayeux se toma su tiempo en responder al arzobispo. Su enorme cabeza, sus ojillos de jabalí, su cara picada de viruelas y su negra barba parecen ser, ya por sí mismos, una desagradable respuesta, pues tiene el rostro colmado de suficiencia y cruel desprecio.

—¡Me opongo a su causa! ¡Me opongo porque no es justa!

¡Tello Bermúdez miente! —proclama al fin con una voz tan de trueno que no le hace falta que ningún heraldo o esténtor repita lo que ha gritado—.

Su amigo, el moro ahí tendido —y se gira para señalar a al-Ricutí—, es un desalmado asesino.

¡Sí, afirmo que es un asesino, y su hermana, la dama Isabel, es la amante del criminal!

Tello siente un calambre recorriéndole la espina dorsal que le eriza la nuca.

Es la cólera. Lo sabe, la ha experimentado antes, pero no con tanta intensidad.

Cada músculo, cada tendón le grita que no espere al duelo para vengar la afrenta, sino que allí mismo desenvaine la larga espada y dé muerte al perro del conde de Lara.

—¡La verdad está en entredicho! —proclama el joven arzobispo—. ¡Que Dios juzgue y dé sentencia al otorgar la victoria a quien defienda la verdad! —grita alzando las dos manos en una muda invocación de la divinidad.

De nuevo, la voz metálica de las trompetas y los añafiles convoca el retumbar de los atabales.

Es la señal para que los oficiales delimiten, con cuerdas y estacas, el campo donde se ha de librar el duelo.

A la par, dos heraldos se aproximan a los duelistas y los acompañan hasta sus caballos, llevan a estos por las riendas y los conducen hasta la arena, que acaba de ser ceñida con estacas y cordeles.

Puesto que el sol está ya en su cénit, en principio no favorece a ninguno de los dos contendientes.

Situados cada uno de ellos en un extremo del campo donde deben lidiar, sin dejar de mirarse, se calan el yelmo y alargan el brazo derecho para pedir a sus escuderos que les entreguen la lanza.

—¡Los caballeros iniciarán el duelo a caballo y la lanza será su primera arma!

—explica mientras tanto uno de los heraldos mientras Tello la embraza y Ramiro, su escudero, abandona a todo correr el recinto acordonado—.

¡Solo una lanza les estará permitida a los caballeros y, si la quiebran, podrán echar mano de la espada, y, si tampoco esta les basta, podrán pedir entonces que se les entregue la tercera de las armas acordadas: una segunda espada o una maza!

—dice a grandes voces y, mientras lo hace, señala las armas que los escuderos de cada uno de los caballeros con premura muestran y disponen al borde de los lugares que les han sido designados, para que estén prestas cuando se las reclamen sus señores—.

¡Y si uno o los dos son desmontados, el combate continuará a pie!

—sigue gritando las reglas el heraldo con la cara ya acalorada por el esfuerzo, proclamando las normas del duelo conforme al fuero invocado.

Tello aprovecha para cambiar una última mirada con su hermana y para dedicarle un pensamiento a Juana.

No la ha visto junto a su padre. Sin duda, piensa, la joven no quiere verlo morir, y ese pensamiento, esa idea, sea o no cierta, es como un bálsamo para Tello, pues le permite albergar la esperanza de que, al contrario de lo que le dijo, Juana siga amándolo.

—¡Está prohibido herir al caballo del contrario y dañar los testículos del oponente!

—se desgañita ahora el heraldo, cuya voz, tan forzada, está ya enronquecida—.

¡Si uno de los dos infringe las reglas que os he anunciado, habrá perdido su causa y será castigado!

¡Y recordad, caballeros, el duelo solo acabará si uno de vosotros pide clemencia, queda tendido tras ser malherido o yace muerto!

—advierte el heraldo, quien, ya con la voz definitivamente quebrada por el esfuerzo, cede su puesto a uno de sus compañeros, que acude presto al centro de la arena.

Tello se siente bien: va a hacer lo correcto y, por primera vez en aquel día de juicio, sabe que Dios está posado en el filo de su espada y en el hierro de su lanza.

Mirándolo desde lejos, erguida, frágil sobre el lomo de su mula, Isabel, su hermana, ruega a Dios por la suerte de dos hombres, la de su hermano y la de al-Ricutí, al que ahora, viéndolo roto e indefenso, expuesto al odio y a la impía falsedad, comprende ya, sin reserva alguna, que ama.

En ese momento, lejos en la ciudad, sola en su cámara, Juana toca el arpa e imagina a su amado, Tello, perecer bajo los golpes brutales de Carlos de Bayeux.

Sus lágrimas empapan las cuerdas que parecen mudar de color y tornarse rojas.

Y en la Vega Baja de Toledo, donde la multitud aguarda el combate, el rito y la norma siguen desgranándose.

—¡Los caballeros no podrán combatir más de cuatro horas, y, si ese tiempo fuera sobrepasado, el escribano de cámara del rey tomará apunte del estado de sus armas, de sus heridas y de su posición en el campo de combate!

¡Hecho lo anunciado, se les permitirá abandonar la palestra y se les dará descanso hasta el amanecer, cuando serán de nuevo conducidos aquí para reanudar el duelo en el punto donde lo dejaron!

—clama el heraldo que sustituyó a su ronco compañero—.

¡Mientras dure la lucha, si alguien, aunque sea el escudero de uno de los caballeros en liza, se aproxima para hablar con ellos o le entrega una cuarta arma, será castigado de forma severa!

¡Todo ha sido dicho ya! ¡Que Dios dé la victoria al campeón que combata por la verdad!

Las últimas palabras del heraldo parecen vibrar bajo el azul claro e infinito que cobija a todos los hombres por igual.

El rey, al fin, alza de nuevo la diestra y un tronar de tambores y atabales precede a las trompetas y, al llamado salvaje y metálico de estas últimas, los caballeros se enfilan con las vibrantes lanzas.

Tello aprieta los dientes, espolea a Granizo, que da un respingo, desata su ansia de batalla y brinca hacia delante lanzándose al galope.

Es un momento de gloria bélica. Tello siente el poder de los músculos y del corazón de su destrero sumarse a los suyos y trepar hasta la madera y la punta de hierro de su lanza larga.

Y galopa, con las piernas bien estiradas, percibiendo el éxtasis del combate cual si fuera un pulso de violenta sangre que lo mezclara de forma mágica con su caballo, pues ahora él y Granizo son un mismo todo que se ha tornado en imparable y viva tempestad, en multiforme y colosal criatura feroz, compuesta de muerte y furia.

Inexorables, ambos se disponen al choque con Carlos de Bayeux y su negro caballo.

Las lanzas de los caballeros se buscan en el frío aire de aquella jornada de invierno, del mismo modo en que el acontecer busca la confirmación del destino. Y el destino estalla cuando los caballeros cruzan sus lanzas en un turbión de hierro ansioso de herir carne.